lunes, 20 de noviembre de 2017

Las lágrimas me corrían por la cara mientras me violaban

Testimonios de Prostitución

Antes que un testimonio de prostitución esto es crónica de violaciones cometidas por los llamados "clientes de prostitución" a los que poco importa si es una niña, su vulnerabilidad, el daño que le causan. Poco les importa que esa violencia extrema destruya y como de costumbre, el Estado presente en mirar para otro lado, en no actuar en defensa de las débiles, cómplice de torturas.
Alberto B Ilieff

Las lágrimas me corrían por la cara mientras me violaban

"Las lágrimas me corrían por la cara mientras me violaban": niña fue ultrajada por 40 hombres tras ser vendida por su mejor amiga
"El dolor era insoportable, pero fue sólo el comienzo", relató una joven al hablar por primera vez sobre el drama que vivió enfrentar cuando apenas tenía 13 años.
Por Christian Monzón
 martes 10 de octubre del 2017

"Las lágrimas me corrían por la cara mientras me violaban": niña fue ultrajada por 40 hombres tras ser vendida por su mejor amiga

Samantha Owens, de 24 años, dio a conocer públicamente la dura infancia que vivió tras ser engañada por su mejor amiga cuando tenía 13 años, hecho que la llevó a ser violada por 40 hombres.

La joven fue detenida el 2012 tras robar en un centro comercial, y al ser llevada a un recinto penal juvenil rompió su silencio sobre el tema, el cual ahora relató públicamente a The Sun.

Todo comenzó cuando ella conoció a Amanda Spencer, dos años mayor que ella, y quien la impulsó a hurtar productos en negocios. Ambas se habían criado en hogares temporales, haciendo buenas migas de inmediato tras conocerse en la vía pública.



"Ella parecía mucho más vieja y más fresca que yo, y pese a que suena tonto, realmente quería que a ella yo le gustara, así que robé algunos dulces en una tienda", señaló.

Tras hacer este tipo de delitos, Spencer le preguntó si quería ganar aún más, mientras le mostró una gran cantidad de billetes. "Ella dijo que podría tener dinero como ella, si yo la ayudaba", expresó.

Su amiga le preguntó si era virgen y Owens le respondió que sí, por lo que ella le dijo que tenía que tener "relaciones sexuales con hombres". Tras esto, la llevó a una casa en donde habían cuatro o cinco adultos, cuyas paredes estaban cubiertas por cuadros de mujeres semidesnudas.

Mis piernas eran como jalea, estaba temblando de miedo, me sentía enfermo, sabiendo lo que estos hombres esperaban de mí.

"Lloré a Amanda que no quería hacerlo, pero ella me sacudió y se fue de la casa", confesó la joven. Tras esto, un hombre la llevó a una pieza mientras se quitaba la ropa. "Mi corazón martillaba mi pecho y las lágrimas corrían por mis mejillas mientras me violaba", señaló.

"El dolor era insoportable, pero fue sólo el comienzo. Me violaron dos veces más antes de que Amanda me recogiera a la mañana siguiente. Después de eso me sentí completamente perdida y rota", manifestó Owens.

Pese al duro momento que vivió, no quería perder la amistad de Spencer, por lo que continuó visitando hogares en donde los hombres la esperaban para violarla. Según reveló, al menos unos 40 hombres la ultrajaron durante todo este tiempo, mientras el dinero se la llevaba la otra mujer con la cual financiaba sus adicciones a las drogas.



El 2012 en tanto, Samantha quedó quedó embarazada y su novio la abandonó. Y mientras robaba productos en una tienda fue detenida por la policía, en donde recién logró darse cuenta del infierno que vivió. "Fue en ese momento cuando me di cuenta de que Amanda no era mi amiga".

Treinta días después, Owens quedó en libertad y la policía comenzó a investigar a Spencer. En mayo de 2014, la mujer aseguró ser inocente de 16 cargos relacionados con prostitución infantil contra Samantha y otras tres víctimas, aunque si admitió que recibió dinero por llevar a las niñas a tener sexo con hombres. La justicia la declaró culpable.

Amanda recibió una pena de 12 años de cárcel, la cual fue aumentada a 15 luego que se sumaran nuevas denuncias en contra de ella. Clave en eso fue Owens, quien se contactó contras mujeres que podrían haber sido víctimas de un hecho similar. Las que contaron que efectivamente también vivieron un calvario, se sumaron a las denuncias. En tanto, cinco hombres fueron hallados culpables de cuatro cargos por prostitución infantil y violación.

Por su parte, Samantha vive con su pequeña hija y dice que por ella lucha para ser fuerte día a día. "Estoy avanzando y quiero olvidar a Amanda Spencer", remató.

Fuente:

https://www.publimetro.cl/cl/estilo-vida/2017/10/10/las-lagrimas-me-corrian-la-cara-me-violaban-nina-fue-ultrajada-40-hombres-tras-vendida-mejor-amiga.html




Ambar IL-Mi historia es la crónica de una prostitución anunciada

Testimonio de prostitución




Mi historia es la crónica de una prostitución anunciada.

Empieza por las turbias circunstancias que propiciaron el abandono por parte de mis padres, los abusos sexuales y maltrato psicológico que sufrí en la familia a la que el estado otorgó mi custodia desde muy pequeña.

La trabajadora social asignada a mi caso, cuando venía no hablaba nunca a solas conmigo, nunca vio nada, nunca quiso “ver” nada.

Los posteriores años, en mi adolescencia, ella ya ni venía, solo llamaba por teléfono, creyendo a pies juntillas lo que decían mis tutores.

Para ella, su palabra tenía validez, la mía no. Para ella todo iba bien, todo perfecto, una niña encantadora que era feliz y no le faltaba de nada.

Nada más lejos de la realidad, una realidad que nadie quiso ver.

Los tres últimos años de colegio, cuando ya era consciente de los abusos que sufría, me volví una niña muy introvertida.

Mi personalidad cambió radicalmente, me hicieron bullying mis compañeras de clase. Tampoco nadie vio nada, nadie quiso ver nada salvo una compañera a la que yo confesé que tenía un secreto muy grande que no podía contar.

A los catorce años, recién salida de un colegio religioso, sin tener contacto con chicos apenas, algun@s miembros de la familia me llamaban puta, que era una puta como mi madre, que acabaría igual de mal que mis padres.


El maltrato físico y psicológico sobre todo en mi adolescencia era intenso.

Crecí sumisa, crecí manipulada, crecí anulada completamente.                                                               

 Sola, con el entorno llamándome puta, diciéndome a los doce años, que lo que tenía que hacer era buscarme un hombre rico que me mantuviera.
Así que, el destino, prácticamente lo tenía ya forjado. 

  A los diecisiete años tenía un novio al que le pedía cuando teníamos encuentros sexuales que asumiera el papel de mi abusador. Yo no conocía otra manera de tener sexo.

La situación cada vez era más insostenible. Me partieron una botella en la cabeza durante una comida familiar por un absurdo comentario. Es que yo era una rebelde según ellos. Pocos meses después me fui de esa casa, no aguantaba más allí.

Cogí un avión, me marché muy, muy lejos de la que había sido mi ciudad y volé. Volé hacia una engañosa libertad, una libertad que me esclavizó aún más de lo que ya estaba.

Al cabo de unos días de dormir en pensiones de mala muerte, sin prácticamente nada que comer, robando latas de conservas en los supermercados para subsistir, me enseñaron un anuncio que buscaban chicas para azafatas y llamé.

Al día siguiente empecé, empezó mi segundo periodo de esclavitud.

Y lo que siguió, ya fueron casi trece años más de explotación sexual, de proxenetas varios, de anulación de mi persona, física y psicológicamente.

De prolongación de esos abusos, de ese maltrato, de esa denigración, de esa sumisión tan bien adquirida en mi infancia, de la que yo no era ni consciente.

Era muy promiscua, estaba anestesiada física y emocionalmente para el sexo y creía, me convencieron de que era para lo único que servía. 
                                                                                                                                                             Aprendes a disociar física y mentalmente como método de supervivencia. Un robot sentía más de lo que sentía yo. Era una manera de no ver el infierno en el que estaba. 

 Estás tan sola que llegas a creerte que los proxenetas te cuidan, te protegen y que los clientes son tus amigos que miran por ti. Te convences de que haces un trabajo como otro cualquiera, que haces una labor social de atención al cliente y te sientes poderosa, cuando en realidad, estas rota por dentro.                                                                        
Intentaba buscarme trabajos, pero tenía tantas secuelas, estaba tan anulada que seguía creyendo que lo único que sabía, lo único que podía, para lo único que podía servir era para ofrecer sexo agravado por la circunstancia de que en la mayoría de trabajos sufría acoso sexual.  Y volvían a recluirme de nuevo, en esa espiral devastadora   prostituyente.  
                                                                          
Soportaba todo ese dolor con un trastorno alimentario que desarrollé enorme, una anorexia tremenda que posteriormente se convirtió en bulimia. Llegue a pesar 38 kg, frente a la indiferencia que arrastré durante muchísimos años y la marginación de los que tenía alrededor.

Intenté quitarme la vida varias veces. La sensación de soledad, de incomprensión, de ira, de dolor, han sido compañeras de viaje durante muchos años de mi vida.

Yo era la culpable, yo era la que me buscaba parejas maltratadoras, yo era la que adelgazaba, yo era la que comía y vomitaba porque me apetecía molestar a los demás con mi extrema delgadez , con mis trastornos alimentarios, con mis intentos de suicidio.

La que durante dos años tenía que tomar cocaína para aguantar la hora de servicio con un cliente. La que comía y vomitaba, antes y después de estar con un hombre, por el inmenso asco que sentía de lo que hacía, el inmenso asco que me tenía a mí misma. El asco que sentía cuando en casa me preguntaban con cuantos había estado ese día, cuánto dinero había sacado.

Hasta que un día, sentí que me rompía por dentro, no físicamente, puesto que yo estaba ya desde el principio de empezar en la prostitución como he dicho, en modo autómata, robot.



Y ese día dije NO.
NO a que me pusiera más la mano encima ningún hombre de esa manera.
 NO a que me siguieran humillando. 
NO a esa sumisión tan terriblemente arraigada en mi mente.

Y todo esto, analizado con el paso del tiempo, de los años, me ha hecho darme cuenta de lo que han hecho conmigo, de lo mucho que modificaron mi vida, mi personalidad, mi alma, mi integridad como persona. Me dejaron rota.

De la nula ayuda recibida antes para salir de toda esa mierda y de la indiferencia ahora de las personas, las cercanas y las lejanas para poder recuperar mi vida y a mí misma.

Trabajo que tengo que hacer yo sola.

En estos años me he dado cuenta de quién es quién, pero también de quien soy yo, ahora, a día de hoy.

Y soy una mujer que lucha por sanar sus heridas, por recuperar momentos, sensaciones que no viví, por ser feliz en la medida que me sea posible, a pesar del tremendo estrés postraumático diagnosticado que arrastro desde niña y que condiciona de manera brutal mi vida en muchas aspectos.

Una superviviente de abusos sexuales, de incesto, de un sistema prostituyente y de una infancia y adolescencia que me condenaron sin miramientos a una vida que casi acaba conmigo.

Ambar IL.


 Fuente: Comunicación personal. 

NOTA: Las imágenes no pertenecen al original.






sábado, 4 de noviembre de 2017

Las tragedias y secuelas psicológicas de tres ex pornostars

Testimonios de prostitución


28 de Octubre de 2017 |
Las tragedias y secuelas psicológicas de tres ex pornostars


Fue solo al principio. Sucedió en el momento inicial, cuando la excursión en el mundo de las fantasías y las mujeres perfectas aún no había mostrado su verdadera faceta. La que, en la creencia popular, se traduce en un escape post adolescencia con el afán de ganar dinero, ser famoso y tener mucho sexo.

Los primeros kilómetros en el mundo del cine porno marcan el futuro de las actrices. Luego, los dilemas de la crisis del cuarto de vida son también un reflejo de la presión que la sociedad ejerce sobre las mujeres, por ejemplo, para que sean madres. Se enfrentan, sin querer serlo, a las miradas y opiniones que la sociedad ejerce sobre ellas. Son tres testimonios, pero podrían ser cientos más. Todas tienen algo en común: se inundaron en una cultura oscura, a la cual no quieren pertenecer más.

Vanessa Belmond
En Date My Porn Star, la ex actriz Vanessa Belmond confesó que, tras 7 años en el porno (y con solo 25 años de edad) la propia industria la llevó más lejos de lo que ella pensaba, al punto de convertirse en voluntaria en una organización que lucha contra la pornografía: antipornography. org.


Vanessa Belmond estuvo 7 años en la industria del porno

Dijo Belmond: “Nadie quiere salir con una estrella porno, stripper o acompañante. En cuanto a la familia y tener hijos, yo estoy como: ‘¿quién va a tener hijos con una ex estrella porno?’. Y cuando yo tenga 60 años, aún voy a tener videos triple X en Internet. Es como tener un virus o algo que nunca se va”.

“Enfermé de clamidia en mi primera escena. En cuanto a las enfermedades de transmisión sexual, tuve clamidia unas tres veces o más. Tuve gonorrea. Tuve infecciones bacterianas muchas veces, y llegué a pensar que las pruebas podían mantenerme a salvo, ya que ellos lo hacen parecer como que todos son sometidos a exámenes. La cosa es que es que sólo te haces la prueba una vez al mes y durante todo ese mes ellos todavía tienen un examen ‘limpio’, pero podrían haber conseguido algo”, sostuvo.

Shelley Lubben
Shelley Lubben es otra de las activistas anti-porno que supo brillar en la industria erótica durante los 90. “La pornografía no es más que un círculo vicioso que te deja secuelas emocionales. De pronto, pasás a ser una trabajadora sexual a la que le mienten una y otra vez. Te dicen que vas a estar a salvo de las enfermedades de transmisión sexual y que vas a ganar mucho dinero fácil. Y al final, nada de eso termina siendo cierto”, dijo la mujer de 49 años.


Lubben relató su terrible historia en el documental After Porn Ends, en donde narró algunas de las torturas físicas y psicológicas a las que fue sometida durante los años que trabajó para diferentes productoras. “Es un negocio tan feroz como la trata. Todos nosotros hemos sido obligados a hacer una escena que no queríamos hacer. Fuimos a los médicos fraudulentos o clínicas fraudulentas a las que nos enviaron para hacernos los exámenes”.

La ex actriz expresó su disconformidad en base al desinterés legal de muchos estados norteamericanos en cuanto al cuidado sexual. “Nos obligaban a hacerlo sin protección. Yo no puedo decirles cuántas personas alteran sus pruebas para poder filmar. Se que más del 66% de los actores porno son portadores del virus del herpes”.

Bree Olson
En Real Women Real Stories, Bree Olson -ex pareja del actor Charlie Sheen-expuso un video en donde explicó las serias dificultades con las que convive en su vida diaria luego de dejar el porno en 2011. “La gente me trata como si fuese una pedófila, no lo hacen como si fuese una antigua trabajadora del sexo, sino como si hiciese daño a los niños”.


“He llegado a un punto en el que hay veces que paso días o semanas sin salir de casa, porque no tengo ganas enfrentarme al mundo. Me decepciona encontrarme con un amigo y darme cuenta que ya no quiere serlo. Es más fácil quedarme en casa”, agregó.

Olson dijo que podía llegar a ganar más de USD 20 mil a la semana. Dejó la pornografía a los 24 y, con 30 años, se arrepiente de no haber aguantado cinco años más, “para poder vivir a gusto el resto de mi vida”.


Bree Olson fue pareja del actor Charlie Sheen

 “Le mando un mensaje muy importante a las jóvenes: no hagan porno. Querrán abrazar su sexualidad y dirán ‘puedo hacer lo que quiera con mi cuerpo’. Pero van a tener una vida de mierda por delante. Nunca podrán trabajar con niños después del porno, nunca podrán hacerlo en medicina. No vale la pena hacerlo, la gente te va a tratar muy mal el resto de tu vida”, concluyó.


http://www.airedesantafe.com.ar/tragedias-secuelas-psicologicas-tres-ex-pornostars/

Nota: las imágenes son de la publicación original. Valen para contrastar los rostros con las historias.



El testimonio del actor mejor valorado de la industria pornográfica no te dejará indiferente

Testimonios de prostitución




El testimonio del actor mejor valorado de la industria pornográfica no te dejará indiferente
Publicado por Alejandro Villena Moya el 03/11/2017

“Fight the new drug” es una plataforma estadounidense cuya misión es informar sobre las posibles consecuencias perjudiciales que el consumo de pornografía puede llegar a tener en las personas que la consumen. Se llaman a sí mismos “fighters” (luchadores en inglés) y cuentan con miles de personas voluntarias que día a día conciencian a la sociedad sobre como la pornografía puede destruir la sexualidad de los más jóvenes.

Después de un largo trabajo, la plataforma ha lanzado un documental breve en el que se relata la vida de Greg Ory, el actor mejor valorado de toda la historia de la industria pornográfica. Las palabras de Greg, una persona totalmente absorbida por la industria pornográfica, hacen reflexionar:

“En los años 80, fui a California persiguiendo ser actor. Todo me fue realmente bien, tenía un manager un agente, me sentía orgulloso de lo que había conseguido sin demasiado esfuerzo. Pero justo por aquel entonces, empezó un momento de crisis en la industria del cine y la gente empezó a pasar hambre”.

Greg tenía unas motivaciones diferentes en su vida, un sueño que perseguir y por el que luchar. Pero ciertas dificultades en el camino hicieron que la vida de Greg diera un giro de 180º

“En esos complicados días recibí una llamada inesperada para realizar una película porno, yo tenía claro que eso arruinaría mi carrera, pero necesitaba comer así que decidí hacer mi primera película pornográfica”.

Fruto de la desesperación, la mala situación económica y la falta de motivación, Greg decidió comenzar en el mundo del porno.

“Me convertí en el actor más premiado de la industria pornográfica, el más valorado, el mejor pagado de todos los tiempos, todo era demasiado fácil”.

Empezó a recibir un reconocimiento de gran magnitud, era admirado y querido entre las personas cercanas de la industria.

“Cada vez tenía más y más dinero, mi madre no sabía nada, le dolió, le impactó, le supuso un tormento”.

Empezó a disfrutar del dinero sin pensar en las posibles consecuencias negativas que podía tener su nuevo trabajo a nivel familiar, en las relaciones personales o en su entorno social.

“Se me olvidó lo que era el amor, ya no pensaba en el amor, miraba a las mujeres como objetos, no había emoción que envolviese al acto de hacer el amor… ¿Qué es hacer el amor? Yo hago sexo por dinero soy un prostituto, dejé de sentir”

La manera de concebir las relaciones sexuales en la pornografía empezó a dejar huella en su propia visión personal sobre el mundo, sobre los afectos y sobre la mujer.

“Tenia que ir a trabajar para hacer porno, para poder pagar las drogas que me hacían dejar de sufrir el dolor que me producía el porno”.

Pero no todo eran beneficios, dinero o reconocimiento; si no que empezó a sufrir a nivel emocional e incluso físico…

“Lo que la pornografía me hizo es cambiar la forma en la que pensaba y sentía sobre la mujer, empecé a verlas aún más si cabe como objetos sexuales”.

Aquel Greg que fue en busca de un trabajo cinematográfico, se quedó por el camino, había dado un cambio radical, transformando incluso sus propios valores y creencias sobre la vida. Sin darse cuenta, se vio inmerso en un nuevo mundo en el que su antiguo “yo” ya no tenía cabida.

Esta es una de las experiencias que hacen reflexionar sobre si el mundo de la pornografía es un mero entretenimiento y una forma legítima de trabajo, o si realmente puede tener serias consecuencias tanto en la persona que lo consume como en los miembros que pertenecen a la industria y hacen posible la existencia de estos vídeos.

Afortunadamente, un día Greg, cansado del sufrimiento derivado de ser el actor más reputado de la industria, volvió a casa. Decidió nunca más hacer pornografía y desde entonces sigue sin hacerlo. 

Ahora Greg comparte esta increíble experiencia en “Fight the new drug” para que la sociedad reflexione sobre el consumo de pornografía y su posible impacto en las personas.

Los “luchadores” no son los únicos preocupados en el mundo sobre este problema. En España también existen algunas asociaciones encargadas de informar y ofrecer ayuda a personas con un consumo elevado de pornografía como “Dale una vuelta” o “Sexólicos anónimos“.

Si te has visto reflejado en el sufrimiento de Greg o crees que tienes algún problema con el consumo de pornografía no dudes en ponerte en contacto con nosotros o con cualquier asociación que pueda asesorarte y ayudarte con tu problema.

Alejandro Villena Moya.
Psicólogo General Sanitario e Investigador en Sexualidad.
Coordinador de la Unidad de Sexología Clínica y Salud Sexual.

Fuente

http://abcblogs.abc.es/sexo-salud/2017/11/03/el-testimonio-del-actor-mejor-valorado-de-la-industria-pornografica-no-te-dejara-indiferente/

Nota: la foto es de la publicación original




martes, 17 de octubre de 2017

Sabrinna Valisce, la prostituta que se opone a la despenalización del comercio sexual

Testimonio de prostitución


Sabrinna Valisce, la prostituta que se opone a la despenalización del comercio sexual
Redacción
BBC Mundo
 02 Octubre 2017


Image copyright SABRINNA VALISCE Sabrinna Valisce
Image caption Sabrinna Valisce trabajó como prostituta durante 25 años.

Durante gran parte de su vida como prostituta en Nueva Zelanda, Sabrinna Valisce hizo campaña para que se despenalizara el comercio sexual.

Pero cuando esto ocurrió, cambió de parecer y ahora argumenta que los hombres que usan los servicios de las prostitutas deben ser castigados por la ley.

Su historia se la contó a la BBC la escritora Julie Bindel, autora de "The pimping of prostitution: Abolishing the Sex Work Myth" (El proxenetismo en la prostitución: Aboliendo el mito del trabajo sexual).


Cuando Sabrinna Valisce tenía 12 años, su padre se suicidó. Esto cambió su vida por completo.

Dos años después su madre volvió a casarse y la familia se mudó de Australia a Wellington, la capital de Nueva Zelanda, donde la vida de la adolescente fue lamentable.

"Era muy infeliz", dice Valisce. "Mi padrastro era violento y yo no tenía nadie con quien hablar" .

Ella soñaba con convertirse en una bailarina profesional y comenzó a dar clases de ballet durante la hora del almuerzo en su colegio. Y se hicieron tan populares que un conocido grupo de danza, Limbs, fue a dirigir las lecciones.

Pero pocos meses después se encontró prostituyéndose para sobrevivir.

Un día camino a su casa desde la escuela un hombre le ofreció NZ$100 (US$72) a cambio de sexo .

"Yo llevaba el uniforme escolar así que no había confusión sobre mi edad" , cuenta.

Valisce utilizó el dinero para huir a Auckland, una ciudad de la Isla Norte, donde se registró en un hostal del YMCA.


Image copyright DEAN PURCELL/ GETTY IMAGES Karangahape, la zona roja de Auckland.
Image caption La calle Karangahape es la zona roja de Auckland, una ciudad de la Isla Norte de Nueva Zelanda.

"Traté de llamar a alguien y pedirle ayuda desde la caseta de teléfono que estaba fuera del hostal, pero la línea estaba ocupada. Así que esperé", dice.

"La policía se detuvo y me preguntó qué estaba haciendo. Les dije: 'esperando para usar el teléfono'".

Los oficiales le indicaron que no había nadie usando el teléfono así que no había necesidad de esperar. "Pensaron que yo estaba haciéndome la lista", contó ella, y recordó cómo no parecieron entender lo que trataba de explicarles.

" Me registraron buscando condones porque pensaban que era una prostituta , porque el YMCA está detrás de la calle Karangahape, la infame zona roja", explicó.

"Irónicamente, eso fue lo que me hizo pensar en que esa era una forma de obtener dinero".

"La policía me asustó pero sabía que pronto viviría en la calle si no conseguía dinero. Y en cuanto me empujaron contra la pared para registrarme y amenazarme, supe que no había ninguna diferencia entre si lo hacía o no ".



Image copyright GETTY IMAGES Una prostituta en la calle Karangahape
Image caption Así se veía la calle Karangahape en 2003, poco después de que se legalizara la prostitución.


Valisce se dirigió a la calle Karangahape y le pidió consejo a una mujer que trabajaba allí como prostituta.

Esta le señaló dos callejones en los que podría trabajar.

"También me dio un condón, me dijo cuáles eran las tarifas básicas y me aconsejo que hiciera a los hombres luchar por los servicios que yo estaba dispuesta a ofrecer , para evitar que lucharan por los servicios que no quería ofrecer", recordó.

"Fue muy buena conmigo. Era samoana, demasiado joven para estar trabajando en la calle y estaba claro que ya llevaba allí mucho tiempo".

En 1989, después de dos años ofreciendo sus servicios en la calle, Valisce visitó el Colectivo de Prostitutas de Nueva Zelanda (NCPZ) en Christchurch, una ciudad a 300 kilómetros al sur de la capital, Wellington, en la costa este de la Isla del Sur.

"Yo buscaba algún apoyo, quizás dejar la prostitución, pero todo lo que me ofrecieron fueron condones" , dice.


Image copyright JUSTIN TALLIS/ GETTY IMAGES El Colectivo Inglés de Prostitutas
Image caption El Colectivo Inglés de Prostitutas argumenta que este trabajo debe tratarse como cualquier otra profesión.

También la invitaron a las reuniones que celebraban cada viernes en la noche, en las que servían vino y queso.

"Comenzaron a hablar sobre lo malo que era el estigma contra los trabajadores sexuales y cómo la prostitución era un trabajo como cualquier otro", rememora.

De alguna forma eso la hizo aceptar más lo que estaba haciendo.

Se convirtió en la coordinadora del salón de masajes del colectivo y en una entusiasta simpatizante de su campaña para la despenalización de todos los aspectos del comercio sexual, incluido el de los proxenetas.

"Sentía que estaba a punto de ocurrir una revolución. Estaba muy emocionada sobre cómo la despenalización podría mejorar las cosas para las mujeres" , afirma.

La despenalización llegó en 2003 y Valisce asistió a la fiesta de celebración que se realizó en el colectivo.

Pero Sabrinna pronto se vio desilusionada.


El Acta de Reforma de la Prostitución permitió a los burdeles operar como empresas legítimas, un modelo que a menudo había sido presentado como la opción más segura para las mujeres en el comercio sexual.


Image copyright GETTY IMAGES Anuncio de empleo de prostitutas
Image caption Cuando la prostitución fue legalizada en 2003, aparecieron anuncios de empleos en la prensa de Nueva Zelanda.


En Reino Unido, el Comité de Asuntos Internos del Parlamento ha estado considerando varios enfoques para el comercio sexual, incluida la total despenalización.

Pero Valisce asegura que en Nueva Zelanda la despenalización fue un desastre y que sólo benefició a los proxenetas y los clientes.

"Pensé que iba a ofrecer más poder y más derechos para las mujeres", afirma. "Pero pronto me di cuenta de que ocurrió lo contrario".

Un problema fue que esto permitió a los dueños de los burdeles ofrecer a los clientes transacciones "todo incluido", en las que podían pagar una cantidad acordada para hacer cualquier cosa que deseaban con la mujer.

"Una cosa que se nos prometió que no ocurriría fue el 'todo incluido'", afirma Valisce.

"Porque eso significaba que la mujer no iba a ser capaz de determinar el precio o los servicios sexuales que iba a ofrecer o rehusarse a ofrecer, lo cual era la base principal de la despenalización y sus supuestos beneficios".

"Estupefacta"

Valisce, de 40 años, fue a solicitar empleo a un burdel en Wellington, y quedó estupefacta con lo que vio.

"Durante mi primer turno vi a una niña que regresaba de un trabajo de acompañante. Había había tenido un ataque de pánico. Temblaba, lloraba y era incapaz de hablar".

"La recepcionista le estaba gritando, diciéndole que regresara a trabajar. Tomé mis pertenencias y salí de allí", recuerda.

Poco después le contó al colectivo de prostitutas en Wellington lo que había visto.

"¿Qué estamos haciendo sobre esto?", les preguntó. "¿Estamos haciendo algo para obtener ayuda?".

La "ignoraron totalmente", dice. Así que abandonó el colectivo.

Hasta entonces la organización había sido su única fuente de apoyo, un lugar donde nadie la juzgaba por trabajar en el comercio sexual.



Image copyright JUSTIN TALLIS/ GETTY Manifestante del Colectivo Inglés de Prostitutas
Image caption El Colectivo Inglés de Prostitutas también hace campaña para la despenalización.


Pero cuando trabajaba como voluntaria allí comenzó su trayecto para convertirse en "abolicionista".

"Uno de mis trabajos en el NZPC fue buscar todos los recortes de prensa. Una vez leí sobre alguien que hablaba de llorar y no saber porqué. Fue cuando salí de allí (del comercio sexual) cuando entendí esos sentimientos".

"Había pasado por ellos y durante años (pensé): 'no sé lo que ocurre ni por qué me siento así'. Me di cuenta de ello al leerlo".

Ese fue un punto sin retorno para Valisce.

Dejó la prostitución a principios de 2011 y se mudó a la costa de Queensland, Australia, buscando una nueva dirección para su vida.

Pero estaba confundida y deprimida.

Cuando su vecina trató de reclutarla para prostitución en internet, se negó con cortesía.

"Sentía que tenía la etiqueta de 'puta' en la frente. ¿Por qué me lo preguntó a mí? Ahora sé que la única razón fue que era mujer", asegura.

Valisce empezó a conocer a otras mujeres en internet, a feministas que estaban en contra de la despenalización que se describían a ellas mismas como "abolicionistas" .

Contra proxenetas y clientes

El modelo abolicionista, que también está siendo considerado en el Reino Unido, penaliza a los proxenetas y a los clientes pero despenaliza a la persona que se prostituye.

Valisce estableció un grupo llamado Feministas Radicales Australianas y pronto la invitaron a una conferencia organizada en la Universidad de Melbourne el año pasado.

Era el primer evento abolicionista que se celebrara en Australia, donde muchos estados han legalizado el negocio de burdeles.

La propia Melbourne ha tenido burdeles legales desde mediados de 1980, y aunque hay mucho apoyo vocal para el sistema, también hay un movimiento creciente en contra de éste.


Image copyright GETTY IMAGES El burdel Daily Planet
Image caption En Melbourne el negocio de burdeles ha sido legal desde mediados de 1980.


"El comienzo de mi nueva vida" . Así describe Valisce la época en la que se convirtió en una feminista que hacía campaña contra el comercio sexual y comenzó a sentirse liberada de su pasado.

"Primero me liberé emocionalmente, después físicamente. Y al último intelectualmente", afirma.

Después de la conferencia Valisce fue diagnosticada con trastorno de estrés postraumático .

"Fue el resultado del tiempo que pasé en la prostitución. Me había afectado mucho pero logré cubrir los efectos", señala.

" Toma mucho tiempo sentirse completa nuevamente ".

Para Valisce, la mejor terapia es trabajar con mujeres que entienden lo que es trabajar en el comercio sexual, y con aquellas que hacen campaña para exponer los daños que conlleva la prostitución.

También está determinada a asegurarse de que las mujeres que a menudo permanecen calladas por sus abusadores tengan una voz.

"Mi objetivo no es atrapar a la gente en la industria o decirle a las mujeres que salgan del trabajo", afirma.

"Pero quiero marcar la diferencia, y eso significa manifestarme todo lo posible para ayudar a otras mujeres".

Fuente
https://www.bbc.com/mundo/amp/noticias-41470171

Nota: las imágenes y letra en negrita están en el original







domingo, 10 de septiembre de 2017

Sexo-s en el lupanar: Un documento fotográfico (circa 1940)

Sexo-s en el lupanar: Un documento fotográfico (circa 1940)   (extracto)
Dora Barrancos; Ricardo Ceppi

Dora Barrancos es la Directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Gênero, Buenos Aires, Argentina. Dora1508@aol.com

Un acontecimiento fortuito permite el rescate de otro acontecimiento por cierto menos fortuito, ya que en este caso se revelan aspectos del intercambio explícito de servicios sexuales en un ambiente cuya antigüedad institucional es regular y se confunde con el origen de los tiempos. Es fortuito el hallazgo del documento que registra conductas sexuales, pero convengamos que lo es mucho menos la persistencia de la institución que lo hizo acontecer. Lo más extraño en todo caso es la sobrevivencia de la serie fotográfica que permitió la captura de los juegos lascivos que analizaremos; todavía queda la interrogación sobre la índole del propietario, o mejor, del productor de las imágenes y se abren preguntas sobre el significado de su resguardo. Pero ingresemos a la historia de este acontecimiento.

Una adolescente se depara por azar, en la calle, con los restos de una mudanza. Entre los trastos abandonados un conjunto de cilindros denuncia la existencia de negativos fotográficos que constituyen una parte esencial de la materia de trabajo de su padre, que casualmente es un fotógrafo profesional. La adolescente – animada por su madre – decide hacerse con los cilindros que pueden interesar y agradar a su padre. Es así como este acto azaroso subvierte el destino de la pérdida inexorable para ingresar al estatuto del documento: el fotógrafo revela la serie que permite reconstruir – o mejor imaginar con condescendencia histórica – las escenas transcurridas en un lupanar de baja categoría, casi ciertamente en algún paraje semirrural de la pampa húmeda argentina, o por lo menos en los extramuros de algún pueblo en esa región.

Se trata de treinta siete exposiciones insólitas que el fotógrafo de marras decide compartir con especialistas y no tanto. En esa búsqueda se encuentra con la historiadora y he aquí los resultados del escudriñamiento que opera, necesariamente, sobre una trama hipotética, comenzando por la identidad de quien(quienes) realizó(aron) este documento en un momento en que, como se verá, se inicia la difusión de la cámara fotográfica entre los sectores acomodados y medios de nuestra sociedad. La disposición de la nueva tecnología constituye una verdadera revolución para represar imágenes en actos que parecen conferir mayor soberanía a los individuos. Sin duda está en juego una tecnología que inicialmente, y por bastante tiempo, usufructan los varones de la familia haciendo a menudo la voluntad de las mujeres y en la que descuellan los retratos familiares.1 La fotografía opera en base a una división sexual de tareas durante su propagación: la máquina fotográfica indexa funciones calificadas a los varones y sus resultados, las fotografías, demandan colección y archivo por parte de las mujeres. Salvo aquellas que corresponden a órdenes prohibidas, mantenidas en secreto, o mejor sólo disponibles para públicos estrictamente seleccionados. De su resguardo archivístico por cierto han debido ocuparse los varones y tal parece haber sido la suerte de este documento.

 Hipotetizando acerca de la conducta de actores y actrices
La cámara fotográfica tiene la ventaja de servir a una inflexible temporalidad: la sucesión de imágenes es irrevocable desde la perspectiva de quien las produce. La posibilidad de burlar el orden de la gestación sólo puede ser obra de los/las receptores y el trucaje obtiene entonces una expedita autorización. La fidelidad a la sucesión original de los acontecimientos que habrán de ocuparnos, está en nuestro caso garantizada y por lo tanto haremos, en primer lugar, una traducción especular de los actos tal como ocurrieron según un orden temporal. Esas imágenes se traducen en narrativas, en textos vívido. La descripción es indispensable para anclar una analítica comprehensiva aunque habremos de detenernos sólo en algunas escenas, aquellas que entrañan según los criterios de nuestra selección, una mayor centralidad semiológica.



Las dos primeras imágenes no son capaces de anticipar, absolutamente, la saga sexual sobreviniente. Una mujer joven, bastante bonita, con vestido largo y de color claro (de difícil identificación epocal, pues tiene aires de veste supratemporal) patentiza un consabido rol genérico tejiendo crochet, enmarcada por una puerta que invita al ingreso. Es evidente que en el momento de la toma la cámara la ha distraído, sus ojos miran de modo oblicuo y parece querer convencer sobre cierto ensimismamiento. Su postura es displicente, pero parece retraída en la labor. El ovillo del material que trabaja permanece en el suelo hasta que la acción ejercida por un hombre joven y bello, rigurosamente bien trajeado y engominado, con cigarro en la boca – en una ambigua actitud contrafóbica – , lo sostiene en clara actitud de cooperante con la joven tejedora. Tal la escena segunda de esta saga. La conducta reverente de las virtudes femeniles en artes que le son tan compatibles, sólo subraya el carácter varonil dominante de la relación entre los géneros coagulada en esta imagen.

Deben haber mediado una serie de acciones que seguramente consumieron más que algunos minutos, hasta la instalación en foco del tercer acto: el joven de marras se muestra besando y acariciando a una mujer joven sentada sobre su muslo. La mano del hombre acaricia el pubis, mientras la muchacha le toma la cara. Los ojos de ambos actores permanecen cerrados y esta es la única escena que orilla la gestualidad propiamente erótica de la serie. Se cuela ya la impresión de que ingresamos a un documento peculiar, que estamos frente a un registro de clara urdimbre sexual.

Aparece luego una escena que registra a otros dos varones conversando en el vano de una puerta con una tercera mujer que luce algo mayor, vestida de entre casa con un largo salto de cama rayado y de aspecto ordinario, presumiblemente confeccionado con tela de toalla y que evoca usos del período. El salto de cama, que se instala sobre todo como moda femenina, comporta una estricta jerarquía de gustos una de cuyas claves es el material. Las sedas están en el orden alto de las preferencias, mientras que las toallas se ubican en la escala inferior: su uso se confunde con el que se destina a secarse el cuerpo, y estrictamente es más rústico, no seduce como la seda, que insinúa más eficazmente el cuerpo velado.

Uno de los varones que usa anteojos y se muestra en mangas de camisa, gesticula; hace ademán de señalar, con una de sus manos, una altura, mientras el otro lo observa. Este último sostiene un diario de actualidad doblado bajo el brazo, detalle que seguramente indicia que está de "acompañante", que no está decidido a un protagonismo marcante, ya que no se ha tomado el trabajo de despojarse del periódico. Esta escena donde parecen intercambiarse trivialidades mediante órdenes de locuciones contingentes, no consigue distraer a la pareja que nos ocupa que seguramente ha proseguido con los intercambios de caricias. ¿Esta foto de márgenes de conversación, es una pose para retirar intensidad a las escenas centrales de sexo? En las tomas siguientes se revela la incursión de las manos del muchacho en las piernas de la joven, haciendo subir la pollera hasta una completa exposición de aquellas. Se advierte que están vestidas hasta las rodillas con medias "de seda", a la usanza del período, a las que ciñen unas insinuantes aunque escasamente eróticas ligas. En la foto siguiente, la joven, que mantiene abrazado al muchacho mientras se deja acariciar la zona del pubis, contempla de modo directo la cámara con una insinuación de sonrisa que funge como atención desplazada al "otro entretenimiento".

Todos estos actos son apenas la introducción al rito central de la masturbación captada por la cámara que, convengamos, es acometida por un asomo de autocensura. El fotógrafo ha ahorrado demoradas y más atrevidas tomas intermedias de modo que sólo una fotografía – sin duda central en el documento – pone en evidencia la serie de maniobras masturbatorias que han debido ejecutarse y su resultado, la eyaculación. El artefacto "eyacula" exactamente a tiempo, coincidiendo con la acción que capta.2 ¿Ese detenido voyerismo del fotógrafo que la imagen denuncia, ha significado efectivamente un involucramiento trascendiendo el goce del acto de manipular la cámara? La asombrosa nitidez de las gotas seminales de esta única escena de sexo explícito del documento que tratamos, habla más que de las propiedades de la sensualidad de los cuerpos, de los atributos técnicos de la cámara. Es aquí que se hace necesario un primer estacionamiento para introducirnos en contextos necesarios a la interpretación.



No hay dudas de que estas fotografías no revelan la intimidad de una pareja canónica de fines de los años 1930 – o casi seguro de inicios de los 40 –, sino que desnudan el trámite habitual de una visita a otra regularidad, debidamente reticulada en la simbología corriente de los intercambios necesarios para satisfacer a los varones, el prostíbulo.3 Es probable que algunos excéntricos documentaran fotográficamente sus experiencias sexuales con parejas regulares, legales o legítimas. Pero debemos concluir que eso constituye una rareza aún mayor, una nota improbable en los moldes morales afirmados en la doble trinchera de los códigos. El canon moral alienta la idea de que la ilustración de los cuerpos mostrando sus atributos sexuales, su exhibición captada por medios imagéticos, sólo se reserva a las mujeres que son capaces de transgredirlo, y no cabe dudas de que a estas se las llama prostitutas. Tal es el sema con que se representa a las que viven de desnudar su cuerpo, las modelos que sirven a pintores y retratistas, y qué decir de las actrices de cine – medio notablemente empinado por entonces – que se arriesgan a la interpretación de escenas más osadas con cuerpos que insinúan toda desnudez provocando estrépito entre sus seguidores/as. Todas ellas son "putas" en la extendida reducción semiológica del período, como lo son las trabajadoras que ofrecen gastar sus cuerpos en tareas extradomésticas, las "fabriqueras" y aún las empleadas de ciertos servicios.4 El "abandono" del hogar para salir a trabajar es una mala imagen, no rinde, definitivamente, buena reputación cualquiera que sea el ámbito donde se transite. Seguramente entre las pocas mujeres que rodean con éxito el inefable epíteto se encuentran las maestras, tal vez las únicas a las que les es permitido el goce con fruición de su tarea, ya que los signos de contentamiento por la vida laboral, aún la más jerarquizada profesional, suele ser un estigma más que un premio.5 Ser meretriz es el modo indexado que corresponde a cualquier asomo de riesgo de pérdida de las virtudes cardinales de "ser mujer" en nuestras sociedades hasta bien mediado el siglo que acabamos de dejar.

De modo que parece redundantemente evidente que estamos frente a fotografías tomadas en una arena pública especializada, ajustada a la otra máscara de la moral, pero que bien observada también luce como cuasi doméstica, propia para el regodeo del ojo sin máscaras, allí donde ceden los maquillajes y las pulsiones son incontinentes, como ocurre en el seno del hogar. El ambiente de este prostíbulo, escenario privilegiado de esta serie documental, no parece disentir de esos conocidos piringundines de bajos fondos, a menudo verdaderas fronteras ecológicas ya que se asientan en extramuros toda vez que transgreden las disposiciones abolicionistas de 1936. Si durante la época de la reglamentación se exigía su emplazamiento sólo en determinadas zonas,6 alejadas de escuelas y templos, al quedar prohibidos deben encontrarse sitios aún más aislados a cobijo de ojos indiscretos y de posibles denuncias. Seguramente la vista gorda de las autoridades policiales, casi siempre comprometidas con el negocio, exige esos distanciamientos. Desde luego están las excepciones, las casas de cita7 para las clases privilegiadas que se escamotean bajo disfraces los más caprichosos pero que seguramente sólo consiguen entera impunidad en el corazón de las grandes ciudades.

La escena de la masturbación coagula la escenificación del comercio sexual visto por este lente. De técnicas lascivas múltiples y sofisticadas, he aquí la reducción a una sola tecnología. La mecánica del acto al que se asistió entonces (y al que reasistimos por la reproducción) no debe sorprender por su carencia: está vaciado de erotismo, faltan los juegos de i-realización que constituyen los senderos del goce. La postura de la oficiante denuncia que la acción de manipular el pene, realizada de pie por la joven, apenas apoyada sobre el cuello del cliente, y que consiente el voyarismo de un reducido público – pero con todos las propiedades de los espectadores directos –, y al más amenazante ojo censor de la cámara que la apunta, reduce casi por entero los atributos eróticos del sexo en el lupanar de esta serie. Nos es esquiva la desnudez de los cuerpos, la imprescindible entrega fusional y esa característica transformación de los seres que los lleva al éxtasis, a la "continuidad animal" y esencialmente a lo prohibido que según Bataille8 es indispensable en el canon erótico. Siguiendo a este autor podríamos sugerir que la mecánica sexual a la que asistimos es la culminación de la "rancachela" colectiva cuyo goce carnal es escueto, comparado con el acto de portar la cámara fotográfica. Se trata de un acto que se ejercita según el mismo Bataille, como "erotismo inhibido" o – agregamos – como remedo erótico. No en vano Bataille se refiere a estas circunstancias cuando introduce la "prostitución de baja estofa" y se refiere a quien la ejerce:
Podría ser menos indiferente a las prohibiciones que el animal, pero impotente como es para conseguir la perfecta indiferencia, sabe de las prohibiciones que otros observan; y no solamente está destituida, sino que le es conferida la posibilidad de conocer su degradación. Se sabe humana. Incluso sin tener vergüenza, puede ser conciente de que vive como los puercos.9

Podríamos hipotetizar que esa destitución consciente, que se paga con el desparpajo, con la asumida falta de vergüenza, es la que permite a nuestra muchacha autorizar a ese grupo de varones ser la protagonista de la saga fotográfica, as de triunfo que – ella lo sabe muy bien – incrementará el alardeo en círculos de machos. Por qué justamente ella resulta la protagonista es insondable, aunque nos azuzan los interrogantes. ¿Habrá aceptado ser objeto del registro porque sus compañeras se negaron y alguna tenía que satisfacer el pedido de los varones? ¿Resultó ser "espontáneamente" la más atrevida frente a las reticencias de las otras o fue abordada por el fotógrafo – los fotógrafos? – porque estaba preindiciada como la más osada? ¿Habrá sido escogida en un acto absolutamente incidental?

El género femenino aparece en esta saga con todas las muestras de su inflexión desventajosa corriente. La muchacha ni siquiera ocupa el papel de objeto-de-deseo ya que aparece más distante que el cuerpo-objeto-íntegro capaz de producir placer. Esta mujer se desgaja de su cuerpo y consigue dar, con las señales del apartamiento, una ficción de objeto. Además, su cómplice es la propia cámara fotográfica, tal vez – como ya se ha insinuado – el verdadero objeto de placer de esta historia. La cámara facilita ese estado ausente, ya que se roba el foco de atención. Es la cámara y no el sexo "con" las mujeres lo que captura el sentido central de esta narrativa. La saga revela actos maquínicos poniendo a la propia máquina como plausible objeto pulsional.

Podría decirse que no es nuestra muchacha la que hace el servicio de esta masturbación que más bien "se" hace; el acto parece ya una representación, metarrepresentada por la imagen que ha podido conservarse. La pornografía (y este documento está lejos de serlo) no conserva también el desvelamiento irreductible de una erotismo que se niega como posibilidad? Examinando las fotografías pornográficas de la colección reunida por Koetzle y Scheid10 – un conjunto desinhibido que protagonizan sólo los cuerpos femeninos y en el que abundan explícitos enlaces lesbianos – no puede dejar de tenerse la sensación de que el erotismo apenas se sugiere sobre lo obsceno, algo que en verdad desean re-presentar las ingeniosas y estudiadas poses de las modelos protagonistas de la serie, en algún estudio de París en torno de los años 1920.

Regresemos a la teconología de la masturbación como fórmula de comercio sexual más corriente de lo que se nos antoja. El trabajo precursor de Parent Duchatelet11 la identifica entre los repertorios prostibulares, pero para el ojo de este notable analista esta forma de actuación constituía un auténtico "vicio". Es probable que la condena de las famosas "terrosas", que sólo comprometían partes de su cuerpo para facilitar el placer de sus clientes, se deba a la subyacente aunque no conciente convicción de que hay aún más partición/extrañamiento del cuerpo femenino, más perversión en el servicio, una vez que no se adecua por entero a la condición de objeto entregado por entero. Es bastante posible que el servicio de la masturbación no fuera sólo el inicial de una larga sesión de intercambios sexuales.12 Pudo significar, por su virtualidad en materia de aproximación corporal y por su rapidez, una inversión contingente y de fácil solapamiento. Hombres a quienes su condición de clase les impedía pagar servicios completos, o a los que por el contrario cierta condición expectable los llevaba a sorteos y elusiones (notables, dignatarios, párrocos) inquietos por la duración del trato, o marcados por la prevención a las enfermedades o por el miedo a entregas mayores, aspiraban sólo a sesiones masturbatorias. Es muy probable que eventuales aventuras colectivas – "francachelas" – prolongadoras de las experiencias de adolescentes, hicieran a los varones demandantes de intervenciones apresuradas. A menudo debe haberse impuesto la jarana nerviosa de la incursión grupal sólo para obtener servicios masturbatorios. ¿No se trataba acaso de una gran transgresión, habida cuenta la larga y tenebrosa insistencia de padres, maestros, autoridades higiénicas y religiosas sobre los peligros del vicio solitario? Pero al mismo tiempo, ¿no menguaba acaso su iniquidad si se dividía con otras(os)? La verdad es que el onanismo compartido sólo paradojalmente puede ilustrarse como "vicio solitario". Nos falta mucho que revelar en materia de prácticas onanistas que nada tienen de solitarias, de las experiencias de intercambios sexuales que se realizan sin necesaria penetración.



Pero volvamos a nuestro documento. Después de la escena de la masturbación, exponencial en la serie, aparece un par de tomas singulares pero no sorprendentes: la mujer cose un botón que ha advertido está a punto de caer del saco de su cliente. El patetismo con que se diseña el congelamiento del oficio femenino es encomiable, tan verídico que parece una representación saturada, un "cliché". La mujer se comporta como una madre, o como una hermana en esa aptitud exponencial de velar por el varón bajo cualquier circunstancia. Si aisláramos de la saga a estas fotografías en la que la muchacha trabaja con el hilo y la aguja para asegurar el botón del joven – cuya edad pueda situarse entre los 25 años, tal vez –, las escenas parecen propias de cualquier ambiente doméstico en el que se imponen las reglas decentes de un auténtico hogar. Hay una culminación de tomas cuando la pareja se enlaza en un tierno abrazo, en un abrazo fraternal que traduce, de parte del varón, reconocimiento por la tarea reparadora, y de parte de la mujer, la convicción de que cumplió con una obligación. El trabajo enmendador que acaba de hacer la mujer y la nota de agradecimiento que emerge del abrazo enteramente asexuado que le prodiga el varón, nos conecta con los sistema de relaciones que también debieron normalizarse en el interior de los propios prostíbulos. Nos referimos a ciertas canteras de amistad, de confidencialidad, a los brevísimos raptos de simetría entre los géneros a propósito de comprensiones menos subalternas que se establecieron en esos circuitos, tanto como a repertorios sentimentales que a veces culminaron con emparejamientos perdurables, rescates matrimoniales o cuando menos, con cuadros persistentes de asistencia monetaria o de otra naturaleza. Son incontables los casos que culminaron con relaciones afectivas, o cuando menos con intercambios desinteresados de amistad y protección.

La serie que estamos analizando focaliza a un grupo de hombres que visita un lupanar de extramuros munido de una cámara fotográfica con el expreso propósito de captar, como una hazaña, escenas iconoclastas, marcadas por la prohibición. Es por entero probable que ese rito haya respondido a la necesidad afirmativa – y por lo tanto forzosamente colectiva – de machos que, en este caso, remarcan no sólo su condición genérica, sino su clase social. Parecen en su mayoría miembros de la clase media empinada, de esa clase que mostraba las marcas del hedonismo con consumos más sofisticados, ávidos de nuevas tecnologías y adminículos. La tenencia de una cámara fotográfica Leica subraya esa pertenencia y más adelante volveremos sobre el significado de esta marca de clase.

En este grupo se destaca el joven de marras ya que es el actor dominante de la serie y a quien seguramente por alguna razón especial se desea agasajar, ofrecerle ritos celebratorios. Podemos conjeturar que se trata también, desde el punto de vista de la escala social, de uno de los mejor posicionados del grupo, o es mera apariencia? Hay un contraste entre su extrema urbanidad (el traje sastre oscuro riguroso, la corbata de finas y esparzas rayas, la camisa blanca, el calzado "social" reluciente) con la fisonomía y el aspecto de otro hombre, que aparece en otra toma, vestido a la moda campestre con pañuelo al cuello, boina, botas altas, y aunque en general luce con atildamiento, probablemente se trate de un encargado de campo; podemos conjeturar que es el verdadero introductor en el prostíbulo del grupo urbano, muy probablemente visitante acostumbrado que goza de amplia confianza en la "casa". Se trata del hombre-propulsor, mientras el joven celebrado podría marcarse como el hombre-señuelo. Casi no quedan dudas de que por lo menos algunos miembros de esta aventura están estrechamente vinculados con propietarios de bienes raíces, tal vez dueños de alguna estancia próxima al lupanar de marras, o con con otros eslabones del poder. ¿Podemos admitir que este atributo es la única marca de "prestigio" que revela este oscuro lupanar y lo que permite restablecer un sentimiento de "dignidad" a las pupilas? ¿No es ese sentimiento de "selección prestigiada" lo que allana también el camino para autorizar el uso de la cámara fotográfica? Si la "conciencia de clase" puede ser una traza en las subjetividades de tantas meretrices del período, no hay cómo engañarse al respecto: salvo contadas excepciones, la dignificación del servicio proviene de la calidad social de los servidos.



En esta serie el varón-promotor, al parecer tampoco se priva de un servicio masturbatorio: hay una fotografía que lo muestra al lado de una joven y atrayente mujer – la cuarta de este registro – en actitud delatoria que puede ser imaginada pero cuya evidencia no es posible corroborar. Esta pareja – y debido a los vínculos preexistentes que ligan al hombre con el lugar – ocupa las márgenes del registro documental y también las márgenes donde se juegan los episodios narrados centralmente por la cámara: un gran patio de baldosas, un patio típico que centraliza todos los contactos de las habitaciones (al parecer unas cuantas) y en el que se dispone por lo menos de una mesa de café, servida con copas y bebidas. Ese gran patio central alberga también una característica bomba de agua de pozo con un piletón y es decorado por una pajarera con un único habitante, tal vez un canario de alta estimación para las ocupantes femeninas de la casa. Era extendido el gusto por mantener en cautiverio canarios y otras aves de buen canto en esos años. Este detalle de la pajarera luce con la estridencia del adorno principal frente a la ausencia de frisos, cuadros y objetos kitch que podrían encontrarse en lugares aún poco sofisticados. En una vieja fotografia del interior de un prostíbulo de Gualeguaychú también una pajarera decora el ambiente.13 Pero la pajarera de este ámbito ha sido colocada ex profeso sobre una silla, tal vez a pedido del fotógrafo de marras, con qué intención? Es probable que para jugar con la escenografía, para medir técnicas y resultados y también para enmarcar una escena que transcurre en un rincón y que revela los abrazos y toqueteos de una pareja: la de la dama del largo salto de cama con uno de los visitantes, el que porta anteojos y al que ya vimos al inicio conversando animadamente y haciendo gestos.



Es evidente que luego de los servicios sexuales el fotógrafo principal del grupo ha sido demandado para captar otras circunstancias. La muchacha que ha servido a nuestro joven protagonista seguramente ha insistido en que se le tomen otras fotografías, más "personales". Pretende estar a la altura de ese momento singular, todavía muy ritualizado, que no está precisamente signado por el orden de la profesionalidad en materia sexual, sino por el deseo de ser sujeto de un re-trato. ¿Un nuevo trato de sí que se despliega como un nuevo trato con los hombres? Entonces aparece vestida "de fiesta", ha ido a ponerse para una posteridad difusa – pero que adivina le sobrevivirá – tal vez el mejor vestido que luce su ropero. Se trata de un vestido largo, apretado al cuerpo, con una caída en los hombros, agarrados por unos breteles. El resultado es una pose de aire victorioso; el cabello recién peinado se destaca en la cabeza echada un poco hacia atrás, y hay un gesto en el rostro, contenedor de una sonrisa, que luce como una carta de triunfo. ¿Triunfo por la suspensión del deseo del-otro, porque ha doblado la intención objetivista del otro, que finalmente la "narra" en una humanidad diferente, "normalizada" y dulcificada, como si le permitiera ser otra mujer?

Pero esta permisión termina, y en otras fotografías reaparece con el traje inicial, dispuesta a los hábitos regulares que como es de esperar comprenden otras tareas además de las profesionales. En efecto, varias fotografías la toman en escenas de limpieza del patio, comenzando por la de un tacho rectangular destinado a poner la basura que recogerá cuando termine de barrer el amplio patio.

Sobrevienen luego escenas casi familiares: hombres y mujeres se ven en actitud laxa y en clima de conversaciones cuyos objetos, podemos adivinar, se desafueran de las marcas del lugar. La cámara repara una vez más en la muchacha que ha ocupado con el joven el centro del teatro, y se la ve entonces seria, inclinada para sostener a un perro pequeño (que no había antes aparecido) sobre una silla. Desde un ángulo donde se observan trastos de limpieza, una mujer la mira con complicidad dulcificada, tal vez porque el animalito sea uno de los pocos seres de estimación de nuestra protagonista.

La casi veste de la primera aparición vuelve al escenario, ahora sentada pero sin abandonar la tarea del crochet; no parece haber sido partícipe de la rueda de servicios sexuales. Su lugar en el sillón esquivo refuerza el clima de prescindencia y de incontaminación que la serie le ha acordado. Habría que interrogarse sobre la necesidad narrativa de reestablecer al final, con la imagen de esta mujer con ropaje claro, el principio de apariencia incontaminada que ha abierto la serie. Es necesario apuntar al varón que se adiestra con la cámara mientras alarga su destreza social bajo el inconmovible acatamiento de la doble moral que admite la necesidad de las putas para preservar la honra de las verdaderas mujeres.

Las fotos finales son patéticas por lo ajustadas a la representación, a la teatralidad. Actores y actrices van acomodando la despedida; una mujer ayuda a uno de los visitantes a ponerse el saco, escena que registra un acto que sin duda ha debido repetirse para que la cámara actúe "espontáneamente". Las manos extendidas de ambos sexos intercambian los adioses de modo tan descontextualizado que bien podría tratarse de una separación trivial en un patio familiar, en el de una escuela o una parroquia. Los sexos son o-puestos en su lugar gracias a una separación ascéptica que devuelve los seres a sus esferas correspondientes y los géneros a sus marcas asintóticas.



La serie va extinguiéndose con una fotografía que pone en foco a una parte de los varones mientras sale de la modesta casa de extramuros. Finalmente nos es dado conocer aspectos del edificio: el frente es un frente típico de nuestras construcciones semirrurales con paredes altas de ladrillos expuestos, donde sólo una ventana con persiana deja atravesar la luz ya que las otras tres o cuatro han sido tapiadas. La fachada es casi inocente en su austeridad, compatible – como indican los trazos apagados de antiguas letras – con almacenes, tiendas y moradas familiares. En el medio del grupo que deja la casa camina el joven trajeado y de corbata, el tributante mayor de la excursión. En principio una parte de nuestros varones aborda un auto decapotado y es visible que van precedidos por otros dos que marchan en una "charrette", también típica del campo sureño. La última toma está llena de significados: desde el interior del auto se observa el paisaje rural y en él se destaca el perfil de una avioneta que seguramente aguarda a la mayor parte de este colectivo. Aires rotundos de modernidad y de confirmación de clase o al menos de vecindad con estructuras de poder, ¿quiénes pueden ser conducidos en avioneta a inicios de la década 1940 sino dueños de empinados recursos o funcionarios?14 Señales de un país que acelera la híbridez entre lo arcaico y lo nuevo, lo tradicional y lo moderno, palco de tensiones sociales que anticipan la eclosión peronista, pero que persevera en mantener las matrices genéricas patriarcales. La cámara fálica nos introduce singularmente en los juegos preferenciales de la experiencia histórica masculina: constituir a las mujeres como objetos de deseo e inhibirlas de la libertad de deseo propio. La moral patriarcal no puede entonces sino ser doble. Sin embargo, los ángulos de esta cámara revelan, bajo la parsimonia de los estándares, indicios de las ambigüedades de sentido de los varones tanto como las fugas de su calidad de objeto de que son capaces las más objetivadas de las mujeres.


Fuente:

http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0104-83332005000200013

domingo, 3 de septiembre de 2017

Kitty dejó el trabajo sexual para salvarse

Testimonio de Prostitución



Releo y sigue impresionándome como el supuesto consentimiento de un niño disimula la autoculpabilización con la que carga quien fuera víctima, la  que a su vez disculpa al agresor sexual: Kitty, cuando era un niño de seis años sufrió abuso sexual. “Yo lo hacía voluntariamente
“Tenemos relaciones incluso desde los 10 años”.

Un niño/a no tiene “relaciones”, es abusado, abusada.

Lo perverso es que estos son los argumentos que los puteros, los abusadores de niñas y niños, y la sociedad misma, utilizan para dañar impunemente la integridad de la niñez.
Las palabras  sobran
Alberto B Ilieff




Kitty dejó el trabajo sexual para salvarse

Tiene 50 años y vela por su futuro. El promedio de vida de las mujeres trans es de 35 años.     
27/08/2017



 Kitty Flores revisa los resultados del estudio de Manodiversa, en torno a la situación de los adultos mayores del colectivo TLGB .


A los 50 años, Kitty Flores, que es trans. Trabaja como decoradora y realiza manualidades relacionadas a la cotillonería. Pero, cuando era joven fue trabajadora sexual.

Dejó esa actividad para “seguir viviendo”. Hace más de una década reflexionó sobre la calidad de vida que quería tener.

“Hay que buscar un objetivo. No todo es belleza, prostitución y droga. Hay que tener una meta”.

Kitty, como se hace llamar desde que decidió dejar su indumentaria varonil para vestir como mujer, es una de las líderes de la Unión de Travestis de Santa Cruz y está consciente de que en el colectivo de Trans Lesbianas Gais y Bisexuales (TLGB), las travestis son el rostro más visible y también vulnerable.

Las estadísticas dicen que el promedio de vida de las personas trans no supera los 35 años, según la directora Ejecutiva Mesa de trabajo Nacional (MTN), Rayza Torriani.

En la actualidad, en Cochabamba hay tres personas, de entre 29 años y 32, de esta población internadas en el hospital.

Kitty, que ya piensa en cuando sea adulta mayor y busca seguridad para su vejez, recuerda que su población vive una lucha constante.

“La lucha es constante contra el maltrato policial hacia la mayoría de las trabajadoras sexuales, así como el maltrato médico, porque antes nos llevaban a hacer revisiones obligadas (...) Desde ese tiempo luchamos juntas”.

La unión de las trans se da, en la actualidad, también para las despedidas, cuando alguna de ellas fallece.

“Juntamos dinero para darle un entierro digno. La mayoría muere asesinada o por enfermedades, aparte del VIH”.

Kitty, cuando era un niño de seis años sufrió abuso sexual. “Yo lo hacía voluntariamente. Pero, me di cuenta que era marica (gay) a los 11 y me hice travesti a los 19 años”.

Luego de trabajar por un tiempo en una repostería se sintió presionada y dejó el puesto.

Cuando necesitó dinero, encontró una salida en el trabajo sexual.

“Me dediqué un tiempo”.

Pero, se dio cuenta de que no era una garantía para su futuro.

“Fui bella y hermosa. Pero, ya pasó. Tengo 50 años, sigo siendo simpática, pero ya no soy la misma de cuando tenía 20. Hay que pensar en el futuro”.

Rayza manifiesta que el 90 por ciento de las mujeres trans no llega a los 70 años.

“Esto se debe al poco acceso a la salud, al trabajo, a la buena alimentación. El trabajo sexual, el alcohol, el entorno, nos llevan a una situación de vulnerabilidad, hacia enfermedades que no son tratables”.

Kitty coincide con esas afirmaciones. “Nosotras tenemos la vida avanzada. Tenemos relaciones incluso desde los 10 años”.

INFECTOLOGÍA

Este tipo de situaciones marcaron la vida de Indira (nombre cambiado). A ella, travesti de 32 años, le diagnosticaron VIH y hace poco fue internada en el área de Infectología del hospital Viedma en la ciudad de Cochabamba.

Indira, además, perdió la vista y recuperarla demanda una cantidad de dinero que no tiene.

Sentada en la silla de la habitación, vistiendo una bata, medias y sandalias, agachada y con la aguja del suero en un brazo, le da la espalda al sol que entra por una ventana.

Solo quiere recuperarse y no volver a la vida que tuvo como trabajadora sexual.

“Ya no tengo ni amigas. La amistad es por interés y momentánea. Cuando ganaba dinero tenía un montón de amigas para chupar (beber), para la joda de la vida. Ahora ya no hay nada de eso”.

Sostiene que quisiera tener otra ocupación. Se siente rechazada.

“Ya no veo ni a mi familia. Vino mi hermano, me miró y ni siquiera me dijo ‘toma 10 pesos para tu pañal’. No tengo a nadie”.


La edad

“Tengo 50 años, sigo siendo simpática, pero ya no soy la misma que cuando tenía 20”

Kitty Flores

Fuente:
http://www.opinion.com.bo/opinion/informe_especial/2017/0827/suplementos.php?id=12327



Nota: la fotografía aparece en la publicación original