viernes, 15 de mayo de 2020

Fotografías de esclavitud contemporánea: trata de personas, prostitución infantil y decadencia


19 de enero de 2017
Fotografías de esclavitud contemporánea: trata de personas, prostitución infantil y decadencia            
El Ciudadano







Creemos imposible que la esclavitud y la explotación sexual sean cosas que ocurren aún en nuestros días. En la antigua Roma, los esclavos eran la base de la sociedad y aún así, eran considerados cosas, peores que un animal. Pero ahora, nos decimos, nuestra sociedad avanzada, tecnológica y científica, nunca tendría ese problema. La realidad es otra.

En Europa, América, África y Asia las cosas aún parecen estar en el medioevo. Mujeres, hombres y niños desaparecen sin rastro. Los familiares esperan una señal de vida, una llamada nocturna, una carta ansiada, incluso algún vecino que sepa el destino de aquél que ha desaparecido. Los resultados casi nunca son favorables.


Niña menor de edad que es trabajadora de un bar en Camboya.


El tráfico humano es cosa de todos los días y gracias a esos seres humanos que yacen secuestrados, la sociedad tiene un flujo constante de dinero. Los esclavistas engañan  con falsas promesas de un futuro mejor. Los involucran en planes que parecen una maravilla y después de encerrarlos en bodegas, apilados, deshidratados y casi sin poder moverse, los venden al mejor postor.


Chica vietnamita menor de edad trabajadora de un bar en Camboya.

Uno de los delitos más vergonzosos de la humanidad se convierte en el mejor negocio para hombres y mujeres sumamente poderosos que, a través de mafias y la compra de poder, hacen que circulen cantidades absurdas de dinero que nunca serán para quienes trabajan por él.




Labores forzadas o explotación sexual son los principales motivos para vender humanos. Un negocio criminal internacional que cobra millones de víctimas. Las ganancias ascienden a unos 3 mil millones de dólares por año. Las víctimas no reciben un céntimo. Los más marginados son las presas más fáciles cuando aquellos que los secuestran prometen un futuro mejor.

Chicas en la calle de Pattaya, Bangkok.




No sólo se trata de trabajar gratis. Las golpizas brutales, la constante pelea por un lugar dónde dormir, falta de higiene, de servicios de salud, una condición de vida estable… nada de eso es posible. No existe vida, sólo se trata de existir y sobrevivir.





 Sreyeng de 19 años fue forzada a tener sexo con clientes y sobrevivió a un ataque con cuchillo de su padrote. No tiene ningún contacto con su familia y continúa trabajando como prostituta en la calle mientras vive en unas ruinas en el área de Phnom Penh.


Las que tienen más posibilidades se enfrentan a subastas millonarias para ser esclavas del mejor postor: un hombre gordo, millonario y pervertido que seguramente la recluirá para servicios sexuales. Otras tantas simplemente reciben un vestido de lentejuelas, tacones del número 12 y maquillaje, saben que tendrán que estar despiertas casi 24 horas y muy drogadas para sobrevivir los intensos roces y los golpes que algún desquiciado fetichista le dará.



Sreyeng de 19 años, una chica adicta a las drogas. Fue vendida por su madre cuando tenía 14 años al dueño de un bar.

Otros hombres, destinados a los peores trabajos, esperan un futuro a puerta cerrada. Probablemente sin ver la luz un día más. Su cama estará al lado de su lugar de trabajo, sus esperanzas de sobrevivir sólo aparecerán cuando ocasionalmente puedan descansar del vertiginoso trabajo en serie que los hará colocar etiquetas falsas a prendas suntuosas o simplemente pescar en estanques de sol a sombra.


Niña inmigrante ilegal proveniente de Camboya en la ciudad fronteriza de Poipet. La policía la encontró en Tailandia.

Los niños, secuestrados y casi abandonados a su suerte en medio de la calle, deben valerse de su carisma, ojos grandes y llorosos, poder de convencimiento y habilidades para causar lástima para recibir un centavo más que el niño que yace al lado, cuya función es exactamente la misma: pedir monedas o vender cualquier dulce a los transeúntes.




En Asia, este negocio fructífero y atroz, fue retratado por la fotógrafa Sandra Hoyn, quien se caracteriza por la crudeza de sus fotografías a color. Con cada serie nos cuenta tragedias distintas alrededor del mundo. Vidas que nunca quisiéramos tener pero que, con un grito interior, desearíamos parar.





Con series como la de los burdeles de Bangladesh, llamada “The Longing of the Others”, nos muestra la vida de ésas que no tienen otra opción que saldar sus deudas prostituyéndose hasta enamorar a un candidato que las saque de la miseria. Su serie de niños indios que son recluidos en orfanatos como un negocio cruel o “Los últimos Orangutanes” y “Viviendo con el volcán”, nos hablan de las problemáticas naturales a las que hoy diversas comunidades, tanto humanas como animales, están expuestas en el mundo.

En esta serie llamada “Import-Export”, en referencia a las personas que entran y salen de un país como mercancía, plantea la crisis atroz que se genera con uno de los negocios ilegales más prolíficos del mundo. “En mis travesías por Asia, conocí a muchas personas que vivían en estas circunstancias. Comencé con la primera parte del foto-ensayo en Tailandia y Camboya. Camboya es un lugar donde se envían, reciben y transitan personas que forman parte del tráfico en la subregión de Mekong”.


Pie de una prostituta vietnamita en Camboya.

Estos dos países son ampliamente conocidos por su turismo sexual. De hecho, la ANESDAV (que cuida y protege los derechos humanos y forma severa de violencia de género) asegura que el 22 % de los turistas a Camboya lo hacen por motivos sexuales. Las barreras lingüísticas se convierten en el mejor aliado para los secuestradores, quienes fácilmente las drogan, abusan de ellas y las convierten en la carnada perfecta para todos aquellos que visitan el país.




Pederastas viajan a lugares pobres o envueltos en guerras que lo único que intentan es sobrevivir por lo que, si se considera que las rentas per cápita son de 260 dólares al año y una niña virgen puede venderse en 150 dólares, no es de extrañarse que los menores sean víctimas de sus propias familias que lo único que quieren es un futuro mejor para los otros niños a los que deben mantener.

Quienes están recluidos, muchas veces sólo son forzados a trabajo doméstico pero la mayoría son esclavas sexuales. Aproximadamente un tercio de las mujeres y chicas en la prostitución de Camboya son de Vietnam, las camboyanas en cambio, son vendidas a otros países como Tailandia y Malasia para los mismos propósitos. Nadie conoce a nadie y no tienen cómo huir.

Niña de la calle pidiendo limosna frente al palacio Real, en Phnom Penh.


Fuente
http://www.elciudadano.cl/2017/01/19/352636/1fotografias-de-esclavitud-contemporanea-trata-de-personas-prostitucion-infantil-y-decadencia/






domingo, 10 de mayo de 2020

Mary Luz López, la activista de las mujeres explotadas sexualmente desaparecidas

Testimonio de prostitución

La prostitución NO es trabajo.
En la prostitución no hay consentimiento, esta vida no se desea, no se busca como objetivo, como aquel sueño tenido en la infancia. Si alguien dice que esto empodera, que es fácil, que se gana buen dinero, que es lo que quiere, miente o es enferma/o.
Basta leer esta parte de una historia de vida para que no queden dudas.
Acá la noticia





Mary Luz López, la activista de las mujeres explotadas sexualmente desaparecidas
3 May 2020 -
Colombia en Transición


Fue víctima del conflicto armado: la reclutaron, la violentaron y le desaparecieron a su esposo. Dice que la escritura la ha dignificado y la impulsó a trabajar por sus compañeras "que hoy nadie recuerda". Espera que la justicia transicional esclarezca qué sucedió con ellas.




Mary Luz López, en una de las presentaciones de su libro Alzo mi voz, en la que narra su vida en la prostitución en medio del conflicto armado.Archivo particular


Contarle la vida a una desconocida por celular no estaba dentro de los planes de Mary Luz López. "La pandemia no nos deja otra opción", le digo. Ella, después de un suspiro de resignación, responde: "Hagámosle". Le interesa que la gente conozca su historia. Que en Colombia se sepa cómo la guerra quedó inscrita en el cuerpo de decenas de mujeres que, como ella, vivieron la violencia y esclavitud sexual, la prostitución, el desplazamiento y el reclutamiento. Pero también, para esta escritora, es igual de importante relatar cómo se pasa la página del conflicto y la desigualdad. Y que después esas memorias sean útiles para dignificar a quienes no sobrevivieron, para armar el rompecabezas de la paz, para reclamar una justicia que hoy sigue distante. 

Nació en el municipio de Nariño (Antioquia) y muy pequeña, junto a su mamá, dejó su tierra. Se desplazaron por la violencia intrafamiliar. Su madre se cansó de los golpes de su esposo y arrancó con sus niños hacia la Comuna 8 de Medellín, donde vive hoy. Aunque parecía que ese hecho la alejaría de la violencia de género, fue tan solo el primero de una larga lista.

"Llegamos a una casita de madera que tenía muchos huecos, pero mamá hacía una cosa de maicena con agua y cubría las paredes con el periódico para así aislarnos del frío. Yo era muy chismosa y cuando empecé a leer, practicaba leyendo las paredes de mi casa. No veía la hora de que mi mamá cambiara las paredes improvisadas para leer otras cosas. Ese era el único acceso que tenía a la lectura. Bueno, y las casas de familia donde trabajaba como empleada doméstica, pero no los podía tocar porque eran de los ricos. Para mí, en ese momento, los libros, eran también de ellos". Desde entonces, relata Mary Luz, sentía afinidad por las letras, aunque esa verdad tardaría décadas y algunos dolores en llegar.

La estadía en Medellín duró muy poco. Luego volvió al oriente antioqueño, porque la ciudad era invivible. El mundo criminal era un vecino que sólo era separado por una reja endeble. Pensando que todo sería distinto en aquel campo tranquilo que recordaban, decidieron asentarse en La Florida, una vereda en Carmen de Viboral. Sin embargo, allí los grupos armados merodeaban y el hambre era el amo y señor de las tierras que antes eran prósperas. Una vez más se enfrentaron a la violencia: "Allá me llevó un grupo armado ilegal. Tenía 14 años. Me llevaron en medio de una reunión a la que fue gente, pensando que ellos eran los salvadores", rememora Mary Luz.

Esta mujer rubia, alta y de facciones finas dice que en esa experiencia se sintió "como un inodoro". Un comandante de escuadra y un integrante raso abusaron sexualmente de ella. Les pedía a sus agresores salir de ese lugar para abrazar a su mamá. Uno de ellos le dijo que lo haría, no sin antes aprovecharse varias veces más. Hoy prefiere no nombrar el grupo armado ni los responsables, aunque su caso está siendo investigado. Ha sido una de las pocas mujeres que han denunciado ese agresor y por eso teme de las represalias.

En el grupo armado duró tres meses: "La gente de adentro notó lo que pasaba conmigo. Me dieron $ 5.000. Me dijeron que era difícil ajusticiar a un compañero, así que me sacaron. Y me pidieron que no abriera la boca, porque ellos sabían dónde vivía mi familia". Mary Luz pensó que en el camino le iban a disparar. Sólo supo que estaba a salvo cuando se montó en una tractomula en la vía Medellín-Bogotá. Después de horas y horas de andar, llegó a su casa y su mamá casi se desmaya del susto: "Pensaba que yo estaba muerta. Cuando se dio cuenta que no, fue una alegría enorme".

La alegría duró poco. La comunidad de la vereda le pidió que se fuera, porque otro grupo armado estaba en la zona y sabía que ella "era del otro bando". Una vez más, agarró la ropa que le regalaron y volvió a Medellín, a esa ciudad hostil que ya la había expulsado una vez:  "Llegué a la famosa Comuna 13 con 15 años. Ahí tenía un conocido de la vereda. Él me dio posada en la casa. Luego terminamos juntos. Es el papá de mis hijos. Yo hoy pienso que solté los muñecos de plástico, cogí el fusil y cogí los muñecos de carne, mis niños".

La prostitución en la guerra
El papá de sus hijos era un maltratador. No respondió nunca por ellos y terminó preso por ladrón, así que ella asumió las riendas del hogar a los 20 años. Al principio trabajó en una cafetería, pero la remuneración era baja y sólo la llamaban una vez a la semana. El hambre y el desespero la llevaron a la prostitución. Cuando Mary Luz explica cómo empezó, lo hace de afán, como queriendo salir de un momento incómodo: "Eso fue muy duro. No te das cuenta cuándo estás adentro. Luego lo dejaba y cuando estaba ahogada volvía. Pero en ese primer momento estuve poco hasta que encontré otra cosa limpiando quebradas con el Instituto Mi Río".
Limpiar quebradas le parecía un trabajo digno y bien pago, pero tampoco duró mucho. En esa época— aunque también continúa hoy —la violencia afectaba la Comuna 13 y en medio de una jornada, un grupo de hombres armados encerró a los trabajadores en una cueva: "Eran milicias. Nos quitaron los machetes. Nos amenazaron. Ha sido uno de los momentos más duros que he vivido porque pensé que nos iban a matar. No lo hicieron. Eso sí, nos pidieron que enviáramos un mensaje a los patrones, que terminó devolviéndome a mi muerte, a la prostitución: que no contrataran a nadie de por ahí". Desde ese momento, Luz Mary asegura que "la guerra la subió a los zapatos de tacón".

En la Comuna 13 tuvo que vivir varias operaciones militares que, manifiesta, se hacían con la colaboración de los paramilitares. Señala que la Operación Orión, ocurrida en 2002, fue sólo un pedazo de la historia de terror y dolor que vivieron en esa loma de Medellín: "Recuerdo falsos positivos, niños que asesinaron en un parque y los uniformaron. Recuerdo helicópteros y militares, muchos militares".

Estaba tan cansada de la guerra que se fue a Doradal a seguir trabajando en la prostitución. En ese momento comprendió que la guerra no estaba focalizada, todo el país vivía el mismo infierno y al llegar supo que los paramilitares también tenían poder allí: "Usted no sabe cómo manejaban la prostitución ellos", exhala.

Mary Luz vio y vivió la violencia de los grupos armados contra las mujeres prostituidas. Muchas compañeras fueron desaparecidas, aún desconoce el número exacto. Recuerda afligida a una mujer cercana con quien trabajó y de un día para otro no se supo nada más de ella. Cuando la buscaron, su cuarto estaba revolcado. Años después ella le escribiría el poema "Te busco" y entendería que la guerra se ensañó contra las mujeres, sobre todo contra ellas, las más vulnerables:

¿Dónde quedaste peregrina? Parece que recorriste el país entero. No quería ese fin para ti...¿Querías estar acunada en brazos de mamá o seguir entre bambalinas y aplausos nocturnos? Tal vez de la cintura hacia abajo sólo veían un tazón, pero yo en todo el cuerpo veía tu corazón. Te busco en el valor que no te dieron los hombres... Te busco porque es lo correcto, porque me lo exige el alma a todo pulmón. Te busco por todas las mujeres que no tienen voz, por las vidas que han callado para siempre; según los violentos por no tener valor. Te busco porque encontrarte será encontrarme, será encontrarlo, será encontrar paz".

Cuenta que los paramilitares las obligaban a hacerse pruebas médicas y luego ellos las reclamaban. Si alguna mujer tenía un enfermedad grave, como SIDA o VIH, la desaparecían. También eran víctimas de desnudez forzada, violencia sexual, lesiones personales y "la conejeada", cuando los hombres les pedían un servicio y no les pagaban. "Una vez me obligaron a estar con una compañera. Yo no hacía ese tipo de servicios, pero me amenazaron. Nos metieron en un tanque, nos hicieron bailar a punta de pistola. Ahora puedo contar esto. Durante mucho tiempo me metía debajo de una mesa para narrar estas historias".

Esos episodios la hacen afirmar con vehemencia que la prostitución no es trabajo, como todos lo llaman: "Los cuerpos de los seres humanos no deben ser comprados, no son mercancía. Yo he estado ahí y lo he llamado "trabajo" para no sentirme mal. Pero eso solo deja un montón de heridas emocionales... ¿sabe por qué me cuesta hablar de esto? porque aún me derrito del dolor, de la vergüenza. Desde que dejé la prostitución soy feliz, soy persona. Antes sólo era una basura".

Mary Luz dice que el amor la impulsó a dejar la prostitución. Volvió a Medellín a la Comuna 8 y se enamoró de Andrés. Es el único hombre que nombra: "Esa persona, un campesino humilde, me hizo muy feliz. A pesar de que la familia le decía que no se metiera conmigo, que yo era una "puta", él se quedó y vivimos felices mucho tiempo. Tuvimos problemas porque ninguno tenía trabajo y el hambre entró por la puerta grande. Nos separamos un tiempo. Después nos seguíamos viendo, hasta el 12 de diciembre de 2008, el día que lo desaparecen".

Como miles de personas en el país, nunca supo que pasó. Andrés era mayordomo en fincas de Puerto Valdivia y sólo le dijeron que lo mataron y lo echaron al río Cauca. "Hay muchas preguntas que quedaron al aire — solloza — y nunca pude ir a buscarlo porque nos amenazaron". Durante años decidió no volver a nombrarlo, pero su cuerpo le recordaba que Andrés le dolía, que su ausencia la enfermó. Aunque intentó volver a la prostitución, no pudo: "Empecé a tener episodios de ansiedad. Pensé que me iba a enloquecer. Ahí fue cuando en 2014 me juré nunca volver a esa explotación, a buscar otras maneras, así me comieran los bancos". 

La escritura, la salvación
Dejar la prostitución fue una decisión que tomó con el apoyo de una psicóloga que la acompañó cuando declaró, casi diez años después, algunos de los hechos que había vivido: "Ella me ayudó a ocuparme de mí, ella me dijo que escribiera y eso me hizo bien. Escribí mi primer texto llamado "Años perdidos". Hice varias copias y se los dejé a mis compañeras, aunque en vano. Es muy difícil persuadirlas que dejen la prostitución. Aunque más fácil que una mosca logre salir de una telaraña".

Luego escribió, de manera muy intuitiva, un texto sobre la desaparición de Andrés. Lo leyó primero en un encuentro con víctimas. Después se lo encontró en otros espacios donde se buscaban a personas dadas por desaparecidas e incluso supo que sus palabras eran declamadas en entregas dignas.

"— Señor mar, majestuoso mar, respóndame por favor, el río me dijo que tú tienes a mi amor.
—¿Quién eres y por qué lo reclamas?
— Yo soy la mujer que más lo amó, y él es el hombre que más me amó, ¿podrías ser tan amable de  devolvérmelo? Es que si tú lo haces, volvería la felicidad a mi vida, volvería a vibrar mi corazón, ya no cuidaría tanto de mis flores, porque él estaría y no envejecería sola, él sería mi compañía.
— Mira, Mary, no te puedo devolver a Andrés. Él está en mis profundidades, y cuando llegó no tenía aliento de vida, él decidió quedarse aquí y yo lo recibí, siempre lo hago, es mi deber
—¡¡No, no!! Lo quiero, ¡dámelo!
— No puedo, Mary, por favor entiende
— ¿Me puedes hacer un favor señor mar?
— Sí claro, dime.
— Me le das el más profundo de los besos, el abrazo más fuerte que hayas dado, le dices que no se imagina cuánto lo amo y extraño y el día venidero que tú devuelvas a tus muertos, Dios me permitirá vernos, mientras tanto, cuida de él como yo lo haría. Gracias por escucharme y darme noticias de él.
— Tranquila, Mary, cuando gustes ven a mis orillas para que lo sientas cerca. Y ten presente que yo velo por él".

Mary Luz entendió rápidamente que sus palabras conmovían a los demás y también la liberaban del peso de la violencia. Que los escritos le devolvían la dignidad que en tantas ocasiones sintió perder. Que por fin, y como pocas veces, los demás se preocupaban por su existencia. Se empapó de información sobre el conflicto armado y las víctimas. Hizo un diplomado en atención psicosocial para trabajar con ellas y desde entonces no ha parado.

Primero encontró un grupo de mujeres llamado Ave Fénix y juntas crearon El refugio del Fénix: el final de una noche de agonía, un libro de relatos de siete víctimas del conflicto armado que sufrieron y resistieron a diferentes tipos de violencia. Las unió, explica Mary Luz, "la posibilidad de renacer de sus cenizas". Allí volvió a escribir sobre Andrés: "Derramaría una o mil lágrimas si tuviera una tumba donde llorarte".

Ese texto fue solo el inicio, porque después siguió trabajando con la Universidad de Antioquia y el Instituto Capaz en la creación de textos sobre la guerra. Participó, además, en la construcción de informes del Centro Nacional de Memoria Histórica, como Medellín BASTA YA y La guerra inscrita en el cuerpo, este último sobre la violencia sexual en el conflicto armado.

Sólo cuando se lanzó ese informe, Mary Luz pudo hablar de su vida en la prostitución: "Yo no hablaba de la mujer prostituta, me daba vergüenza. Era fácil reconocer mis violencias en el conflicto armado, pero hablar de ese pasado me costaba. Empecé a contar las historias con una protagonista llamada Samantha. Luego llegó la construcción del informe y solté. Conté lo que viví".

Hoy en el Museo de, Memoria Paz y Reconciliación, en Bogotá, reposan sus tacones, que le recuerdan su valentía para reconstruir su memoria y la de decenas de mujeres víctimas de violencia sexual. Antes de entregarlos exclamó: "Dicen que los zapatos de cristal solo son para princesas de libros infantiles. les presento los míos, no son de cuentos, son reales, talla 37. Cantidad de veces me los quitaron, me los admiraron, se los intentaron poner. No escogí tener estos zapatos y este oficio. De cierta manera, la guerra me volvió una mujer de cuatro letras. Como yo hay muchas mujeres que esta violencia las ha llevado a prostituirse. Cerrar el corazón y abrir las piernas es muchas veces lo que queda. Hoy me despido que creí que usaría toda la vida, de mis guerreros de cristal".

Actualmente, trabaja con el colectivo Putamente Poderosas, que ayuda a las mujeres explotadas sexualmente en la prostitución y a resignificar la palabra "puta": "Yo lo hago para hablar de las violencias que como mujeres vivimos. No desde el empoderamiento, porque no es un trabajo digno. No hay derechos, no hay reconocimiento. Y puedo asegurar que el 90% de las mujeres que lo vivió está ahí porque le toca, no por una decisión pensada y voluntaria. Pero ellas existen y no puedo juzgarlas por tener otras opciones, sino apoyarlas. Yo sé qué es estar ahí y no contar con nadie que te de un espaldarazo para elegir otros caminos".


Mary Luz trabaja con el colectivo Putamente Poderosas para resignificar el concepto de "puta".
Archivo particular




Mary Luz señala que, si bien a esas actividades les imprime su corazón, su proyecto más importante está con la justicia transicional. Hoy está trabajando arduamente, con otras compañeras e investigadoras, para reunir casos y memorias sobre la victimización de las mujeres prostituidas en el conflicto armado y entregarle esa información a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas y la Comisión de la Verdad: "Yo empecé a hablar de mi marido, pero él impulso para hablar de esas compañeras que hoy nadie recuerda, nadie reclama y a nadie le importan. No quiero que sus historias queden sin repuestas".

El año pasado participó en el encuentro de la Comisión llamado Mi cuerpo dice la verdad, con otras víctimas de violencia sexual, y en otros espacios de procesos de búsqueda. Ha sido guía para quienes buscan esclarecer qué sucedió y por qué. Sin embargo, por la pandemia, sus reuniones con estas entidades están postergadas, pero eso no detiene su compromiso de reivindicar a sus compañeras y encontrar a su esposo.

Su voz se une a la de decenas de mujeres y organizaciones, quienes le han reclamado a la JEP, desde su creación, que se abra un macrocaso para investigar los delitos de violencia sexual. Los estudios sobre los efectos del conflicto armado han demostrado una verdad ineludible: el paso de la guerra por el territorio causó afectaciones particulares y diferenciadas en las mujeres en relación con aquellas sufridas por los hombres. Tanto Mary Luz como las demás quieren que el país conozca sus historias y esas victimizaciones.

Por ahora sigue en Medellín y abre las puertas de su casa para enseñarles a los niños y niñas de su comuna a escribir y a leer: "No quiero que terminen como los de aquí, metidos en malos pasos. Con ellos quiero empezar el cambio". Eso le ha traído problemas, amenazas y hostigamientos. Aún así, seguirá con su liderazgo y con su proyecto de escritura, que inició con su primera publicación "Alzo mi voz", en el que narra con más detalle sus historias y decisiones. Ahora su fe está puesta en que crezca: "Estoy escribiendo mi novela autobiográfica. confío en que lo que escribo es honesto, potente. Y quizá yo no sé de prosa, soneto, versos, pero sí de la vida. Y para eso no se necesita estudio, sólo vivirla".


Fuente:

Nota: las imágenes están en la nota original









Un proxeneta: «Te mando ganado nuevo»



Para proxenetas tratantes las niñas y mujeres que prostituyen son simple mercadería vendible, para el putero apenas un objeto para obtener su satisfacción.  Es "ganado", para ellos son animales que se deben amaestrar con látigo y premio, someter hasta lo más abyecto porque cuánto más bajo mayor es el precio.
La reglamentación no frena esto, al contrario, le da protección legal, todo daño se convierte en gaje del oficio.
Dirán: puede haber prostitución sin proxeneta tratante, lo que es difícil porque nadie va a querer renunciar tranquilamente a ganancias elevadas sin mayor costo y siempre quedará la violencia del putero.
La prostitución no es un "trabajo más" ni siquiera es trabajo. La prostitución daña, mata.
Ahora comparto la noticia



Un proxeneta: «Te mando ganado nuevo»

Miles de mujeres siguen confinadas y explotadas en pisos de alterne a merced de sus «dueños». El consumo de sexo de pago no ha cesado; la Policía ha desmantelado dos redes en una semana
Cruz Morcillo
Madrid 16/04/2020

A las once de la mañana del Martes Santo, un hombre llamó al teléfono contra la trata de la Policía Nacional. «Conozco a una mujer que está encerrada en un piso de Estepona donde la obligan a prostituirse». A las siete de la tarde, la pareja que regentaba el prostíbulo clandestino ya estaba engrilletada: un español y una paraguaya. Los agentes liberaron a tres mujeres de esa nacionalidad. La víctima que alertó de su encierro había acabado allí por una oferta de trabajo para cuidar niños. Desde enero, ella y sus compañeras apenas habían podido pisar la calle dos veces, una para comprar droga con un cliente.

Es la última operación contra la trata de seres humanos con fines de explotación sexual y confirma lo que se sospechaba: los puteros burlan como pueden el estado de alarma. La mayoría de grandes prostíbulos han cerrado, pero miles de mujeres siguen confinadas en pisos de alterne, obligadas a trabajar las 24 horas, como las víctimas paraguayas, y en peores condiciones que antes. Las deudas con los proxenetas se acumulan y algunas no tienen ni para comer. La «diaria», lo que deben entregar, no se perdona.

La pareja de Estepona se distribuía las tareas: ella concertaba las citas sexuales con los clientes y su marido los surtía de drogas. Las víctimas, según contaron a los agentes, tenían que entregarles la mitad de lo que cobraban y estaban controladas día y noche. La pareja detenida llevaba un exhaustivo control de los pagos en cuatro agendas que fueron intervenidas.

Desde que empezó el estado de alarma la Policía Nacional ha recibido 141 comunicaciones sobre hechos relacionados con trata, que han activado quince investigaciones, una de ellas la de Málaga. Dentro del Plan contra la trata de seres humanos con fines de explotación sexual, la Policía cuenta con el teléfono 900 10 50 90 (anónimo y que no deja rastro en la factura), y el correo electrónico trata@policia.es.



Denuncias anónimas
«Creíamos que los ciudadanos iban a colaborar menos, pero no ha sido así. Nos llaman cuando saben que hay una casa de citas cerca o en su bloque o si detectan anuncios en páginas», explica el inspector jefe José Nieto, jefe de servicio operativo en la Ucrif Central.

Nieto, uno de los mayores expertos en este tráfico de personas, cuenta que se han complicado las vigilancias porque igual que se alerta de pisos clandestinos también se avisa si hay dos personas en un coche de paisano. «Hay compañeros a los que han ido a identificar policías locales sin saberlo, claro».

Advierte de la situación extrema en la que han quedado muchas de estas mujeres. «Se están dando casos en los que las ONG tienen que llevarles comida o productos básicos, como pueden». «Estamos volviendo a una situación tercermundista con mujeres hacinadas en pisos obligadas a pagar la deuda y, por supuesto, con puteros que las reclaman», dice Rocío Nieto, presidenta de la asociación Apramp, que lleva años rescatando a estas víctimas y buscándoles una salida laboral.

Prostitución en los invernaderos
El estado de alarma no amilana a los proxenetas. El mismo día que se declaró un avión aterrizó en Madrid con una veintena de mujeres colombianas traídas para usarlas como mercancía. La Policía llevaba meses detrás de esa organización que tenía varios pisos de prostitución en Jaén. «Te mando ganado nuevo», le dijo uno de los proxenetas a otro miembro del grupo. Esa nueva remesa unida a la denuncia de secuestro presentada en Colombia por unos familiares precipitó la operación. Al entrar, los agentes descubrieron que había una menor. A las de veintipico las llamaban «viejitas». Fueron detenidos siete individuos y liberadas doce víctimas.

«Es inexplicable pero los victimarios (clientes) utilizan cualquier pretexto: desde sacar al perro hasta ir a trabajar a los campos de Almería y solicitar mujeres en los invernaderos», dice Rocío Mora, directora de Apramp. En Madrid cuentan con una unidad móvil que identifica puntos de explotación ocultos y mantienen comunicación como pueden con las víctimas. Muchas no sabían lo que era el Covid-19; otras tenían síntomas y algunas han desaparecido. «Están sometidas a más violencia, más presión y más aislamiento que nunca», asegura.

Las supervivientes cosen mascarillas
Uno de los talleres de empleo de Apramp, dedicada a combatir la explotación sexual y la trata de seres humanos, es el de costura, que ha colaborado con diseñadores de moda y se ha convertido en una salida laboral para víctimas arrancadas de las redes de prostitución. Con el estado de alarma, el taller se ha reconvertido y en él catorce mujeres trabajan a pleno rendimiento cosiendo mascarillas y batas para sanitarios. Ya han entregado partidas de 8.000 prendas para residencias de ancianos y para que las reparta la Comunidad de Madrid. Tienen en marcha otra de 5.000.

Fuente







jueves, 16 de abril de 2020

Flora Tristán: una abolo


Flora Tristán: una abolo
09/04/2020

AUTORA
Esther Santiago Garcia

Educadora social terminando máster de Estudios de mujeres, género y ciudadanía. Escribo sobre desigualdad, género, política, educación, salud y sexualidad.




Si Flora Tristán hubiera vivido en nuestro tiempo y hubiera acudido a manifestarse en Madrid el 8M por los derechos de las mujeres trabajadoras, las parias entre las parias, hubiera sido agredida, porque de seguro habría ido con el bloque abolicionista.

Y es que encontramos en Flora Tristán a una de las primeras «abolos», como han dado en llamarnos el lobby proxeneta y sus secuaces a quienes nos oponemos a la comercialización de la sexualidad de las mujeres más vulnerables. Indagando en su obra, Paseos por Londres, publicada por la autora en 1839, encontramos un capítulo destinado a las «Mujeres Públicas». En él, la escritora feminista francesa comparte los resultados de su investigación de la prostitución en la capital inglesa en un ejercicio vanguardista que podemos encuadrar como periodismo de investigación, aunque tal concepto no nacería hasta 1885, de la mano del periodista William Thomas Stead, quien investigó la prostitución infantil, también en Inglaterra. ¿Pudo este último inspirarse en la obra de Flora Tristán? No deberíamos descartarlo.






Para llevar a cabo su investigación, Flora Tristán viajó a Londres, recorrió las calles en las que se concentraban los prostíbulos, en un barrio al que se llegaba cruzando el puente de Waterloo, acompañada de dos amigos armados con bastones. Habitó los finishes, que hoy conocemos como bares de alterne, durante noches enteras, observando atentamente su funcionamiento, sus normas no escritas, la manera en la que progresaban las conductas de los hombres, desinhibidos por el alcohol, su trato degradante con las mujeres prostituidas… Tristán tampoco dejó de consultar las fuentes más rigurosas existentes en el momento con cifras aproximadas  a la cantidad de mujeres prostituidas en la ciudad (aún hoy no existen cifras exactas sobre las mujeres que se encuentran prostituidas).

La voz de Tristán está presente en todo momento a lo largo del capítulo, sin intentar pasar por falsa neutralidad. Al contrario, su compromiso con la igualdad y la justicia se imprimen en cada palabra, y ella nos lleva de la mano de tal manera que nos parece recorrer Londres junto a ella.

En la primera parte del capítulo, Tristán reflexiona sobre los elementos que originan y sostienen la prostitución como institución, así como de los efectos que esta tiene en la sociedad en su conjunto. La escritora no duda en señalar la «desigual repartición de los bienes de este mundo» como causa primera de la prostitución. Airadamente, Tristán increpa al poder patriarcal como causante de la prostitución de las mujeres con la fuerza de tres olas feministas:

Sí, si no se hubiese impuesto a la mujer la castidad por virtud sin que el hombre a ello fuese obligado, ella no sería rechazada de la sociedad por haber accedido a los sentimientos de su corazón, y la mujer seducida, engañada y abandonada no estaría reducida a prostituirse. Sí, si vos la admitieseis a recibir la misma educación, a ejercer los mismos empleos y profesiones que el hombre, ella no sería más frecuentemente que él propensa a la miseria. Si vos no la expusieseis a todos los abusos de la fuerza, por el despotismo del poder paterno y la indisolubilidad del matrimonio, ella no estaría jamás colocada en la alternativa de sufrir la opresión y la infamia.

Es fascinante cómo la escritora feminista aúna las luchas de las tres olas feministas en un solo párrafo. Por un lado, Tristán se hace eco de la reivindicación de derechos ciudadanos elementales, que permitiesen a las mujeres elegir su propio destino, propia de la primera ola. Por otro lado, aboga por los derechos laborales de las mujeres, para que no fueran más propensas a la miseria que ellos, lo cual entronca con una de las grandes luchas de la segunda ola. Finalmente, critica el doble estándar sexual, como también hicieron las feministas radicales en EEUU en la tercera ola.

Pero, además, Tristán liga el doble estándar sexual a la pervivencia de la prostitución de una manera que conviene analizar. En el Londres victoriano, la virginidad era el pasaje de las mujeres a una vida digna, que no podía ser otra que la vida de una esposa (mejor si era de clase alta). Si perdían ese pasaje, los destinos a los que podía acceder no resultaban nada alentadores, quedando condenadas a la pobreza y, muy probablemente, a la prostitución.

El camino que conduce a las mujeres pobres a la prostitución también es señalado por Tristán: «Y cuando es torturada por la miseria, cuando ve el goce de todos los bienes alrededor de los hombres, ¿el arte de gustar, en el cual ha sido educada no la conduce inevitablemente a la prostitución?». La socialización de las mujeres desde la infancia, que atrofia su independencia e iniciativa autónoma e hipertrofia su dependencia de otros y su búsqueda de agrado (sobre todo de agrado varonil) las empuja hacia la prostitución, es decir, a satisfacer los deseos masculinos para lograr el sustento.

Se trata de un análisis brillante que comienza a perfilar lo que actualmente se conoce como patriarcado del consentimiento, término acuñado por la filósofa feminista Ana de Miguel. En la prostitución también opera el patriarcado del consentimiento, en el sentido de que la sociedad patriarcal educa a las niñas desde pequeñas para gustar, para satisfacer a los varones, como explica Tristán, por lo que, en una sociedad capitalista desigual, las mujeres se verán empujadas a hacer de este mandato social una manera de sobrevivir. Solo desde el desconocimiento o desde la maldad se puede llamar a esto «libertad de decisión».





Aún más, Tristán plantea que, mientras las mujeres no puedan obtener el goce de los bienes sino por la influencia que ejerzan en los varones, la prostitución solo podrá crecer.

Al extrapolar esta afirmación a nuestras sociedades formalmente igualitarias en las que, sin embargo, la prostitución no deja de crecer, se nos aparece claramente la conexión entre prostitución y trata: las mujeres de estas sociedades formalmente igualitarias encuentran más facilidades para acceder al goce de bienes sin tener que satisfacer sexualmente a los varones, pero los varones no han renunciado a su «derecho de pernada democrático», como lo llama Ana de Miguel, por lo que se exporta a mujeres de países empobrecidos que siguen estando en la situación de las mujeres sobre las que escribió Tristán en el siglo XIX.

En la segunda parte del capítulo, Tristán nos conduce por las calles del barrio de Waterloo-road, introduciéndonos en la vida cotidiana de las mujeres prostituidas, que permanecían junto a sus prostituidores (descritos por la autora como hombres jóvenes, guapos y fuertes, pero de aire común y grosero) en los prostíbulos hasta las ocho de la noche, momento en que se dirigían en bandas al West-end de la ciudad para captar «clientes» a la salida de los teatros y otros espacios de ocio. Era tras captar a su «cliente» cuando se dirigían a los finishes, descritos por Tristán como «innobles cabarets o vastas y suntuosas tabernas a donde se van para terminar la noche«.

Si Flora Tristán hubiera vivido en nuestro tiempo y hubiera acudido a manifestarse en Madrid el 8M por los derechos de las mujeres trabajadoras, las parias entre las parias, hubiera sido agredida, porque de seguro habría ido con el bloque abolicionista.

Como buena investigadora motivada por su afán de conocer de primera mano la realidad, Tristán pasó una noche en uno de estos finishes, acompañada por los mismos amigos que la secundaron por las calles de Waterloo-road. En primer lugar, la investigadora resalta la clandestinidad de estos lugares, que vistos desde afuera parecen una casa más.

Tristán encierra en pocas palabras la esencia de estos establecimientos: “¡Los finishes son los templos que el materialismo inglés eleva a sus dioses! Los domésticos que les sirven están elegantemente vestidos, los industriales propietarios del establecimiento saludan humildemente a los convidados que vienen a cambiar su oro por la orgía”.

Como vemos, entonces como ahora, todo un entramado comercial se sostiene sobre la prostitución de mujeres, por lo que no es de extrañar la fuerza del lobby para validar su existencia alterando el orden simbólico.

La escritora observa la transformación de «nobles señores ingleses» bajo los efectos del alcohol, y critica el trato que dispensaban a las mujeres y la terrible manera de dilapidar la fortuna que habían obtenido mediante el trabajo del proletariado. Las anotaciones de la autora merecen ser reproducidas tal cual:

En los finishes hay toda clase de entretenimientos. Uno de los más gustados es el de emborrachar a una mujer hasta que caiga muerta de ebriedad; entonces se le hace probar vinagre en el cual mostaza y pimienta han sido arrojados; este brebaje le da casi siempre horribles convulsiones y los sobresaltos y las contorsiones de esta desgraciada provocan las risas y divierten infinitamente a la honorable sociedad. Una diversión también muy apreciada en esas elegantes reuniones, es la de arrojar sobre las muchachas que yacen muertas de ebriedad sobre el piso un vaso de no importa qué.

No es para nada casual que humillar a las mujeres fuera la práctica estrella en la prostitución del siglo XIX, ni que lo siga siendo ahora, tanto en la prostitución de calle como en la filmada (pornografía). Al fin y al cabo, el putero está accediendo a la dominación de una mujer que no lo desea, pero tiene que ejecutar aquellas prácticas que él reclame si quiere el dinero que él tiene y del que ella carece. La misoginia que los hombres reprimen porque la sociedad o la legislación los rechazaría es proyectada con total impunidad sobre las mujeres prostituidas.

Nos ha impresionado otro aspecto de la prostitución que prevalece a través del tiempo: lo que la activista superviviente de trata y prostitución Amelia Tiganus llama «el tiempo de vida útil de una prostituta». Tanto en el siglo XIX como en el XXI este es de aproximadamente tres años. Citando a Tristán: «Lo quiera o no, la prostituta está obligada a beber alcohol. ¡Qué temperamento podría resistir los continuos excesos! Así tres o cuatro años es el período de existencia de la mitad de las prostitutas de Londres«.




En ambos casos, las mujeres prostituidas están expuestas a drogas para sobrellevar su situación, a enfermedades, tanto de transmisión sexual como de otros tipos, así como a la violencia de los puteros y proxenetas. Actualmente, a los tres años una mujer prostituida está ya demasiado quemada, y si no ha sido asesinada antes, la dejan ir para reemplazarla por la imparable llegada de mujeres de países empobrecidos, convertidas en mercancía.

En la tercera parte del artículo, Tristán se acerca a las fuentes más rigurosas de que se disponía en aquel momento para conocer una aproximación al número de mujeres prostituidas en Londres, su expectativa de vida, el número de defunciones totales al año y las estratagemas de las redes de trata. Para ello recurre al estudio del doctor Michael Ryan, Prostitución en Londres, que reúne los informes de la Sociedad por la Supresión del Vicio, los de la Policía Metropolitana y los de la Sociedad de Londres para Prevenir la Prostitución de la Infancia. Los datos que cita finalmente Tristán son demoledores: «existe en Londres de 80 a 100,000 mujeres públicas, cuya mitad -otros afirman que las dos terceras partes- están por debajo de los veinte años«.



Con respecto a la mortalidad de las mujeres prostituidas, los datos recopilados en el informe elaborado por Ryan no son menos duros:



Clarke, el último Chamberlain de la ciudad de Londres, evalúa en cuatro años la vida de la prostituta, otros la evalúan en siete años, mientras que la sociedad «para prevenir la prostitución de la juventud» estima que en Londres la mortalidad anual de las mujeres públicas es de ocho mil.

En un intento de aproximarse a las dimensiones de las redes de trata, Tristán vuelve a referenciar los datos del estudio Prostitución en Londres:

Ryan evalúa que en Londres hay cinco mil individuos, hombres o mujeres empleados en proveer de mujeres a las casas de perversión, y cuatrocientos o quinientos que él designa bajo el nombre de «trapanners» ocupados en tender redes a las muchachas de diez a doce años para atraerlas de «grado» o por «fuerza» a estas espantosas cavernas. El evalúa que 400,000 personas están implicadas, directa o indirectamente, en la prostitución, y que 8,000,000 de libras esterlinas (400,000.000 de francos) son anualmente gastados en Londres en este vicio.

Pero la investigadora no se limita a referir datos numéricos, y se interesa por las estrategias que adoptan los y las trapanners para captar y retener niñas y jóvenes para la prostitución.

A la hora de captar víctimas las estrategias eran tan variadas como los espacios en los que hacerlo. Entre estos espacios Tristán incluye espacios de comercio y ocio, como arrabales, bazares, parques y teatros, pero también casas de trabajo y establecimientos penitenciarios, donde las jóvenes más precarias quedan expuestas a sus redes.

Tristán muestra las argucias de proxenetas dedicados, asimismo, a los mercados de esclavos del West End, quienes a menudo son enviados a diversas ciudades y aldeas del continente europeo (Holanda, Bélgica, Francia e Italia) para captar chicas jóvenes mediante el engaño a sus familias, que creen estar ocupándolas en un trabajo digno, como bordadoras, modistas, lenceras, músicas, damas de compañía o domésticas. A veces llegan hasta a dar adelantos a los padres, y cuando se han procurado un cierto número de muchachas, regresan a Londres. En palabras de la autora:

Una suma de dinero es dejada a los padres, como garantía para la ejecución del compromiso. Algunas veces está aún estipulado que una parte determinada de los salarios de sus hijas les será enviada todos los trimestres. (…) Y mientras ellas se quedan en el establecimiento que les ha hecho venir, la parte de los salarios prometida es exactamente enviada a los padres, que sin sospechar reciben así los socorros de la prostitución de sus hijas. Cuando ellas dejan la casa, se escribe cartas a sus padres para informarles que sus hijas han dejado su oficio. En consecuencia, las remesas de dinero cesan, pero no se olvidan de decirles que están muy contentas de haber encontrado otra posición no menos respetable para sus hijas y que están muy bien.



Otra estrategia de captación consistía en enviar chicas de dieciocho años a recorrer las calles, tanto de día como de noche, para atraer a otras de su edad o más jóvenes a los proxenetas, lo cual lograban ofreciéndoles que las acompañen a dar un paseo, a visitar a un familiar enfermo, al teatro… o incluso un empleo decente. Tristán, citando a Talbot, añade que muchas chicas son sustraídas por este método incluso en los colegios, a la vista de un profesorado que no sospecha de los alcances de las redes de los proxenetas.




A la hora de retener a las captadas en los prostíbulos, Tristán da cuenta de una práctica consistente en despojar a las jóvenes de su ropa y cambiársela por «trajes rutilantes que han formado el vestuario de las mujeres ricas y que los ropavejeros proporcionan«. Si las jóvenes intentasen escapar o quedarse más dinero del convenido con el proxeneta, las personas encargadas de vigilarlas día y noche las atraparían y las llevarían de vuelta al prostíbulo, donde se las desnudaría y se las dejaría así durante todo el día, sin poder comer y sufriendo la humillación y el frío. Llegada la noche, relata Tristán, las mujeres podrían volver a vestirse y se las mandaría a «hacer la calle». Si no llevasen suficientes hombres al prostíbulo, serían severamente castigadas.

Esta práctica nos recuerda a la que se mantiene actualmente en los prostíbulos, donde se cobra a las mujeres a precios desorbitantes la estancia que ocupa, los preservativos que usa, la comida que come, la ropa, el servicio de lavandería, el de peluquería… toda una serie de gastos que no hacen más que aumentar una deuda con los proxenetas (al hablar de proxenetas no referimos a todas aquellas personas que obtienen dinero de la prostitución ajena, con lo que incluimos a quienes regentan prostíbulos donde las mujeres trabajan «voluntariamente», entre otras). De esta manera, los proxenetas se aseguran la sujeción de las mujeres y que permanezcan en situación de prostitución.

Luchar contra las redes de trata era muy difícil en aquellos momentos, pues las penas de cárcel eran irrisorias, y los legisladores hacían la vista gorda. No debe extrañarnos, dada la ingente cantidad de dinero que movía este negocio criminal en Londres (8.000.000 de libras esterlinas anuales aproximadamente, como vimos), y dada la multiplicidad de los agentes beneficiados económicamente (rentantes de los prostíbulos y habitaciones, finishes, Gin-palaces…).

Aún hoy la situación se mantiene muy parecida: los proxenetas se aprovechan de la laxitud del Estado, que prefiere mirar para otro lado y dejar vacíos legales. Además, múltiples agentes se lucran con la prostitución, que mueve millones de euros al día. En este sentido, el Estado, como denuncia Amelia Tiganus, también es proxeneta.



Por último, Tristán da cuenta de las instituciones que existían en aquellos momentos para ayudar a las mujeres prostituidas a dejar atrás la prostitución y acceder a un trabajo digno. ¡Solo cinco instituciones, con capacidad para ayudar a quinientas mujeres! Se lamentaba la feminista, consciente de lo insuficiente del esfuerzo y de todas las mujeres que quedaban fuera, sin posibilidad de ayuda. De todas las instituciones, comenta, solo una se centraba en la prevención de la prostitución desde la niñez, y, por cuenta de una legislación laxa, solo podía suponer una débil limitación del crimen.



Por ello, para la escritora francesa no habría solución posible hasta que las leyes fueran contundentes contra los proxenetas, ya que en aquellos momentos existían penas más duras para las mujeres que se atrevieran a vender fruta a pie de calle, sin licencia, que, para los proxenetas, que eran recibidos en la cárcel por amistades y que salían muy rápidamente de ella, y eso si llegaban a entrar.

Pero en este capítulo, Tristán no solo aboga por el establecimiento de leyes más duras contra el proxenetismo, sino que, como buena socialista, predica sobre la importancia de superar la desigualdad social que condena a la clase trabajadora a una vida miserable, y, como buena feminista, ataca el doble estándar sexual que penaliza la sexualidad de las mujeres, pero no la de los hombres, así como la prohibición del acceso a igual formación y empleo para mujeres y hombres. Además, Tristán hila tan fino que ya apunta a la ley del agrado que, unida a la dependencia material de las mujeres respecto a los hombres, empuja a las más empobrecidas hacia la prostitución.

Concluyendo, si a todo lo anterior le añadimos que la pensadora francesa jamás acusa ni pretende reprimir a las mujeres prostituidas, sino a sus prostituidores y al sistema prostitucional en su conjunto, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Flora Tristán, una de las pioneras feministas y socialistas, cuyos escritos inspiraron a figuras destacadas del feminismo y formaron parte de la biblioteca personal de Marx, fue una «abolo». Probablemente, por tanto, hoy aguantaría el ataque violento de los infiltrados que pretenden destruir el feminismo desde dentro, así como el silencio cómplice de un Ministerio de Igualdad que prefiere homenajear a proxenetas como Carmen de Mairena y correr un tupido velo sobre la memoria de nuestras auténticas referentes.

Fuente


Nota: las imágenes están en el original


viernes, 3 de abril de 2020

“Siempre odié ese día porque llegaban más hombres”

Testimonio de prostitución


Esta es una historia conmovedora y repetida, es la de miles de niñas que son captadas por distintas modalidades, la mayoría de ellas sin una violencia directa y evidente. En la edad del desarrollo del cuerpo y la personalidad son quebradas, sus sueños y proyectos aniquilados, la confianza en el otro es suplantada por el sometimiento.
Ellas terminan por aferrarse a ese otro, que aunque su verdugo, es el cercano, y a esa vida pues no tienen otras posibilidades y si las tienen no son capaces de verlas. Ellas como autoprotección, como un modo de retener una identidad, se reconocen entonces putas, prostitutas y más tarde “trabajadoras sexuales”. Distintos nombres para llamar a las mismas escenas trágicas que se repiten noche a noche sobre y en su cuerpo.
Algunas, como Karla, logran salvarse, otras morirán en el camino o envejecerán en los prostíbulos de las afueras, por un plato de comida.
Mientras los puteros-prostituidores pagan y se satisfacen en esos cuerpos de niñas, de jóvenes, ancianas, de mujeres embarazadas, de discapacitadas. A ellos no les importa el verdadero nombre porque no les interesa saber que tienen historia ni por qué están ahí, les basta con tener “un buen servicio”. Aunque las vean con grilletes, aún sabiendo que son víctimas, nada harán ni dirán, ellos no son salvadores, ellos pagan gozan y se van, ellas están ahí “porque quieren” “porque disfrutan” “porque ganan mucho dinero de manera fácil”…
Quienes dicen que la prostitución empodera, que dignifica, que es un trabajo como cualquier otro, abiertamente mienten. Las sobrevivientes de prostitución así lo gritan.
Alberto B Ilieff


 “Siempre odié ese día porque llegaban más hombres”: La explotación sexual aumenta el 14 de febrero

Karla tenía 12 años cuando comenzaron a prostituirla: en San Valentín algunos clientes le confesaban su amor y regalaban flores.
Por Roger Vela
14 Febrero 2019

Artículo publicado por VICE México

Karla tenía 12 años cuando comenzaron a prostituirla. Mientras las niñas de su edad ingresaban a primero de secundaria ilusionadas por conocer nuevos amigos, ella era forzada a satisfacer sexualmente a 30 hombres por día. Para cumplir la cuota diaria que su padrote le exigía para no golpearla, debía someterse a todas las felaciones y posiciones sexuales que sujetos desconocidos le pedían. Para ella no eran clientes, eran violadores. Cuando fue rescatada, cuatro años después, había sido violada más de 43 mil veces. Pero aunque todos los días eran un infierno, algunos eran peores: uno de esos era el 14 de febrero.

Todo comenzó a las afueras del metro Pino Suárez. Como no le gustaba estar en su casa por los maltratos que recibía, se juntaba los fines de semana con otros muchachos en una de las plazas que están por ahí. Casi todos patinaban; a ella le gustaba más el estilo dark. Ahí pasaba buena parte de la tarde para escapar de los golpes de su madre, mirando cómo realizaban trucos en la patineta. Un día sus amigos la dejaron plantada. Los esperó un buen rato pero no llegaron. En cambio llegó Gerardo, un joven diez años mayor que ella. Le hizo la plática y le invitó un helado cerca de la Alameda.

Para ganarse la confianza de Karla, Gerardo le contó todo el sufrimiento que había pasado con su familia. Le dijo que desde niño fue maltratado, que dejó de estudiar para ayudar en su casa, que su padre golpeaba a su mamá. Casi de inmediato Karla hizo match con él. Ese mismo día la invitó a conocer Puebla pero ella no quiso. Una semana después se volvieron a ver, esa vez Gerardo le dio un oso de peluche y una caja de chocolates, un regalo que Karla nunca había recibido. Al otro día se fueron a Puebla. Cuando llegó a su casa, su madre la corrió por llegar de madrugada, así que decidió irse a vivir con él.

Después de tres meses de muestras de amor, cariño y afecto, comenzó el horror. Gerardo le aviso que ahora debía de trabajar y que él sería su padrote. A los 12 años, Karla no entendía ni siquiera lo que significaba esa palabra. “Son los que cuidan a las chicas sexo servidoras. Pero no te preocupes, tú vas a ser mi princesa, me voy a casar contigo y vamos a tener una familia”, le dijo. Después le explicó a detalle cómo debía de trabajar: las posiciones, el tiempo que dura el servicio, cuánto se cobra y hasta cómo poner un condón.

Como su cuerpo apenas comenzaba a desarrollarse aparentaba menos edad, por lo que el dueño del primer hotel al que la llevaron para trabajar la rechazó. Pero esa carencia de masa muscular se convirtió en el fetiche ideal para los clientes de una casa de citas en Guadalajara. Inluso llegó a trabajar en tres ciudades: Puebla, Irapuato y Guadalajara.


Entre viernes y sábado cumplía una jornada de 44 horas de
trabajo sexual con sólo cuatro horas para
dormir. Era una explotación corporal inhumana de 10 de la mañana a 6 de la mañana del día siguiente. Por cada servicio sexual cobraba 150 pesos, y debía de juntar 5 mil pesos al final del día. Terminaba tan cansada que sentía que moría cuando llegaba a casa. Al otro día la misma rutina, con el cuerpo completamente adolorido.

En donde mejor le iba era en Irapuato porque llegaban muchos gringos de la zona industrial a buscar chicas con su complexión, además pagaban en dólares. Por eso en “días buenos”, como navidad o el 14 de febrero, la mandaban a Irapuato para que generara más dinero. Ella los atendía con asco.

Si ya odiaba los fines por las cargas de trabajo, el día del amor y la amistad era una tortura. No sabe cuál de los cuatro días de San Valentín que pasó esclavizada fue el que más clientes tuvo. Prefería no contarlos. Lo que sí sabe es que ese día, cada 14 de febrero, llegaban muchos más clientes de lo normal para tener relaciones sexuales con ella. Desde temprano decenas de hombres hacían lo que querían con su cuerpo a cambio de pagar lo equivalente a una pizza sencilla. Eso sí, como era el día del amor y la amistad, le regalaban juguetes, peluches y chocolates, como si esa niña menor de 15 años fuera su novia.

No era la única. A sus otras compañeras también les regalaban cosas, quizá para compensar de alguna forma el abuso al que las sometían. Con el paso de las horas, la silla donde dejaba su cambio de ropa comenzaba a llenarse de ositos, conejitos, globos, dulces y rosas. Su lugar de trabajo se adornaba con detalles, a diferencia de los otros 364 días en los que permanecía vacío. Era como un salón de clases en día de intercambio. Pero no tenían tiempo de disfrutarlos. No podían perder el tiempo en un día en el que los padrotes les llegaban a cobrar hasta el doble de la cuota diaria.

Karla, además, no podía llegar con regalitos a su casa. No porque Gerardo le pegara, eso lo hacía todos los días hasta con palos, sino porque le pegaba más fuerte y ella no quería darle pretextos para una golpiza. Por eso los peluches y chocolates se los regalaba a los niños de la calle. Las rosas las tiraba.

El 14 de febrero, la mayoría de clientes la trataban como si fueran su pareja. Algunos le preparaban algo especial como música o le daban lencería para que la usara durante los minutos que duraba el servicio. Todos esos detalles y el juego de aparentar ser su novia se le hacían bastante estúpidos. A ella sólo le importaba que le pagarán bien, para tener el dinero suficiente y así lograr que su padrote estuviera en paz y no la golpeara. Tenía suficiente con el maltrato que sufrían sus genitales en uno de los días más complicados del año.

Algunos de los sujetos que solicitaban su servicio le contaban que preferían pagarle a ella que estar son su esposa. “Es que mi vieja ya no es atractiva, ya no se arregla ni se pone minifaldas como tú y en lo sexual puedo hacer más cosas contigo que con ella y pues para no engañarla con otra persona pues me desquito contigo”, le decían. La mayoría de hombres que atendía estaban tristes y ahí se desahogaban. Algunos lloraban. Incluso pagaban por estar con ella más tiempo con tal de ser escuchados. Karla fingía interesarse en lo que le contaban y así obtener más dinero.

En San Valentín algunos clientes le confesaron su amor y le pidieron formalmente que fuera su novia. Otros le ofrecieron pagarle una fuerte suma de dinero por estar con ellos todo el día festejando el 14 de febrero y presentarla ante su familia como su pareja. Hasta le llegaron a comprar ropa que no llamara la atención y enseñarle fotos de sus padres o hermanos para animarla a fingir durante unas horas. Nunca pudo hacerlo porque tenía prohibido salir con los clientes más allá del hotel.


Así que pasaba el día del amor fingiendo amor con uno, otro y otro hombre, encerrada entre cuatro paredes, haciendo lo imposible para cumplir la cuota. A diferencia de otras adolescentes que se mandaban cartitas con sus novios o que se emocionaban por pasar esa fecha con el chico que les gustaba, ella sufría esclavitud sexual durante todo el día. En varias ocasiones fue golpeada por los hombres que pagaban sus servicios. Luego se embarazó de Gerardo y la obligó a trabajar hasta los ocho meses de gestación.
Irónicamente, uno de sus clientes fue quien la ayudó a escapar de ese mundo y a recuperar su vida que había perdido cuando tenía 12 años. Para ese entonces, Karla ya se había convertido en una autómata. Sólo recibía órdenes y no tenía esperanza alguna de cambiar su situación. Su voluntad había sido quebrada. Había aceptado sumisamente su calvario. Calcula que durante los cuatro años que fue explotada sexualmente la violaron más de 43 mil veces: 30 clientes diarios durante más de 1,400 días.

Cuando por fin fue rescatada encontró refugio en la Comisión Unidos Contra la Trata, donde ahora es directora ejecutiva. Se trata de una organización que protege a víctimas de trata de personas y que busca incidir en políticas públicas para erradicar ese delito que genera 150 mil millones de dólares al año y que esclaviza a 45.6 millones de personas en todo el mundo, según cifras de la Organización Internacional del Trabajo.

En 2016, Karla Jacinto fue nombrada como una de las 100 mujeres mexicanas más poderosas por la revista Forbes como reconocimiento a su actividad en pro de las víctimas de trata. Su activismo la ha llevado a conocer varios continentes y estados de la República. Ahora tiene 26 años y está por concluir su prepa en línea en el Tec de Monterrey. Después quiere estudiar cultura de belleza. Han pasado diez años desde que salió del infierno.

“¿Qué piensas ahora del 14 de febrero”, le pregunto.

“No me gusta. Primero porque siempre odié ese día porque en esa fecha llegaban más hombres a tener relaciones sexuales conmigo. Segundo porque se me hace una celebración muy estúpida: el amor no debe ser sólo una fecha. Tercero porque toda la gente se regala rosas y a mí me recuerda mucho a las rosas que me regalaron los hombres que pagaron durante cuatro años por mi cuerpo”.


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