domingo, 10 de septiembre de 2017

Sexo-s en el lupanar: Un documento fotográfico (circa 1940)

Sexo-s en el lupanar: Un documento fotográfico (circa 1940)   (extracto)
Dora Barrancos; Ricardo Ceppi

Dora Barrancos es la Directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Gênero, Buenos Aires, Argentina. Dora1508@aol.com

Un acontecimiento fortuito permite el rescate de otro acontecimiento por cierto menos fortuito, ya que en este caso se revelan aspectos del intercambio explícito de servicios sexuales en un ambiente cuya antigüedad institucional es regular y se confunde con el origen de los tiempos. Es fortuito el hallazgo del documento que registra conductas sexuales, pero convengamos que lo es mucho menos la persistencia de la institución que lo hizo acontecer. Lo más extraño en todo caso es la sobrevivencia de la serie fotográfica que permitió la captura de los juegos lascivos que analizaremos; todavía queda la interrogación sobre la índole del propietario, o mejor, del productor de las imágenes y se abren preguntas sobre el significado de su resguardo. Pero ingresemos a la historia de este acontecimiento.

Una adolescente se depara por azar, en la calle, con los restos de una mudanza. Entre los trastos abandonados un conjunto de cilindros denuncia la existencia de negativos fotográficos que constituyen una parte esencial de la materia de trabajo de su padre, que casualmente es un fotógrafo profesional. La adolescente – animada por su madre – decide hacerse con los cilindros que pueden interesar y agradar a su padre. Es así como este acto azaroso subvierte el destino de la pérdida inexorable para ingresar al estatuto del documento: el fotógrafo revela la serie que permite reconstruir – o mejor imaginar con condescendencia histórica – las escenas transcurridas en un lupanar de baja categoría, casi ciertamente en algún paraje semirrural de la pampa húmeda argentina, o por lo menos en los extramuros de algún pueblo en esa región.

Se trata de treinta siete exposiciones insólitas que el fotógrafo de marras decide compartir con especialistas y no tanto. En esa búsqueda se encuentra con la historiadora y he aquí los resultados del escudriñamiento que opera, necesariamente, sobre una trama hipotética, comenzando por la identidad de quien(quienes) realizó(aron) este documento en un momento en que, como se verá, se inicia la difusión de la cámara fotográfica entre los sectores acomodados y medios de nuestra sociedad. La disposición de la nueva tecnología constituye una verdadera revolución para represar imágenes en actos que parecen conferir mayor soberanía a los individuos. Sin duda está en juego una tecnología que inicialmente, y por bastante tiempo, usufructan los varones de la familia haciendo a menudo la voluntad de las mujeres y en la que descuellan los retratos familiares.1 La fotografía opera en base a una división sexual de tareas durante su propagación: la máquina fotográfica indexa funciones calificadas a los varones y sus resultados, las fotografías, demandan colección y archivo por parte de las mujeres. Salvo aquellas que corresponden a órdenes prohibidas, mantenidas en secreto, o mejor sólo disponibles para públicos estrictamente seleccionados. De su resguardo archivístico por cierto han debido ocuparse los varones y tal parece haber sido la suerte de este documento.

 Hipotetizando acerca de la conducta de actores y actrices
La cámara fotográfica tiene la ventaja de servir a una inflexible temporalidad: la sucesión de imágenes es irrevocable desde la perspectiva de quien las produce. La posibilidad de burlar el orden de la gestación sólo puede ser obra de los/las receptores y el trucaje obtiene entonces una expedita autorización. La fidelidad a la sucesión original de los acontecimientos que habrán de ocuparnos, está en nuestro caso garantizada y por lo tanto haremos, en primer lugar, una traducción especular de los actos tal como ocurrieron según un orden temporal. Esas imágenes se traducen en narrativas, en textos vívido. La descripción es indispensable para anclar una analítica comprehensiva aunque habremos de detenernos sólo en algunas escenas, aquellas que entrañan según los criterios de nuestra selección, una mayor centralidad semiológica.



Las dos primeras imágenes no son capaces de anticipar, absolutamente, la saga sexual sobreviniente. Una mujer joven, bastante bonita, con vestido largo y de color claro (de difícil identificación epocal, pues tiene aires de veste supratemporal) patentiza un consabido rol genérico tejiendo crochet, enmarcada por una puerta que invita al ingreso. Es evidente que en el momento de la toma la cámara la ha distraído, sus ojos miran de modo oblicuo y parece querer convencer sobre cierto ensimismamiento. Su postura es displicente, pero parece retraída en la labor. El ovillo del material que trabaja permanece en el suelo hasta que la acción ejercida por un hombre joven y bello, rigurosamente bien trajeado y engominado, con cigarro en la boca – en una ambigua actitud contrafóbica – , lo sostiene en clara actitud de cooperante con la joven tejedora. Tal la escena segunda de esta saga. La conducta reverente de las virtudes femeniles en artes que le son tan compatibles, sólo subraya el carácter varonil dominante de la relación entre los géneros coagulada en esta imagen.

Deben haber mediado una serie de acciones que seguramente consumieron más que algunos minutos, hasta la instalación en foco del tercer acto: el joven de marras se muestra besando y acariciando a una mujer joven sentada sobre su muslo. La mano del hombre acaricia el pubis, mientras la muchacha le toma la cara. Los ojos de ambos actores permanecen cerrados y esta es la única escena que orilla la gestualidad propiamente erótica de la serie. Se cuela ya la impresión de que ingresamos a un documento peculiar, que estamos frente a un registro de clara urdimbre sexual.

Aparece luego una escena que registra a otros dos varones conversando en el vano de una puerta con una tercera mujer que luce algo mayor, vestida de entre casa con un largo salto de cama rayado y de aspecto ordinario, presumiblemente confeccionado con tela de toalla y que evoca usos del período. El salto de cama, que se instala sobre todo como moda femenina, comporta una estricta jerarquía de gustos una de cuyas claves es el material. Las sedas están en el orden alto de las preferencias, mientras que las toallas se ubican en la escala inferior: su uso se confunde con el que se destina a secarse el cuerpo, y estrictamente es más rústico, no seduce como la seda, que insinúa más eficazmente el cuerpo velado.

Uno de los varones que usa anteojos y se muestra en mangas de camisa, gesticula; hace ademán de señalar, con una de sus manos, una altura, mientras el otro lo observa. Este último sostiene un diario de actualidad doblado bajo el brazo, detalle que seguramente indicia que está de "acompañante", que no está decidido a un protagonismo marcante, ya que no se ha tomado el trabajo de despojarse del periódico. Esta escena donde parecen intercambiarse trivialidades mediante órdenes de locuciones contingentes, no consigue distraer a la pareja que nos ocupa que seguramente ha proseguido con los intercambios de caricias. ¿Esta foto de márgenes de conversación, es una pose para retirar intensidad a las escenas centrales de sexo? En las tomas siguientes se revela la incursión de las manos del muchacho en las piernas de la joven, haciendo subir la pollera hasta una completa exposición de aquellas. Se advierte que están vestidas hasta las rodillas con medias "de seda", a la usanza del período, a las que ciñen unas insinuantes aunque escasamente eróticas ligas. En la foto siguiente, la joven, que mantiene abrazado al muchacho mientras se deja acariciar la zona del pubis, contempla de modo directo la cámara con una insinuación de sonrisa que funge como atención desplazada al "otro entretenimiento".

Todos estos actos son apenas la introducción al rito central de la masturbación captada por la cámara que, convengamos, es acometida por un asomo de autocensura. El fotógrafo ha ahorrado demoradas y más atrevidas tomas intermedias de modo que sólo una fotografía – sin duda central en el documento – pone en evidencia la serie de maniobras masturbatorias que han debido ejecutarse y su resultado, la eyaculación. El artefacto "eyacula" exactamente a tiempo, coincidiendo con la acción que capta.2 ¿Ese detenido voyerismo del fotógrafo que la imagen denuncia, ha significado efectivamente un involucramiento trascendiendo el goce del acto de manipular la cámara? La asombrosa nitidez de las gotas seminales de esta única escena de sexo explícito del documento que tratamos, habla más que de las propiedades de la sensualidad de los cuerpos, de los atributos técnicos de la cámara. Es aquí que se hace necesario un primer estacionamiento para introducirnos en contextos necesarios a la interpretación.



No hay dudas de que estas fotografías no revelan la intimidad de una pareja canónica de fines de los años 1930 – o casi seguro de inicios de los 40 –, sino que desnudan el trámite habitual de una visita a otra regularidad, debidamente reticulada en la simbología corriente de los intercambios necesarios para satisfacer a los varones, el prostíbulo.3 Es probable que algunos excéntricos documentaran fotográficamente sus experiencias sexuales con parejas regulares, legales o legítimas. Pero debemos concluir que eso constituye una rareza aún mayor, una nota improbable en los moldes morales afirmados en la doble trinchera de los códigos. El canon moral alienta la idea de que la ilustración de los cuerpos mostrando sus atributos sexuales, su exhibición captada por medios imagéticos, sólo se reserva a las mujeres que son capaces de transgredirlo, y no cabe dudas de que a estas se las llama prostitutas. Tal es el sema con que se representa a las que viven de desnudar su cuerpo, las modelos que sirven a pintores y retratistas, y qué decir de las actrices de cine – medio notablemente empinado por entonces – que se arriesgan a la interpretación de escenas más osadas con cuerpos que insinúan toda desnudez provocando estrépito entre sus seguidores/as. Todas ellas son "putas" en la extendida reducción semiológica del período, como lo son las trabajadoras que ofrecen gastar sus cuerpos en tareas extradomésticas, las "fabriqueras" y aún las empleadas de ciertos servicios.4 El "abandono" del hogar para salir a trabajar es una mala imagen, no rinde, definitivamente, buena reputación cualquiera que sea el ámbito donde se transite. Seguramente entre las pocas mujeres que rodean con éxito el inefable epíteto se encuentran las maestras, tal vez las únicas a las que les es permitido el goce con fruición de su tarea, ya que los signos de contentamiento por la vida laboral, aún la más jerarquizada profesional, suele ser un estigma más que un premio.5 Ser meretriz es el modo indexado que corresponde a cualquier asomo de riesgo de pérdida de las virtudes cardinales de "ser mujer" en nuestras sociedades hasta bien mediado el siglo que acabamos de dejar.

De modo que parece redundantemente evidente que estamos frente a fotografías tomadas en una arena pública especializada, ajustada a la otra máscara de la moral, pero que bien observada también luce como cuasi doméstica, propia para el regodeo del ojo sin máscaras, allí donde ceden los maquillajes y las pulsiones son incontinentes, como ocurre en el seno del hogar. El ambiente de este prostíbulo, escenario privilegiado de esta serie documental, no parece disentir de esos conocidos piringundines de bajos fondos, a menudo verdaderas fronteras ecológicas ya que se asientan en extramuros toda vez que transgreden las disposiciones abolicionistas de 1936. Si durante la época de la reglamentación se exigía su emplazamiento sólo en determinadas zonas,6 alejadas de escuelas y templos, al quedar prohibidos deben encontrarse sitios aún más aislados a cobijo de ojos indiscretos y de posibles denuncias. Seguramente la vista gorda de las autoridades policiales, casi siempre comprometidas con el negocio, exige esos distanciamientos. Desde luego están las excepciones, las casas de cita7 para las clases privilegiadas que se escamotean bajo disfraces los más caprichosos pero que seguramente sólo consiguen entera impunidad en el corazón de las grandes ciudades.

La escena de la masturbación coagula la escenificación del comercio sexual visto por este lente. De técnicas lascivas múltiples y sofisticadas, he aquí la reducción a una sola tecnología. La mecánica del acto al que se asistió entonces (y al que reasistimos por la reproducción) no debe sorprender por su carencia: está vaciado de erotismo, faltan los juegos de i-realización que constituyen los senderos del goce. La postura de la oficiante denuncia que la acción de manipular el pene, realizada de pie por la joven, apenas apoyada sobre el cuello del cliente, y que consiente el voyarismo de un reducido público – pero con todos las propiedades de los espectadores directos –, y al más amenazante ojo censor de la cámara que la apunta, reduce casi por entero los atributos eróticos del sexo en el lupanar de esta serie. Nos es esquiva la desnudez de los cuerpos, la imprescindible entrega fusional y esa característica transformación de los seres que los lleva al éxtasis, a la "continuidad animal" y esencialmente a lo prohibido que según Bataille8 es indispensable en el canon erótico. Siguiendo a este autor podríamos sugerir que la mecánica sexual a la que asistimos es la culminación de la "rancachela" colectiva cuyo goce carnal es escueto, comparado con el acto de portar la cámara fotográfica. Se trata de un acto que se ejercita según el mismo Bataille, como "erotismo inhibido" o – agregamos – como remedo erótico. No en vano Bataille se refiere a estas circunstancias cuando introduce la "prostitución de baja estofa" y se refiere a quien la ejerce:
Podría ser menos indiferente a las prohibiciones que el animal, pero impotente como es para conseguir la perfecta indiferencia, sabe de las prohibiciones que otros observan; y no solamente está destituida, sino que le es conferida la posibilidad de conocer su degradación. Se sabe humana. Incluso sin tener vergüenza, puede ser conciente de que vive como los puercos.9

Podríamos hipotetizar que esa destitución consciente, que se paga con el desparpajo, con la asumida falta de vergüenza, es la que permite a nuestra muchacha autorizar a ese grupo de varones ser la protagonista de la saga fotográfica, as de triunfo que – ella lo sabe muy bien – incrementará el alardeo en círculos de machos. Por qué justamente ella resulta la protagonista es insondable, aunque nos azuzan los interrogantes. ¿Habrá aceptado ser objeto del registro porque sus compañeras se negaron y alguna tenía que satisfacer el pedido de los varones? ¿Resultó ser "espontáneamente" la más atrevida frente a las reticencias de las otras o fue abordada por el fotógrafo – los fotógrafos? – porque estaba preindiciada como la más osada? ¿Habrá sido escogida en un acto absolutamente incidental?

El género femenino aparece en esta saga con todas las muestras de su inflexión desventajosa corriente. La muchacha ni siquiera ocupa el papel de objeto-de-deseo ya que aparece más distante que el cuerpo-objeto-íntegro capaz de producir placer. Esta mujer se desgaja de su cuerpo y consigue dar, con las señales del apartamiento, una ficción de objeto. Además, su cómplice es la propia cámara fotográfica, tal vez – como ya se ha insinuado – el verdadero objeto de placer de esta historia. La cámara facilita ese estado ausente, ya que se roba el foco de atención. Es la cámara y no el sexo "con" las mujeres lo que captura el sentido central de esta narrativa. La saga revela actos maquínicos poniendo a la propia máquina como plausible objeto pulsional.

Podría decirse que no es nuestra muchacha la que hace el servicio de esta masturbación que más bien "se" hace; el acto parece ya una representación, metarrepresentada por la imagen que ha podido conservarse. La pornografía (y este documento está lejos de serlo) no conserva también el desvelamiento irreductible de una erotismo que se niega como posibilidad? Examinando las fotografías pornográficas de la colección reunida por Koetzle y Scheid10 – un conjunto desinhibido que protagonizan sólo los cuerpos femeninos y en el que abundan explícitos enlaces lesbianos – no puede dejar de tenerse la sensación de que el erotismo apenas se sugiere sobre lo obsceno, algo que en verdad desean re-presentar las ingeniosas y estudiadas poses de las modelos protagonistas de la serie, en algún estudio de París en torno de los años 1920.

Regresemos a la teconología de la masturbación como fórmula de comercio sexual más corriente de lo que se nos antoja. El trabajo precursor de Parent Duchatelet11 la identifica entre los repertorios prostibulares, pero para el ojo de este notable analista esta forma de actuación constituía un auténtico "vicio". Es probable que la condena de las famosas "terrosas", que sólo comprometían partes de su cuerpo para facilitar el placer de sus clientes, se deba a la subyacente aunque no conciente convicción de que hay aún más partición/extrañamiento del cuerpo femenino, más perversión en el servicio, una vez que no se adecua por entero a la condición de objeto entregado por entero. Es bastante posible que el servicio de la masturbación no fuera sólo el inicial de una larga sesión de intercambios sexuales.12 Pudo significar, por su virtualidad en materia de aproximación corporal y por su rapidez, una inversión contingente y de fácil solapamiento. Hombres a quienes su condición de clase les impedía pagar servicios completos, o a los que por el contrario cierta condición expectable los llevaba a sorteos y elusiones (notables, dignatarios, párrocos) inquietos por la duración del trato, o marcados por la prevención a las enfermedades o por el miedo a entregas mayores, aspiraban sólo a sesiones masturbatorias. Es muy probable que eventuales aventuras colectivas – "francachelas" – prolongadoras de las experiencias de adolescentes, hicieran a los varones demandantes de intervenciones apresuradas. A menudo debe haberse impuesto la jarana nerviosa de la incursión grupal sólo para obtener servicios masturbatorios. ¿No se trataba acaso de una gran transgresión, habida cuenta la larga y tenebrosa insistencia de padres, maestros, autoridades higiénicas y religiosas sobre los peligros del vicio solitario? Pero al mismo tiempo, ¿no menguaba acaso su iniquidad si se dividía con otras(os)? La verdad es que el onanismo compartido sólo paradojalmente puede ilustrarse como "vicio solitario". Nos falta mucho que revelar en materia de prácticas onanistas que nada tienen de solitarias, de las experiencias de intercambios sexuales que se realizan sin necesaria penetración.



Pero volvamos a nuestro documento. Después de la escena de la masturbación, exponencial en la serie, aparece un par de tomas singulares pero no sorprendentes: la mujer cose un botón que ha advertido está a punto de caer del saco de su cliente. El patetismo con que se diseña el congelamiento del oficio femenino es encomiable, tan verídico que parece una representación saturada, un "cliché". La mujer se comporta como una madre, o como una hermana en esa aptitud exponencial de velar por el varón bajo cualquier circunstancia. Si aisláramos de la saga a estas fotografías en la que la muchacha trabaja con el hilo y la aguja para asegurar el botón del joven – cuya edad pueda situarse entre los 25 años, tal vez –, las escenas parecen propias de cualquier ambiente doméstico en el que se imponen las reglas decentes de un auténtico hogar. Hay una culminación de tomas cuando la pareja se enlaza en un tierno abrazo, en un abrazo fraternal que traduce, de parte del varón, reconocimiento por la tarea reparadora, y de parte de la mujer, la convicción de que cumplió con una obligación. El trabajo enmendador que acaba de hacer la mujer y la nota de agradecimiento que emerge del abrazo enteramente asexuado que le prodiga el varón, nos conecta con los sistema de relaciones que también debieron normalizarse en el interior de los propios prostíbulos. Nos referimos a ciertas canteras de amistad, de confidencialidad, a los brevísimos raptos de simetría entre los géneros a propósito de comprensiones menos subalternas que se establecieron en esos circuitos, tanto como a repertorios sentimentales que a veces culminaron con emparejamientos perdurables, rescates matrimoniales o cuando menos, con cuadros persistentes de asistencia monetaria o de otra naturaleza. Son incontables los casos que culminaron con relaciones afectivas, o cuando menos con intercambios desinteresados de amistad y protección.

La serie que estamos analizando focaliza a un grupo de hombres que visita un lupanar de extramuros munido de una cámara fotográfica con el expreso propósito de captar, como una hazaña, escenas iconoclastas, marcadas por la prohibición. Es por entero probable que ese rito haya respondido a la necesidad afirmativa – y por lo tanto forzosamente colectiva – de machos que, en este caso, remarcan no sólo su condición genérica, sino su clase social. Parecen en su mayoría miembros de la clase media empinada, de esa clase que mostraba las marcas del hedonismo con consumos más sofisticados, ávidos de nuevas tecnologías y adminículos. La tenencia de una cámara fotográfica Leica subraya esa pertenencia y más adelante volveremos sobre el significado de esta marca de clase.

En este grupo se destaca el joven de marras ya que es el actor dominante de la serie y a quien seguramente por alguna razón especial se desea agasajar, ofrecerle ritos celebratorios. Podemos conjeturar que se trata también, desde el punto de vista de la escala social, de uno de los mejor posicionados del grupo, o es mera apariencia? Hay un contraste entre su extrema urbanidad (el traje sastre oscuro riguroso, la corbata de finas y esparzas rayas, la camisa blanca, el calzado "social" reluciente) con la fisonomía y el aspecto de otro hombre, que aparece en otra toma, vestido a la moda campestre con pañuelo al cuello, boina, botas altas, y aunque en general luce con atildamiento, probablemente se trate de un encargado de campo; podemos conjeturar que es el verdadero introductor en el prostíbulo del grupo urbano, muy probablemente visitante acostumbrado que goza de amplia confianza en la "casa". Se trata del hombre-propulsor, mientras el joven celebrado podría marcarse como el hombre-señuelo. Casi no quedan dudas de que por lo menos algunos miembros de esta aventura están estrechamente vinculados con propietarios de bienes raíces, tal vez dueños de alguna estancia próxima al lupanar de marras, o con con otros eslabones del poder. ¿Podemos admitir que este atributo es la única marca de "prestigio" que revela este oscuro lupanar y lo que permite restablecer un sentimiento de "dignidad" a las pupilas? ¿No es ese sentimiento de "selección prestigiada" lo que allana también el camino para autorizar el uso de la cámara fotográfica? Si la "conciencia de clase" puede ser una traza en las subjetividades de tantas meretrices del período, no hay cómo engañarse al respecto: salvo contadas excepciones, la dignificación del servicio proviene de la calidad social de los servidos.



En esta serie el varón-promotor, al parecer tampoco se priva de un servicio masturbatorio: hay una fotografía que lo muestra al lado de una joven y atrayente mujer – la cuarta de este registro – en actitud delatoria que puede ser imaginada pero cuya evidencia no es posible corroborar. Esta pareja – y debido a los vínculos preexistentes que ligan al hombre con el lugar – ocupa las márgenes del registro documental y también las márgenes donde se juegan los episodios narrados centralmente por la cámara: un gran patio de baldosas, un patio típico que centraliza todos los contactos de las habitaciones (al parecer unas cuantas) y en el que se dispone por lo menos de una mesa de café, servida con copas y bebidas. Ese gran patio central alberga también una característica bomba de agua de pozo con un piletón y es decorado por una pajarera con un único habitante, tal vez un canario de alta estimación para las ocupantes femeninas de la casa. Era extendido el gusto por mantener en cautiverio canarios y otras aves de buen canto en esos años. Este detalle de la pajarera luce con la estridencia del adorno principal frente a la ausencia de frisos, cuadros y objetos kitch que podrían encontrarse en lugares aún poco sofisticados. En una vieja fotografia del interior de un prostíbulo de Gualeguaychú también una pajarera decora el ambiente.13 Pero la pajarera de este ámbito ha sido colocada ex profeso sobre una silla, tal vez a pedido del fotógrafo de marras, con qué intención? Es probable que para jugar con la escenografía, para medir técnicas y resultados y también para enmarcar una escena que transcurre en un rincón y que revela los abrazos y toqueteos de una pareja: la de la dama del largo salto de cama con uno de los visitantes, el que porta anteojos y al que ya vimos al inicio conversando animadamente y haciendo gestos.



Es evidente que luego de los servicios sexuales el fotógrafo principal del grupo ha sido demandado para captar otras circunstancias. La muchacha que ha servido a nuestro joven protagonista seguramente ha insistido en que se le tomen otras fotografías, más "personales". Pretende estar a la altura de ese momento singular, todavía muy ritualizado, que no está precisamente signado por el orden de la profesionalidad en materia sexual, sino por el deseo de ser sujeto de un re-trato. ¿Un nuevo trato de sí que se despliega como un nuevo trato con los hombres? Entonces aparece vestida "de fiesta", ha ido a ponerse para una posteridad difusa – pero que adivina le sobrevivirá – tal vez el mejor vestido que luce su ropero. Se trata de un vestido largo, apretado al cuerpo, con una caída en los hombros, agarrados por unos breteles. El resultado es una pose de aire victorioso; el cabello recién peinado se destaca en la cabeza echada un poco hacia atrás, y hay un gesto en el rostro, contenedor de una sonrisa, que luce como una carta de triunfo. ¿Triunfo por la suspensión del deseo del-otro, porque ha doblado la intención objetivista del otro, que finalmente la "narra" en una humanidad diferente, "normalizada" y dulcificada, como si le permitiera ser otra mujer?

Pero esta permisión termina, y en otras fotografías reaparece con el traje inicial, dispuesta a los hábitos regulares que como es de esperar comprenden otras tareas además de las profesionales. En efecto, varias fotografías la toman en escenas de limpieza del patio, comenzando por la de un tacho rectangular destinado a poner la basura que recogerá cuando termine de barrer el amplio patio.

Sobrevienen luego escenas casi familiares: hombres y mujeres se ven en actitud laxa y en clima de conversaciones cuyos objetos, podemos adivinar, se desafueran de las marcas del lugar. La cámara repara una vez más en la muchacha que ha ocupado con el joven el centro del teatro, y se la ve entonces seria, inclinada para sostener a un perro pequeño (que no había antes aparecido) sobre una silla. Desde un ángulo donde se observan trastos de limpieza, una mujer la mira con complicidad dulcificada, tal vez porque el animalito sea uno de los pocos seres de estimación de nuestra protagonista.

La casi veste de la primera aparición vuelve al escenario, ahora sentada pero sin abandonar la tarea del crochet; no parece haber sido partícipe de la rueda de servicios sexuales. Su lugar en el sillón esquivo refuerza el clima de prescindencia y de incontaminación que la serie le ha acordado. Habría que interrogarse sobre la necesidad narrativa de reestablecer al final, con la imagen de esta mujer con ropaje claro, el principio de apariencia incontaminada que ha abierto la serie. Es necesario apuntar al varón que se adiestra con la cámara mientras alarga su destreza social bajo el inconmovible acatamiento de la doble moral que admite la necesidad de las putas para preservar la honra de las verdaderas mujeres.

Las fotos finales son patéticas por lo ajustadas a la representación, a la teatralidad. Actores y actrices van acomodando la despedida; una mujer ayuda a uno de los visitantes a ponerse el saco, escena que registra un acto que sin duda ha debido repetirse para que la cámara actúe "espontáneamente". Las manos extendidas de ambos sexos intercambian los adioses de modo tan descontextualizado que bien podría tratarse de una separación trivial en un patio familiar, en el de una escuela o una parroquia. Los sexos son o-puestos en su lugar gracias a una separación ascéptica que devuelve los seres a sus esferas correspondientes y los géneros a sus marcas asintóticas.



La serie va extinguiéndose con una fotografía que pone en foco a una parte de los varones mientras sale de la modesta casa de extramuros. Finalmente nos es dado conocer aspectos del edificio: el frente es un frente típico de nuestras construcciones semirrurales con paredes altas de ladrillos expuestos, donde sólo una ventana con persiana deja atravesar la luz ya que las otras tres o cuatro han sido tapiadas. La fachada es casi inocente en su austeridad, compatible – como indican los trazos apagados de antiguas letras – con almacenes, tiendas y moradas familiares. En el medio del grupo que deja la casa camina el joven trajeado y de corbata, el tributante mayor de la excursión. En principio una parte de nuestros varones aborda un auto decapotado y es visible que van precedidos por otros dos que marchan en una "charrette", también típica del campo sureño. La última toma está llena de significados: desde el interior del auto se observa el paisaje rural y en él se destaca el perfil de una avioneta que seguramente aguarda a la mayor parte de este colectivo. Aires rotundos de modernidad y de confirmación de clase o al menos de vecindad con estructuras de poder, ¿quiénes pueden ser conducidos en avioneta a inicios de la década 1940 sino dueños de empinados recursos o funcionarios?14 Señales de un país que acelera la híbridez entre lo arcaico y lo nuevo, lo tradicional y lo moderno, palco de tensiones sociales que anticipan la eclosión peronista, pero que persevera en mantener las matrices genéricas patriarcales. La cámara fálica nos introduce singularmente en los juegos preferenciales de la experiencia histórica masculina: constituir a las mujeres como objetos de deseo e inhibirlas de la libertad de deseo propio. La moral patriarcal no puede entonces sino ser doble. Sin embargo, los ángulos de esta cámara revelan, bajo la parsimonia de los estándares, indicios de las ambigüedades de sentido de los varones tanto como las fugas de su calidad de objeto de que son capaces las más objetivadas de las mujeres.


Fuente:

http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0104-83332005000200013

domingo, 3 de septiembre de 2017

Kitty dejó el trabajo sexual para salvarse

Testimonio de Prostitución



Releo y sigue impresionándome como el supuesto consentimiento de un niño disimula la autoculpabilización con la que carga quien fuera víctima, la  que a su vez disculpa al agresor sexual: Kitty, cuando era un niño de seis años sufrió abuso sexual. “Yo lo hacía voluntariamente
Tenemos relaciones incluso desde los 10 años”.

Un niño/a no tiene “relaciones”, es abusado, abusada.

Lo perverso es que estos son los argumentos que los puteros, los abusadores de niñas y niños, y la sociedad misma, utilizan para dañar impunemente la integridad de la niñez.
Las palabras  sobran
Alberto B Ilieff




Kitty dejó el trabajo sexual para salvarse

Tiene 50 años y vela por su futuro. El promedio de vida de las mujeres trans es de 35 años.     
27/08/2017



 Kitty Flores revisa los resultados del estudio de Manodiversa, en torno a la situación de los adultos mayores del colectivo TLGB .


A los 50 años, Kitty Flores, que es trans. Trabaja como decoradora y realiza manualidades relacionadas a la cotillonería. Pero, cuando era joven fue trabajadora sexual.

Dejó esa actividad para “seguir viviendo”. Hace más de una década reflexionó sobre la calidad de vida que quería tener.

“Hay que buscar un objetivo. No todo es belleza, prostitución y droga. Hay que tener una meta”.

Kitty, como se hace llamar desde que decidió dejar su indumentaria varonil para vestir como mujer, es una de las líderes de la Unión de Travestis de Santa Cruz y está consciente de que en el colectivo de Trans Lesbianas Gais y Bisexuales (TLGB), las travestis son el rostro más visible y también vulnerable.

Las estadísticas dicen que el promedio de vida de las personas trans no supera los 35 años, según la directora Ejecutiva Mesa de trabajo Nacional (MTN), Rayza Torriani.

En la actualidad, en Cochabamba hay tres personas, de entre 29 años y 32, de esta población internadas en el hospital.

Kitty, que ya piensa en cuando sea adulta mayor y busca seguridad para su vejez, recuerda que su población vive una lucha constante.

“La lucha es constante contra el maltrato policial hacia la mayoría de las trabajadoras sexuales, así como el maltrato médico, porque antes nos llevaban a hacer revisiones obligadas (...) Desde ese tiempo luchamos juntas”.

La unión de las trans se da, en la actualidad, también para las despedidas, cuando alguna de ellas fallece.

“Juntamos dinero para darle un entierro digno. La mayoría muere asesinada o por enfermedades, aparte del VIH”.

Kitty, cuando era un niño de seis años sufrió abuso sexual. “Yo lo hacía voluntariamente. Pero, me di cuenta que era marica (gay) a los 11 y me hice travesti a los 19 años”.

Luego de trabajar por un tiempo en una repostería se sintió presionada y dejó el puesto.

Cuando necesitó dinero, encontró una salida en el trabajo sexual.

“Me dediqué un tiempo”.

Pero, se dio cuenta de que no era una garantía para su futuro.

“Fui bella y hermosa. Pero, ya pasó. Tengo 50 años, sigo siendo simpática, pero ya no soy la misma de cuando tenía 20. Hay que pensar en el futuro”.

Rayza manifiesta que el 90 por ciento de las mujeres trans no llega a los 70 años.

“Esto se debe al poco acceso a la salud, al trabajo, a la buena alimentación. El trabajo sexual, el alcohol, el entorno, nos llevan a una situación de vulnerabilidad, hacia enfermedades que no son tratables”.

Kitty coincide con esas afirmaciones. “Nosotras tenemos la vida avanzada. Tenemos relaciones incluso desde los 10 años”.

INFECTOLOGÍA

Este tipo de situaciones marcaron la vida de Indira (nombre cambiado). A ella, travesti de 32 años, le diagnosticaron VIH y hace poco fue internada en el área de Infectología del hospital Viedma en la ciudad de Cochabamba.

Indira, además, perdió la vista y recuperarla demanda una cantidad de dinero que no tiene.

Sentada en la silla de la habitación, vistiendo una bata, medias y sandalias, agachada y con la aguja del suero en un brazo, le da la espalda al sol que entra por una ventana.

Solo quiere recuperarse y no volver a la vida que tuvo como trabajadora sexual.

“Ya no tengo ni amigas. La amistad es por interés y momentánea. Cuando ganaba dinero tenía un montón de amigas para chupar (beber), para la joda de la vida. Ahora ya no hay nada de eso”.

Sostiene que quisiera tener otra ocupación. Se siente rechazada.

“Ya no veo ni a mi familia. Vino mi hermano, me miró y ni siquiera me dijo ‘toma 10 pesos para tu pañal’. No tengo a nadie”.


La edad

“Tengo 50 años, sigo siendo simpática, pero ya no soy la misma que cuando tenía 20”

Kitty Flores

Fuente:
http://www.opinion.com.bo/opinion/informe_especial/2017/0827/suplementos.php?id=12327



Nota: la fotografía aparece en la publicación original





domingo, 27 de agosto de 2017

"Si el Estado legaliza la prostitución se convierte en un proxeneta"

Testimonio de prostitución

"Si el Estado legaliza la prostitución se convierte en un proxeneta"
Para Elena, "la prostitución es una violación pagada". Por ello, está en contra de legalizarla. Es abolicionista
lourdes duran 12.03.2017 |

Llegó a Mallorca a las 12, y ocho horas después ya estaba prostituyéndose. Tenía 18 años. Víctima de trata, ha sobrevivido a la violencia extrema de esta "anomalía de la sociedad" que algunos llaman trabajo sexual. "Ninguna mujer es prostituta porque quiere" Ella es libre desde 2016
"¿Por qué la violencia que ejercen sobre las prostitutas no es igual que la violencia que sufre una mujer en su casa?". La pregunta de Elena, una mujer rumana, víctima de trata, hace tambalear los cimientos de una sociedad "hipócrita", según ella, que ha ejercido la prostitución desde que pisó Mallorca en 2005. Tenía 18 años. "Llegué a Palma a las 12 y a las 20 horas ya estaba prostituyéndome". Hace tres años "dejé la calle". A finales de 2015 empezó de cero. Hoy trabaja y, en sus ratos libres, ayuda a otras prostitutas. "Se puede salir de este calvario", asegura. En Palma, 2.000 mujeres ejercen la prostitución, según datos de 2015 aportados por la XADPEP (Xarxa de atenció directa a persones que exerceicen la prostitución a Palma). Elena entró en esas estadísticas frías. Son números. Detrás de ellos, historias muy oscuras. Pozos de los que muy pocas mujeres salen. Ella es una de ellas. Alza su voz y se declara abolicionista: "Si el Estado legaliza la prostitución, se convierte en proxeneta".

-¿Por qué no está de acuerdo en legalizar la prostitución?
-¿Cómo se va a legalizar una anomalía? Lo primero de todo es aclarar que la prostitución no es un trabajo, es una violación que ejercen los prostituidores, hombres en su mayoría, hacia las mujeres, aunque también hay prostitutos. Estoy en contra que nos llamen trabajadoras sexuales. ¡Una chica no se levanta y decide 'voy a trabajar de puta'! ¿Cómo es posible que en la Europa del siglo XXI se tolere que una mujer tenga que vender su cuerpo para poder comer? Es una anomalía que, sin embargo, la sociedad ha asumido como un hecho normal.



-Hay colectivos de prostitutas muy empoderadas que, contrariamente a lo que dice usted, están a favor de la legalización.
-He debatido mucho con ellas . Para llegar a decir: soy puta y tengo mis derechos, tienes que haber trabajado muchos años. A la mayoría de prostitutas se les olvida el calvario; muchas de ellas no tienen papeles, desconocen sus derechos, viven en un estado de permanente temor. Con la legalización no ha disminuido la prostitución, al contrario. Alemania es un ejemplo claro, que conozco porque estuve allí. Fue el infierno. Al principio, yo también era partidaria de legalizarla pero cuando salía para ir a manifestaciones contra la violencia de género, pensé: ¿Y lo nuestro, acaso no es violencia de género? ¿Cómo es posible que se permita que pase esto con las mujeres? ¿Por qué lo tolera la sociedad?
"Si no hay demanda, no hay oferta. Los prostituidores no son clientes porque yo no soy un objeto de consumo"

-¿Responsabiliza a los clientes?
-No les llames clientes. Yo les llamo prostituidores. No soy un objeto de consumo. Si no hay demanda, no hay oferta. Para mí la prostitución es la permisividad de que haya violaciones pagadas.



-Usted ha ejercido en la calle y en clubes, y también en pisos. ¿Dónde se sintió más vulnerable?
-La calle es muy dura pero al menos te ven. En los pisos la impunidad es enorme. Yo viví la época en que colocaron conos en las Avenidas para disuadir a los prostituidores. Nos daba igual la prohibición porque corríamos detrás de los coches. No nos hacía gracia jugar con la Policía pero la presión del proxeneta era peor. La policía se metía con nosotras, jamás con ellos.

-Detrás de cada prostituta hay un proxeneta, imagino.
-Suele ser así, sobre todo si eres víctima de trata. Después están las madames del club, que también rinden cuentas a los proxenetas. Después de años, me libré.

-¿Ejerció por libre?
-Una prostituta nunca ejerce libremente. Esa es mi opinión. Hubo un tiempo en que al dejar la calle e irme a un bar creí que ejercía libremente. Después entendí que mientras pagan por mí, no soy libre. Creo que el sistema que propicia que siga existiendo la prostitución es el gran macarra.

-¿Somos todos responsables?
-En cierto modo. Desde el momento que se ve como algo normal que se acuda a prostitutas en despedidas de solteros, o que unos padres le regalen a su hijo autista por su mayoría de edad el estar con una prostituta, como me ocurrió a mí; que un hombre se te ponga encima y te vea llorando y siga así, sin piedad, diciéndote que eres basura, que eres suya porque ha pagado por ti, o que se quiten el preservativo, o esos señores de sesenta años con aspecto de persona honrada que luego se van a comprar el pan, o van a misa, pero va de putas. Y tantas otras anomalías que se quieren normalizar. Ya no entro en el lado más negro de la prostitución: violencia física y psíquica, amenazas de muerte, temor, soledad. ¿Por qué nadie habla de los prostituidores que prefieren llamar clientes? Rotundamente, la sociedad mira hacia otro lado.

-¿Confía en los hombres?
-Sí. Ahora tengo pareja, lo sabe, y me apoya y respeta. Esta lucha debe haber merecido la pena. He aprendido a confiar. Sé que es difícil, pero necesito confiar en que algo cambiará.
"Si las mujeres queremos igualdad, no podemos admitir que haya prostitución porque también es violencia de género"

 -Usted ha salido. ¿Tuvo ayuda?
-Ha sido un camino muy largo. Me ayudaron desde Médicos del Mundo y el Casal Petit. Me empoderé como ciudadana. Luché por mis derechos porque a las mujeres como yo no nos ven como personas. Hice infinidad de cursos para formarme y tener una profesión pero no me servían para encontrar trabajo. Durante tres años fui ilegal. Luego cuando Rumanía entró en la Unión Europea, los conseguí. Intenté trabajar en un bar con la idea de trabajar media jornada, pero me hacían trabajar 12 y 13 horas por un sueldo de miseria que no me daba para vivir. Tuve que volver a la prostitución. Fui tomando conciencia de mis derechos, y aunque tardé en salir, lo conseguí.


-¿Cómo fue su relación con la Policía, tanto local como Nacional?
-Hay de todo. Mientras algunos nos tratan como basura, otros al menos tratan de escucharnos, pero suelen proteger al prostituidor, o 'cliente'.

-¿Cómo eran sus clientes?
-Uf, pues de todo, políticos, jueces, empresarios, jóvenes, viejos... El alcohol me ayudó a soportar tantas cosas... (El llanto interrumpe la conversación.

-¿Celebró el 8 de marzo, Día de la Mujer?
-Sí, me fui a ver a algunas de mis ex compañeras y les llevé una rosa, dándoles ánimos. Los prostituidores te quitan la identidad. A mí me ha costado mucho transformarme en quién soy ahora. Muchas prostitutas no denuncian la violencia de género que sufren porque ni asimilan que lo sean; tampoco policía, jueces, la sociedad entera. Pero tengo fe en que cambiará. Tengo fe, y no me voy a callar hasta que cambie algo. Si las mujeres queremos igualdad, no podemos admitir que haya prostitutas.

Fuente:

http://www.diariodemallorca.es/palma/2017/03/12/legaliza-prostitucion-convierte-proxeneta/1196915.html




La historia oculta de Pichincha

La historia oculta de Pichincha
ESCRITA POR: OSVALDO AGUIRRE

1 de 1 - La esquina en la que funcionaba el Cine Teatro Casino, barrio Pichincha.

Es un polo gastronómico, un barrio de culto, un área histórica. Las torres, los nuevos bares y los restaurantes cambian vertiginosamente su fisonomía. Pero el barrio Pichincha no debe su celebridad a los emprendimientos comerciales ni a los desarrollos inmobiliarios que explotan su nombre y su leyenda, sino a la mala vida que albergaron sus calles entre 1875, cuando se promulgó la primera ordenanza en Rosario para reglamentar el ejercicio de la prostitución, y 1933, cuando quedó prohibido el sistema que la hacía posible.



Prostíbulo de Pichincha. Foto Antonio Berni, 1932.
Según un informe realizado en 2005 por la historiadora María Luisa Múgica, entre 1915 y 1922, época del auge prostibulario, funcionaron al menos 31 burdeles legales en unas pocas cuadras del barrio de Pichincha: 4 en la calle Pichincha (hoy Riccheri) al 100 bis; 11 en Pichincha entre el 0 y el 100; 2 en Pichincha al 100; 4 en Suipacha al 100; uno en la esquina de Pichincha y Jujuy, el café cantante El Gato Negro, después bautizado Espléndido; 6 en Jujuy al 2900; 2 en Brown al 2900 y una casa de pensión en Brown al 2000. Previamente, entre 1906 y 1914, la zona roja estaba señalada por la calle Güemes en el tramo del 1900 al 2100.

A esta oferta se sumaban el cine teatro Casino, de la empresa Russo, ubicado en la esquina de Jujuy y Pichincha y que perduró hasta mediados del siglo XX; el café con camareras La Terraza, en Suipacha 143, y otro del mismo estilo, el Café Sport de Pichincha 76, que tenía como gerente a Francisco Stafaccio, luego llamado Sportman; y el garito de Pedro Mendoza, en Pichincha 131, un antro al que frecuentaba lo peor del hampa.

El área de influencia del barrio incluía también al antiguo Cementerio Israelita de Granadero Baigorria, hoy cerrado al público y a las inhumaciones, donde descansan los restos de rufianes, madamas y prostitutas, entre ellos Pincus Helfer (denunciado como rufián en 1930 por el diario Reflejos), Simón Rubinstein (propietario del prostíbulo Venecia), Max Zysman (directivo de la Zwi Migdal, mítica organización de tratantes de blancas, deportado en 1930 y reingresado clandestinamente al país) y Ana Barán (regente del prostíbulo Mina de Oro).

Los prostíbulos se dividían en categorías, de acuerdo a las tarifas de los servicios: el Paraíso (conocido popularmente como Madame Safo, en Pichincha 68 bis) tenía una tarifa de 5 pesos; el Petit Trianon (Pichincha 87), de tres pesos; el Internacional (Jujuy 2937), el Mina de Oro (Pichincha 73) y el Chanteclair (Pichincha 19), entre otros, una tarifa de 2 pesos; y, en el escalón más bajo, el Royal (Suipacha 150), el Venecia (Brown 2950), el Charleston (Pichincha 19 bis) y el Torino (Suipacha 122), entre otros, cobraban un peso.



Prosíbulo el Paraíso, conocido popularmente como Madame Safo, en Pichincha 68 bis.

“En el barrio Pichincha se asentaron entonces la mayoría de los burdeles legales -señala Múgica-. Aún perduran algunas de esas construcciones —refuncionalizadas—, edificios construidos especialmente como casas de tolerancia, que dan cuenta de una arquitectura de burdeles y le imprimen a esta ciudad un sello diferenciador de otras que, si bien reglamentaron la prostitución, no parecen haber desarrollado esos tipos de dispositivos arquitectónicos específicos”.

El paraíso de los rufianes
El Petit Trianon perteneció a un francés, Enrique Chatel, que terminó deportado en 1933 y posteriormente a un tal Basthard Bogain, presuntamente de la misma nacionalidad. La expulsión de Chatel se produjo como consecuencia de la persecución implementada a partir de 1930 contra el negocio de la prostitución en la Argentina. Todavía circulan en manos de coleccionistas las fichas con que administraba el prostíbulo: tenían una imagen femenina que evocaba a la efigie de la Libertad, adornada con la frase discretion et securité, una especie de advertencia dirigida tanto a los clientes como a las prostitutas.

Emilio Sisa López dejó una descripción del burdel, construido en 1912. Tenía “el gran patio cuadrado, de mosaicos blancos y negros, lustrosos. En un ángulo, una victrola. Sillas tapizadas, contra la pared. Algunas parejas bailan, muy formalmente. El Trianon costaba tres pesos, la segunda tarifa en importancia y olía a violetas, no a sudor”. La madama, María Peña López, era la esposa de Chatel.

El Trianon apareció con frecuencia en los titulares de la prensa rosarina. El 18 de diciembre de 1927, el diario La Reacción publicó el artículo “Saneamiento moral del Barrio Norte. Fue multado el Petit Trianon”. La crónica apuntaba contra María Peña López, “mujer escandalosa e insolente, que vive odiada de las demás patronas de prostíbulos, por la forma con que se conduce ella y su marido”, ambos especialistas en “corrupción de menores francesas y trata de blancas”. El diario desarrollaba una campaña contra el prostíbulo y no se daba por satisfecho con una simple multa: “Continúan las cosas en el mismo estado. ¿Hasta cuándo Catalina?”, se preguntaba en su bajada.

El Safo fue el burdel más lujoso e importante de la ciudad entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Pero nunca se llamó así. Como reveló la historiadora María Luisa Múgica, su nombre fue en realidad El Paraíso. El 18 de junio de 1914 el Departamento de Obras Públicas le otorgó al permiso de construcción del burdel al francés Albert Maury, alias Ruffat, en tanto A. Crexell e hijo llevaron adelante la obra, que concluyó en 1916. Los expedientes municipales exhumados por Múgica permiten identificar varias de sus regentas: Alice Ribera, Marcelle Barrière (esposa de Maury), Juana Oscarini y Julia Audelof. En abril de 1929 trabajaban allí quince mujeres.

Maury fue también propietario del Hotel París (Santiago 1669), que funcionaba como posada de primera clase. El encargado del lugar, Francisco Malatesta, de nacionalidad francesa, desapareció sin dejar rastros cuando la policía de Buenos Aires pidió su captura después de que el gobierno nacional decretara su expulsión del país.



Las pupilas, a la espera de clientes en uno de los burdeles de la época.

La leyenda cuenta que el Paraíso, o Madame Safo, tenía una puerta de cedro labrado provista de una mirilla, por la cual la encargada observaba a los que llegaban y ejercía el derecho de admisión. Las mujeres daban vueltas en una calesita, para que las eligieran los clientes. El edificio, provisto de vitrales, techo con cúpula vidriada, motivos orientales y un patio central con habitaciones alrededor, aún se preserva. En 1975 adoptó el nombre de Hotel Ideal, con el que funciona como albergue transitorio.

Madame Safo era también el nombre de la encargada –o de una de las encargadas- del prostíbulo. Se ignora si el lugar tomó su apodo de ella, o bien si las historias elaboradas se proyectaron en la invención de esa figura. La existencia de madame está rodeada por la leyenda, ya que los testimonios proceden en su mayoría de la memoria popular y de la ficción.

El escritor Roger Pla, por ejemplo, la introdujo como personaje en su novela Los atributos. Allí madame Safo es imaginada como una mujer distinguida, que usa una “larga boquilla de espuma de mar y virolas de oro” y se presenta en su idioma natal: “Enchantée. Moi, je suis Madame Safo”. Aunque el autor era rosarino y pudo tener alguna información más o menos directa, el retrato supone una idealización. La madama dirigía la casa y hacía relaciones públicas, pero como destaca el historiador Ernesto Goldar “su misión fundamental era obligar a las meretrices a un trabajo continuo”.



Foto de prontuario de mujer identificada como prostituta.

Sin embargo, en una crónica del diario Rosario Gráfico de abril de 1932 se lee: “Fingida o real, local o internacional, Madame Safo es la mujer con más aureola con que cuenta Rosario, la que primero martillea en la memoria al desembarcar por Sunchales (actual Rosario Norte). Y ella quedará como no ha quedado todavía ningún artista, ningún literato, ningún hombre de negocios. En Retiro, los familiares de quienes viajan con destino a Rosario soplan al oído de éstos frases de sonoridad voluptuosa: “¡Cuidado con la Safo! ¿Van a visitar a la Safo?”

El esperanto del mundo prostibulario

El escritor y periodista rosarino Raúl N. Gardelli confirmó esa apreciación. El “lujo insolente y truhanesco” del prostíbulo, escribió en su libro Conmovida memoria, convocaba a clientes y curiosos de distintos puntos del país. “Supo haber quienes viajaban a Rosario expresamente –apunta-. No venían a Rosario, venían al Madame Safo. Subían al tren en Retiro, bajaban en la estación Sunchales y se zambullían sin demora en el vecino, magno prostíbulo”. Entre ellos se encontró el escritor español Vicente Blasco Ibáñez, quien en 1909 recorrió el país para escribir luego el libro Argentina y sus grandezas, a propósito del centenario de la Revolución de Mayo. Una comisión integrada por intelectuales y vecinos notables lo esperaba en la estación Rosario Norte. Blasco Ibáñez habría pedido ser llevado al Madame Safo. Pero la anécdota fue un producto de la leyenda, ya que en esa época el famoso burdel no existía.

Otro visitante ilustre pudo ser el periodista francés Albert Londres (1884-1932). En su libro El camino de Buenos Aires, investigación de la trata de blancas en la Argentina, contó un viaje a Rosario. Acompañaba a un rufián, Robert Le Bleu, quien iba a arreglar cuentas con una mujer a la que hacía trabajar en un prostíbulo. “Abrimos la puerta (del burdel). Cuán dulce es, estando lejos de casa, encontrar una pequeña patria. Ahí dentro todo el mundo hablaba francés. La patrona era de Montmartre”, escribió Londres. Entre las meretrices había seis parisinas, tres bretonas, dos de Niza, una alsaciana y otra de Compiégne: “Ganan, cada una, de mil quinientos a dos mil francos por día”. Si bien no lo identifica, la descripción del lugar se ajusta a las características del Madame Safo, cuya particularidad entre los burdeles rosarinos consistió precisamente en ofrecer mujeres francesas.

El francés, dice la historiadora uruguaya Yvette Trochon, fue el esperanto del mundo prostibulario. Muchas de las palabras que circulaban en los burdeles tienen su origen en el idioma de Racine: Macró, el proxeneta (de maquereau, pez que vive a expensas de otro); gigoló; michet, el cliente; môme, la mujer del macró; soeur d´amour, la amante o “mujer doble” del macró; poule, la prostituta; cugnotte, la prostituta vieja.


Las francesas eran además las mujeres más caras. Las rodeaba el mito de ser las más codiciadas por sus artes amatorias. “Forman la aristocracia: cinco pesos –escribió Albert Londres-. Las polacas forman la clase inferior: dos pesos”. Los rufianes las internaban –de ahí que se las llamara pupilas- en burdeles de distintos puntos del país y solían arreglar las ganancias con los dueños de los establecimientos. En el Paraíso se utilizaba a tal fin “el sistema a la lata”. El cliente le pagaba a la encargada, a cambio de una ficha de bronce acuñada con el nombre del prostíbulo. Esa ficha, conocida como la lata, era entregada a la prostituta, quien a su vez la derivaba al proxeneta, o mantenido, según el término más exacto que se usaba en la época.

El círculo se completaba cuando el rufián canjeaba las fichas por dinero con el dueño o la encargada del burdel. La mujer no veía un solo centavo. “Asegurada su alimentación, su cama, el planchado, ella abandona su ganancia a su hombre”, dijo Londres, que contemplaba con cierta simpatía a los proxenetas. Mientras los franceses solían manejarse en forma individual, los polacos y rusos tendieron a agruparse en sociedades que remedaban las de socorros mutuos, como la Varsovia, o la célebre Zwi Migdal, cuyo desarrollo y organización investigó el historiador porteño José Luis Scarsi en su libro, aun inédito, Tmeiim. Los judíos impuros.

En la novela mencionada, Roger Pla plantea también un enigma: la identidad de madame Safo. Nadie supo el nombre de la misteriosa mujer. “Así se había hecho llamar la fundadora de la casa, y a partir de entonces cada nueva madama adoptaba ese nombre”, conjetura el escritor. Se dice que murió en la pobreza, que se retiró y vivió en una mansión en la avenida Belgrano, de Rosario, y que tuvo un negocio de antigüedades. La hipótesis de que varias mujeres compartieron el nombre y el título de encargada permite reconciliar las distintas versiones sobre el final de una historia todavía abierta a la memoria y a la imaginación.

Pero la mala vida en Rosario nunca se restringió al barrio de Pichincha. Una prueba de ello fue la radicación del cabaret Montmartre en San Martín 350. Los vecinos de la zona céntrica y la prensa denunciaron reiteradamente los excesos a que se entregaban sus concurrentes, entre orgías y bacanales.

“A la serie de desórdenes que desde que empezó a funcionar se vienen produciendo –decía una crónica de La Capital del 9 de septiembre de 1928- hay que agregar uno más de grandes proporciones (...) Conforme a la costumbre fueron arrojados durante largo rato vasos, sillas, mesas, etc., y otros proyectiles, presenciando el espectáculo los agentes de la comisaría 2ª, que prestan servicios en una de las puertas del antro de referencia”. Tres días después el Montmartre debió cerrar sus puertas. El lugar fue también escenario de los primeros procedimientos contra el tráfico de drogas en Rosario.

Las historias de Pichincha son relatadas a veces como sucesos pintorescos o simpáticos. Sin embargo las prostitutas eran sometidas a un régimen de esclavas y con frecuencia, cuando intentaban liberarse, sufrían terribles represalias.

Dos potencias se saludan

Entre los personajes de Pichincha, el Paisano Díaz ocupó un lugar particular. Fue custodio de caudillos políticos en los años 20 y rufián. Se llamaba Venancio Pascual Salinas y había nacido en San Nicolás el 1º de abril de 1888, hijo natural de Francisca Salinas.

El 27 de septiembre de 1909 inauguró un largo prontuario policial, por causar heridas a un hombre, en Villa Constitución. Luego acumuló entradas por lesiones, atentado a la autoridad, desacato y dos homicidios, uno en zona rural del departamento Constitución y otro en Pérez. Tuvo tres condenas de prisión, hasta que se acercó a caudillos del radicalismo alvearista y se dedicó con tranquilidad a sus negocios.

Su fama creció en la memoria oral. En un testimonio que transcribe Héctor N. Zinni en El Rosario de Satanás, Lito Bayardo recuerda que en 1929 acompañó al cantante de tangos Ignacio Corsini en una visita al célebre barrio. Allí “proliferaban los perigundines (sic) y casas de mujeres alquiladas, con prontuarios enlutados y hombres de acción. Corsini quería conocer algunos de estos personajes de ese submundo, donde reinaba el paisano Díaz, gran admirador suyo”.

Según una crónica publicada por La Capital en 1925, cuando sobrevivió al ataque a balazos de un rival, “Díaz tiene gran ascendiente entre los tenebrosos (rufianes, en el lenguaje de la época), especialmente tratándose de polacos o argentinos. En cualquier asunto que se producía entre elementos del hampa era Díaz el encargado de arreglarlo. La fuga de una de las explotadas, la falta de respeto a un amigo en las relaciones con la mujer del mismo, etc., todo eso corría por su cuenta”. Además, el Paisano vivía de “tres o cuatro mujeres” que ejercían la prostitución.

Pero el episodio central es el que enfrentó a Díaz con Ernesto Ponzio, llamado el Pibe Ernesto, músico legendario en la historia del tango que se radicó en Rosario a fines de los años 20 y encontró empleo como violinista en la orquesta típica del cine Mitre. Además, según versiones periodísticas de la época, prostituía a una mujer en Pichincha.
El escenario fue el garito de Pedro Mendoza, donde se hizo un asado con el objeto de recaudar fondos para fundar un comité del radicalismo alvearista. La catedral del juego clandestino tenía una clientela selecta, “formada por toda clase de profesionales del delito”, según La Capital. No obstante, “el comisario de la sección 9ª tiene orden superior de no molestar, porque Mendoza contribuye con tres mil pesos mensuales”.

La reunión tuvo lugar el 18 de enero de 1924 y transcurrió normalmente hasta que, finalizado el asado, se anunció una partida de taba. “La partida comenzó después de las 3, estando a cargo de un sujeto llamado Venancio Díaz (a) el Paisano Díaz -dijo La Capital-. A medida que transcurría el tiempo la concurrencia fue aumentando”. En ella, al margen de la presencia de Ponzio, “predominaban los franceses y polacos”. Todo terminó con un enfrentamiento a balazos entre el músico y el Paisano, en el cual murió otro parroquiano, Pedro Báez, uruguayo de 31 años.

Circularon varias versiones. Según una de ellas, Ponzio estaba borracho y había hecho un disparo al aire para festejar la comilona y la confraternidad de los miembros del hampa. Otra, en cambio, sostenía que Ponzio y Díaz se tomaron a trompadas y que, al verse superado por su adversario, el Pibe Ernesto sacó su revólver y disparó. Según la versión oficial, El Pibe Ernesto “volvió al galpón dispuesto a que se le diese participación en el negocio que estaba realizando el Paisano Díaz con la taba -apuntó una crónica-. Éste no quiso acceder y aquel pareció que se había conformado con la respuesta recibida, pero no fue así. Al poco rato, cuando lo creyó conveniente, extrajo rápidamente un revólver de entre las ropas y le descerrajó un balazo a El Paisano Díaz (sic), quien resultó ileso porque como había estado vigilando los menores movimientos de El Pibe Ernesto dio un salto en el momento preciso”.

El juez Emilio Pareto condenó a Ponzio a veinte años de prisión, con la accesoria de reclusión indefinida. La condena contra Ponzio era dura, pero el poder político supo mostrar su indulgencia con el músico. Por sucesivas conmutaciones de julio de 1925, mayo de 1926, octubre de 1927 y mayo de 1928, el Poder Ejecutivo provincial le rebajó la pena hasta que la Justicia debió ponerlo en libertad. El Pibe Ernesto siguió su carrera como músico y en 1933 tuvo un papel en la película Tango, de Luis Moglia Barth (https://www.youtube.com/watch?v=frL0EEVRjrA). Ese mismo año, en junio, pasó de nuevo por Rosario, entonces al frente de una orquesta propia. En “Culpas ajenas”, un tango que compuso en la cárcel, prometía “echar un manto de olvido/ al tiempo pasado de su perdición/ luchar y reivindicarse/ con todas las fuerzas/ de un bravo varón”. Y parece que cumplió.

El 27 de septiembre de 1931, Díaz se cruzó con otro personaje célebre de la época: el mayor Carlos Ricchieri, comisario de órdenes de la policía rosarina, quien realizaba periódicas razzias en los bajos fondos rosarinos. Fue en el café El Forastero, de Jujuy 2966, y el militar lo detuvo por portación de armas. El Paisano murió el 15 de marzo de 1963, pero su leyenda permanece y puede encontrarse en dos novelas, la ya mencionada de Roger Pla y Nadie es responsable, de Felipe Aldana, donde aparece como personaje.

El fin de una época, el comienzo de otra
En sus estudios sobre la historia de la prostitución en Rosario, condensados en el libro La ciudad de las Venus impúdicas, María Luisa Múgica ha revelado numerosos episodios desconocidos, como la huelga de prostitutas del café Royal en 1930 (en oposición al precio de alquiler de las piezas en ese lugar) y el conflicto que se desató en 1923 entre dos grupos de madamas por la cantidad de mujeres que podían alojar los burdeles y que enfrentó a Lola Spodek (Pichincha 90), Clara Steinberg (Pichincha 89), Ana Barán (Pichincha 17), Rosa Ritter (Pichincha 105), Elena Smit (Suipacha 150), Ida Ferrero (Suipacha 120), María Peña López (Pichincha 87), Berta Suether (Pichincha 77), Alice Ribera (Pichincha 68 bis), Ana Pansa (sic) (Brown 2950) y María Ríos (Jujuy 2976) contra Anna Levcovitch (Pichincha 82), Diana Prados (Pichincha 29 bis), Rosa Ottich (Pichincha 73) y Ana Marchisio (Suipacha 122).

“Las regentas -dice Múgica- eran comúnmente antiguas prostitutas que hacían "carrera". Algunas continuaban ejerciendo igual la prostitución, sólo que tenían mayores responsabilidades frente al Estado Municipal. Esta función sólo podía ser desempeñada por mujeres, aunque no fueran necesariamente dueñas de los prostíbulos”. Los burdeles “servían al mismo tiempo de local y domicilio para las mujeres que allí trabajaban (prostitutas y personal doméstico), aunque existieron algunas variantes ya que muchas prostitutas no vivían en las mismas casas, sino que iban allí a trabajar. Las habitaciones no podían tener ninguna comunicación interior ni exterior con las casas vecinas y hacia 1930 se estableció que debían contar con lavatorio de cuatro llaves, agua corriente fría y caliente y los respectivos desagües”.

En 1930, en Buenos Aires, Raquel Liberman denunció a su ex esposo Salomón Korn y se inició una investigación judicial que terminó con las actividades de la Zwi Migdal. Si bien en Rosario hubo procedimientos que aparecieron relacionados con esa causa, el desmantelamiento de la red prostibulario local fue el efecto final de décadas de quejas y reclamos de vecinos y medios periodísticos. El 31 de diciembre de 1932 se derogaron todas las normativas, permisos, concesiones y resoluciones que regulaban la prostitución. Ese día terminó la historia y empezó la leyenda.

Fuente:

http://www.rosarioplus.com/enlareposera/La-historia-oculta-de-Pichincha--20170320-0030.html




Historia de los lenocinios regionales: desde los aónikenk a la “Casa de Piedra”



Pintura “El baile de las enanas”, del pintor Pedro Luna, quien frecuentó en Punta Arenas diferentes prostíbulos, registrando en uno de ellos esta escena.


Historia de los lenocinios regionales: desde los aónikenk a la “Casa de Piedra”
Por La Prensa Austral
Sábado 26 de Agosto del 2017
Las “Casas de Irene” o “Muñecas de Satín”
Por Mario Isidro Moreno

El tema de la prostitución es considerado por muchos como un contenido tabú, del cual todos tienen algún conocimiento pero nadie conversa u opina. Para tratar este tema en la región, comencemos por hacer historia.

Según antecedentes encontrados respecto de la prostitución en América, se dice que el mundo prehispánico la contempló en forma diferente a la visión occidental. La Nueva España la toleró y la reglamentó, a pesar de todos sus inconvenientes, de modo que la prostitución fue tomada en la Nueva España como un mal necesario porque repercutía en el bienestar general de la nación. Por eso la reguló el Estado español y fue tolerada por la Iglesia.

Tradicionalmente, la prostitución se ha ejercido en sitios destinados a este fin, llamados “burdeles” o “prostíbulos”. Popularmente se les disfraza bajo el nombre de “Casas de Niñas”, “Casas de Irene”, “Muñecas de Satín”, etc. Estas han sido habitualmente casas regentadas por un proxeneta, en las que hay asiladas y habitaciones privadas para practicar el sexo pagado. También se practica en aceras de calles urbanas y laterales de carreteras industriales, así como en bares y discoteca, hoteles y a domicilio.

Esta fría región cuya historia relata la soledad del hombre que ha llegado a veces sin familia a trabajar en las zonas urbanas y rurales, ha ofrecido a estos seres la posibilidad de compañía femenina en distintos puntos de la región, desde los tiempos de la Colonia.

Textos de historia, así como las novelas que narran la odisea del hombre en la Patagonia, retratan en sus páginas este tema de los bares, tabernas, fondas, cantinas y burdeles, a los que concurrían los buscadores de oro de Tierra del Fuego, los loberos de los canales, los solitarios puesteros de estancia que bajaban al pueblo.

Relato de un ballenero
Uno de los primeros indicios de la prostitución en la región, está contenido en el relato de un tripulante del ballenero francés Fanny, que ingresó al estrecho de Magallanes por su boca oriental, el 10 de mayo de 1837, confirmado por la sensacional noticia contenida en el diario inédito de Santiago Dunne, antiguo secretario de la Gobernación de la Colonia de Magallanes, dado a conocer por el historiador Mateo Martinic en su trabajo “El Comercio Sexual entre las Mujeres Aónikenk y los Foráneos”.

“Al cabo de algunas horas de relación los principales jefes se embarcaron y nosotros completamos nuestro cargamento con las mujeres que encontramos más jóvenes y más alegres (o tal vez las menos feúchas según nuestro parecer) y que, en vez de resistirse se agolpaban en torno nuestro y nos invitaban por señas a que las embarcáramos. Sin embargo de estar sobrecargados, llegamos a bordo sin problemas con nuestra preciosa carga. Regalamos a estas damas con lo mejor que teníamos y procuramos hacer que su estadía fuera lo más grata posible. No nos podíamos entender más que por señas, pero el lenguaje mímico utilizado entre nosotros no era menos elocuente ni menos persuasivo que las palabras. Nuestras patagonas parecían comprender muy bien y se prestaron con la mayor complacencia a todos nuestros deseos. A la mañana siguiente, luego de haber hecho numerosos regalos a nuestras “Venus patagonas” y llenar sus bolsas de galletas, las llevamos a tierra y las condujimos a su campamento, algo alejado de la orilla. Fuimos recibidos tan bien como la tarde anterior. Los hombres se reunieron alrededor de las mujeres que conducíamos y tomaron parte del botín que ellas traían. Ellos parecían muy satisfechos de nuestro comportamiento y varios trajeron otras mujeres, animándonos para que las llevásemos con nosotros. Al cabo de varias horas de permanencia en el campamento, los cuatro botes embarcaron un nuevo cargamento femenino, ahora elegido más cuidadosamente que el primero”.

En la década de 1870, algún inmigrante que quiso retratar la actividad de bares y tabernas en la Colonia de Magallanes, en parte de unos versos, señaló: “..aonde van los loberos/ande ña Juana Mansilla/suelen andar de rodillas/aunque muy caro les cueste/por bailar con la Rosario/..o vamos aonde la Rosa/que nos hace mil amores/Pacheco con la Dolores/hay vino si traen plata”.

Los lenocinios contemporáneos
En el año 1935, llega a Magallanes procedente de Puerto Montt, el famoso artista chileno del pincel Pedro Luna y aprovecha su permanencia para pintar varias escenas regionales como Angostura Inglesa, Canal de Magallanes, Nevazón en Puerto Natales, Lanchas de Magallanes y Puerto de Magallanes. En 1936 pinta “Cabaret en Magallanes” cuadro que fue conocido posteriormente como “El baile de las enanas”. Se cree que, como el pintor era un hombre amante de la juerga y de vida disipada, frecuentó en Punta Arenas diferentes prostíbulos, registrando en uno de ellos esta escena en forma magistral.

Un estudio al respecto, publicado por nuestro Premio Nacional de Historia Mateo Martinic Beros, al respecto manifiesta:

“El cuadro muestra el salón de un burdel quizá de baja categoría, en el que destacan como figuras centrales dos parejas que bailan, en las que las mujeres son de baja estatura y claramente deformes en sus piernas, característica que se procuraba disimular o disminuir con vestidos largos.

Los otros personajes incluidos en la escena pintada, aparte del carabinero y del hombre de campo, sendos compañeros de las “enanas”, son los componentes de una “orquesta típica” (al estilo de Buenos Aires), común en la diversión social de la Punta Arenas de la época, formada por un bandoneonista, un violinista, un pianista y un baterista; también se observa un marinero borracho durmiendo sobre una mesa; otra pareja, por así decirlo normal, formada por un hombre cuya vestimenta señala su condición social media o superior, y una mujer normal; y por otras tres figuras, dos individuos gigantones, uno de los cuales se entretiene con otra mujer, al parecer también “enana”.

De esta manera, Pedro Luna, integrante calificado de la “Generación del 13”, aportó a la historia de la pintura realista en Magallanes con una obra ciertamente excepcional de descripción social, que permite introducirse en los ambientes del bajo Punta Arenas de los años de 1930”.

Pasajes de una novela
El escritor regional Ramón Díaz Eterovic, en su novela “Correr tras el viento”, dedica una de sus páginas a este tema, diciendo “A corta distancia del muelle, la casona parecía un castillo construido por un arquitecto loco, sin más formas que el azar o el deseo de acaba con la construcción que sería refugio de aventureros y hombres de negocios forjados en un golpe de suerte o en el ágil silbido de las navajas. Era la casa que todo hombre se proponía conocer y que al final de una noche de juerga le dejaba el recuerdo de unas horas vividas al amparo de hembras inolvidables. Los otros prostíbulos, los innombrados, nacían al comienzo de la calle Errázuriz y trepaban hacia el Cerro de la Cruz. Pobres y sucios, crecían de un día para otro, a pesar de las advertencias de la Sociedad Médica de Magallanes, preocupada por el avance de esas enfermedades que, con el eufemismo de sociales, acrecentaban los índices sanitarios o las crónicas de algunos periodistas que las atacaban después de pasar una noche al otro lado de sus puertas”.

En las urbes magallánicas
La historia nos informa una larga nómina de las “Casas de caramba y zamba” de las ciudades capitales de las provincias de Magallanes, Ultima Esperanza y Tierra del Fuego.

Punta Arenas: en distintos barrios de la ciudad, especialmente en las calles Errázuriz y Balmaceda, en el Cerro de la Cruz, estaban “La Chonka pobre”, “La Polaca”, “La Juanita Figueroa”, “El pasadizo o el pasillo largo”, “El 333”, “La cien metros planos”, El portón de fierro”, “La Porota”, “El Aventurero”, “El Chino”, “El cuartito azul”, “La casa de piedra”, “La Lucy”, “La Dora”, “La María Teresa”, “La María Luisa”, “La Sara”, “El Castillo”, “La Yola”, “Las Vegas” (barrio 18), “La escuela de grumetes”, “Los siete espejos”, “La traje con plumas”.

Había en el sector rural, al sur de la ciudad, algunos “entretenimientos” especialmente para los varones, comenzando por el famoso “Rancho de las cabras”, una casa antigua con corredor que todos conocían con esa denominación. Algunos decían que el nombre se lo pusieron porque los dueños poseían animales caprinos mientras otros afirman que el rótulo era porque la dueña del negocio, que además vendía licor, traía niñas de Chiloé para atender a los parroquianos.

Puerto Natales: un valioso aporte del joven historiador natalino Nelson Alvarez, menciona a esta profesión más antigua del mundo, cuando encuentra una publicación del diario El Heraldo, de Puerto Natales, del año 1917, donde se acusa al juez de Subdelegación, de haberlo sorprendido paseando en su automóvil a “niñas de dudosa reputación”. Luego aparecen algunos regentes de lenocinios en la década de 1920, en calle Bulnes abajo, como Manuel Pérez, conocido como “El sastre”, “La Berta Toro” y “La María Valenzuela Campos”. En la historia de los sangrientos hechos del año 1919, se menciona a niñas que son llamadas a declarar porque quisieron retirar sus ahorros de la Casa Braun y Blanchard, donde funcionaba la agencia del Banco de Punta Arenas, por haber escuchado en el lenocinio donde ellas trabajaban, que existía amenaza de quemar el citado edificio.

A fines de los años 20, se instala en calle Prat, Rosalía Melo Robles, dando inicio a una especie de Barrio Rojo (que funcionó hasta los años 70). De ahí, aparecen “La Cañi” (Juan Laza y Candelaria Catriao) y se deslizan los nombres de “La Ruth”, de calle Esmeralda, “El manos limpias”, de calle O’Higgins, “El Embassy”, de calle Benjamín Zamora, “El Moulin Rouge”, de calle Condell; “La Lidia Rosalía”, “El Viña del Mar”, “El Trébol”, “El Copacabana”, “El Africa 2000”, “El Dragón Rojo”, “La Magaly”, “La Picada del Diablo”, “El Rancho” y “La Diosa de la Noche”.

Porvenir: en la capital fueguina, concurrían a este tipo de lugares, tanto los buscadores de oro, como los trabajadores de estancia que cada cierto tiempo bajaban al pueblo, pero también los citadinos de cuello y corbata. Se menciona como al más antiguo al “Palermo” (de la Carmela, en calle Soto Salas, que sobrevive aún-) y en el cual atendían señoritas con elegantes trajes. Hubo ocasiones en que frente al local se instalaba un camión con rampla que servía de escenario para que estas niñas realizaran shows públicos. También estaban “El Rosedal”, de la Rosita, de calle John Williams, que fue víctima de un incendio; “El Gauchito” de la María Pin Pon; y “Los Siete Espejos”, de la Conei, de calle Justo de la Rivera.

El poeta, dramaturgo y novelista francés Víctor Hugo, dijo: “La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización; pero no la penetra todavía. Se dice que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea, y es un error. Existe todavía; sólo que no pesa ya sino sobre la mujer, y se llama prostitución”.



Famosa casa nocturna, hoy night club “María Teresa”, en el barrio Croata.


Escena que muestra el trato de los aónikenk con los foráneos en su campamento de bahía San Gregorio, según grabado incluido en el libro Historia de la Patagonia, Tierra del Fuego e Islas Malvinas.


En calle Errázuriz es famoso el “333”, antigua casa de remolienda.



Desde muy atrás en el tiempo un tramo de la calle Errázuriz en Punta Arenas ha sido identificada como un sector donde abundan los locales de vida nocturna con tintes licenciosos.


Fuente:

http://laprensaaustral.cl/cronica/historia-de-los-lenocinios-regionales-desde-los-aonikenk-a-la-casa-de-piedra/