domingo, 8 de julio de 2018

Regular la prostitución, una batalla histórica


Regular la prostitución, una batalla histórica
Fabiola Bailón documenta las características de esta práctica y las medidas que las autoridades han impuesto en otras épocas



Una joven oaxaqueña, de 18 años de edad, registrada en un burdel de segunda clase. La histórica fotografía forma parte del Registro del Archivo Histórico Municipal de Oaxaca ()


20/12/2016
Abida Ventura
abida.ventura@eluniversal.com.mx

En los últimos meses, en la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México se ha propuesto reconocer y proteger el trabajo sexual, un tema que ha causado polémica entre activistas y defensores de los derechos de las mujeres porque consideran que con una medida de este tipo se corre el riesgo de que aumente la trata de personas.

Para historiadores, como Fabiola Bailón Vásquez, autora del libro Prostitución y lenocinio en México, siglos XIX y XX, una investigación que publica el Fondo de Cultura Económica y la Secretaría de Cultura, antes de implementar una política pública para regular este fenómeno en el México actual se debería hacer una revisión histórica de la prostitución y de las medidas que las autoridades mexicanas han impuesto en otras épocas. Estos temas son precisamente los que ocupan a la investigadora de El Colegio de México en este nuevo volumen de la colección Biblioteca Mexicana.

Especialista en la historia de las mujeres, la prostitución, el lenocinio y el servicio doméstico, Bailón Vásquez sostiene que si hay algo que aprender sobre el trabajo y la explotación sexual en los últimos dos siglos es que los diversos intentos de regulación que se han hecho desde el Estado no han funcionado. Al contrario, algunas de esas medidas contribuyeron a que el fenómeno se expandiera y que se diera paso a un sistema de explotación que sobrevive hasta nuestros días.

Considerado como un “mal necesario” desde la Colonia, el comercio sexual en México tuvo un primer intento de regulación a mediados del siglo XIX por el temor a las enfermedades venéreas y para cuidar la imagen pública. Ese modelo reglamentarista, señala la historiadora, “llevó a ‘profesionalizar’ el ejercicio de la prostitución, ya que aceptó la existencia de burdeles y cabarets, se reconoció el papel de las matronas como intermediarias y guardianas del orden y se normó la vida y los espacios de las prostitutas”.

“Es un sistema muy complejo porque implicaba la revisión médica de las mujeres, el pago de un impuesto; ellas tenían que cumplir una serie de reglas, como cumplir medidas higiénicas para evitar la sífilis”.

Este sistema restrictivo que sobrevivió hasta las primeras décadas del siglo XX llegó a implementar un registro de prostitución en diversas partes del país. Para ejercer el trabajo sexual, se requería una licencia que incluía los datos generales de las mujeres, detalles sobre el sitio donde trabajaban, los cambios de lugar de trabajo, clase social... Sin embargo, indica la historiadora, el gran problema de este modelo fue que únicamente se centró en regular las acciones de las mujeres y dejó de lado el papel que los hombres ejercían en el comercio sexual. “La característica del reglamentarismo es que no consideró a los explotadores varones, aunque existieron desde la Colonia y van a existir durante todo el siglo XIX y XX. El Estado no pone especial atención en ellos, cree que a través de la regulación y del control de las matronas, ellos dejarán de existir, pero no es así, muchas veces son ellos los que operan detrás de las matronas, son los dueños de los burdeles y son los que explotan a las mujeres”, dice en entrevista la autora de Mujeres en el servicio doméstico y en la prostitución.

Para la investigadora, la omisión del Estado hacia el papel que tenían los hombres, así como la violencia masculina, la corrupción y la complicidad entre las autoridades y los explotadores fueron precisamente los factores que permitieron que las mujeres quedaran en una situación de vulnerabilidad que sigue hasta nuestros días. “Durante 80 años, en la Ciudad de México y en los estados la atención de las autoridades estuvo centrada en las mujeres, no en los varones. Eso da una idea del escenario que tenemos hoy en día en cuanto a la explotación de la prostitución ajena”, indica.

La presencia de los proxenetas y varones acusados de lenocinio comienza a salir a la luz en la primera mitad del siglo XX, pero son pocas las veces en las que se les persigue, comenta la historiadora. En 1940, refiere, particularmente en la Ciudad de México hay un cambio de régimen al que le preocupaba cuidar su imagen, por lo que busca derogar todos los reglamentos de prostitución para no ser considerado como un “Estado proteccionista” de esa práctica. Lo que esto provocó fue una constante persecución a quienes la ejercían y el blanco número uno fueron las matronas que “gozaban de permisos oficiales”. En cambio, los proxenetas varones gozaban de impunidad y protección. “Hacia 1930 el delito de lenocinio es incluido en el Código Penal, pero en la medida en que ya desde siglos antes se establece una diferencia de género, a quienes se persigue más son a las mujeres, no hay una persecución directa a los varones ni hay tanta visibilidad. Los proxenetas van a empezar a verse más en la prensa en los años 40; es hasta épocas muy recientes que se empieza a hablar de los padrotes, cuyas prácticas de explotación han llamado mucho la atención últimamente, por ejemplo, con el caso de los padrotes tlaxcaltecas”, dice.

En los casos recientes de explotación ejercida por proxenetas se habla de modos sofisticados de operar, no obstante, explica la historiadora, la violencia masculina ha sido una constante histórica. “Los modos de operar de los tratantes hoy en día son mucho más sofisticados, pero ya desde principios del siglo XX se hablaba de que enamoraban a las mujeres, las enganchaban y las introducían en el mundo de la prostitución; lo que se utiliza desde el siglo XX es la fuerza física, buscar medios para obligarlas a ejercer la prostitución”, señala.

Fuente
http://www.eluniversal.com.mx/articulo/cultura/artes-visuales/2016/12/20/regular-la-prostitucion-una-batalla-historica


Nota: la fotografía está en el original




¡Prostitutas!


Este artículo fue publicado en 1936, en un momento histórico muy diferente al presente, sin embargo encontramos muchas de las ideas que aún se enarbolan y ya claramente planteado el conflicto entre abolicionismo y reglamentarismo.
También muestra como ya entonces los proxenetas y tratantes hacían decir a las mujeres explotadas que lo hacían “por propia voluntad”, que eran autónomas.
No ha agregado, quizá porque en aquel entonces era raro, el sometimiento por drogadependencia o por amenazas a los hijos.
Vemos que los tiempos han cambiado, pero no los procedimientos, la violencia descarnada y la complicidad de los estados y los puteros-“clientes”.
La historia pasada y la actual nos indica que regulando o reglamentando la prostitución nada cambia, solamente se maquilla para convertirla en una cara mejor vista socialmente y capaz de irresponsabilizar a prostituidores, sus familias y en definitiva a toda la sociedad porque ya no será una cuestión a resolver, un problema social, sino “un trabajo como cualquier otro”.
Alberto B Ilieff

¡Prostitutas!
Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso en el número 149 de la revista valenciana
«Estudios», correspondiente a enero de 1936.
Javier Vanegas
Los escritores decadentistas –sin excluir, naturalmente, al gran Verlaine– han entonado cánticos en loor de esas desventuradas mujeres que esperan (en las oscuras calles y en los sórdidos tabucos, unas, y en las lujosas e iluminadas salas de los cabarets o en perfumados salones, otras) la llegada del macho que, a cambio de la pasajera y mecánica posesión de su cuerpo, les entregue unas monedas con las cuales satisfacer sus necesidades perentorias y, alguna vez, sus caprichos. En torno a tan lamentable comercio –el que más hondamente hiere la dignidad humana– se alza una aureola de frivolidad falsa, mezclada con un fatalismo venenoso.

Poetizar algo tan denigrante, justificar como fuere un acto que es síntoma vivo de una terrible lacra social, es cometer un verdadero delito de lesa humanidad. Es preciso desvanecer esa leyenda dorada, rasgar los velos que nos ocultan la verdad; proceder, en suma, como el médico que pone al descubierto una llaga para cauterizarla. No se combate un mal ocultándolo. Hay que ahondar en él como el cirujano al desbridar una herida que tiende a cerrarse en falso.
Esto es lo que nos proponemos. Y al acometer la empresa procuramos actuar de una manera objetiva, prescindiendo –en la medida posible– de nuestro personal criterio.
Refutemos, ante todo, un argumento que suele esgrimirse con frecuencia y que sirve no pocas veces para sembrar la confusión en torno a conductas incalificables. No se trata de parangonar la prostitución con la libre relación sexual. Aquélla y ésta no tienen ninguna semejanza. El doctor Díez Fernández (1) ha sostenido –con razón evidente– que la castidad no es «abstención», sino «limpieza de móviles», impulso sano, ejercicio normal y franco de funciones lícitas de acuerdo con las normas de la Naturaleza.
La prostitución, por el contrario, es una subversión de las leyes naturales, una malversación de energías útiles. La prostituta no utiliza su sexo de un modo natural, es decir, para la satisfacción de las necesidades sexuales de su organismo, sino como instrumento o medio de ganar lo suficiente para satisfacer todas sus necesidades. Y no sólo se produce así el mal uso de sus órganos genitales, sino que, por la excitación que provoca en los hombres –medio de aumentar sus clientes– hace que éstos realicen el acto sexual sin espontáneo deseo.
El amor libre es algo radical, fundamentalmente distinto. Dice el doctor Iwan Bloch que «el amor libre pondrá un freno mucho más duro al desordenado comercio carnal ilegítimo que el matrimonio, tal como está hoy constituido, y, sobre todo, lo ennoblecerá» (2). El ilustre doctor alemán alega, en apoyo de sus afirmaciones, argumentos de tal fuerza lógica, de tal evidencia, que no cabe refutación alguna.
Mas no es preciso aducirlos aquí para nuestro propósito. La prostitución carece de la cualidad fundamental del amor libre: el desinterés. No tiene espontaniedad, no es, en suma, libre, sino forzado: para la mujer, por la triste necesidad de vender caricias; para el hombre, por la no menos triste necesidad de comprarlas. Se dice que la prostitución es la consecuencia inevitable de la civilización. Falso. Falso y, además, inicuo. No es consecuencia de la civilización, sino de una aberración de ella, de una injusticia de ella; es producto de una organización económica que no sólo hace posible, sino inevitable, la transformación de las funciones sexuales en negocio o, simplemente, medio para ganar la vida.
Para examinar esta abominable y dolorosa plaga con la serenidad que un acertado juicio exige, debemos dejar bien aclaradas las diferencias entre ella y el amor libre; despojémonos de prejuicios, originados, cuando no por un interés egoísta de los que disfrutan de privilegios, por una lamentable confusión, favorecedora de la continuación de éstos.
En el amor libre, hombre y mujer se entregan por inclinación recíproca, sin coacción alguna, en cumplimiento de leyes naturales que, como todas las de igual fuente, son justas, limpias, verdaderamente morales. Del amor libre nace la felicidad.
La prostitución es, por parte de la mujer, la función sexual como oficio; por la del hombre, la mecánica satisfacción de una necesidad, como recurso. Ninguna relación que no sea mera y mezquinamente animal; sin sentimiento que la ennoblezca, sin espontaneidad. De la prostitución nace la dolencia, la degeneración, la desgracia.
La sociedad burguesa y mojigata que cuanta menos moral practica más alardea de ella, abomina de la prostitución mientras la produce, la fomenta y le rinde vasallaje. Los sesudos varones, espejo de caballerosidad, que constituyen juntas de moralidad, suelen privadamente contribuir al aumento de la prostitución, mantienen queridas y se oponen abiertamente a todo cambio de la sociedad que entrañe el peligro de acomodarla a una ética natural y efectiva.
Las diatribas que contra las prostitutas lanzan no son, a fin de cuentas, sino un medio de disimular sus disipaciones y una injusticia más que añaden a las que pesan sobre su conciencia. Y a reacción –equivocada por su sentido– obedece esa glorificación a que se dedicaron los decadentistas; reacción que obedece a un principio de alto valor moral, pero que lleva a ensalzar esa plaga en lugar de conducir a combatirla de un modo realmente justo, esto es, suprimiento sus causas, entre las que figura, con rigor extremado, la miseria con su cortejo de hambres, privaciones y vejámenes.


La prostitución y sus clases
No es éste lugar para el maduro examen de definiciones ni disponemos del espacio preciso para trazar, por brevemente que fuera, un resumen histórico de la prostitución. Ocasión tendremos de exponer, con el necesario detalle, nuestro modo particular de entender el problema. Nos proponemos hoy hacer llegar a nuestros lectores diversos aspectos de la prostitución moderna. Mas como no nos guía el morboso afán de exhibir facetas frívolas, propias de revistas superficiales, muy respetuosas con el orden social establecido y con la gazmoña moralidad al uso, forzosamente hemos de indicar las fuentes actuales de la prostitución, las circunstancias que en ella concurren y las que rodean la vida de las desventuradas mujeres que la tienen como profesión.

Muestrario de un burdel
No afirmaremos, como Pappritz, Blaschko, Keben (3) y tantos otros ilustres investigadores, que la prostitución sea únicamente producto de circunstancias económicas; pero sí aceptaremos con Bloch que «nuestra vida sexual está tan íntimamente unida a la cuestión social, que su reforma implica irremisiblemente la de las circunstancias económicas». Es indiscutible que no pocas muchachas que trabajan por un jornal mísero ceden a las insinuaciones de quienes les ofrecen bien un suplemento de salario, bien una remuneración mucho más elevada, por algo que no es un trabajo propiamente dicho.
No creemos que nadie niegue la existencia y la importancia de este comienzo de prostitución. Los moralistas a ultranza (?) fulminan anatemas contra «el vicio», el «afán de lujo» y la «pereza» de las jóvenes obreras que cambian la aguja por la protección de un caballero (a quien, dicho sea de paso, eximen de responsabilidad) que satisfaga sus necesidades. Basta recordar lo que, sobre esto, escribió Max Nordau en su célebre libro Mentiras convencionales de la civilización (4) para encontrar la réplica adecuada.

La policía, en acción moralizadora
En efecto: la sociedad burguesa, moralísima cultivadora de las buenas costumbres, actúa en virtud de normas originalísimas. Si un casero, por ejemplo, no percibe de una mujer, inquilina de su finca, el alquiler estipulado, procederá a desahuciarla; mas si esta mujer, vendiéndose a cualquiera, le paga, la tratará con las máximas consideraciones. Eso sin perjuicio de abominar de la prostitución. Lo mismo hacen el panadero, el carnicero, el zapatero, etc.
Se le exige a la mujer virtuosa que padezca los rigores de la miseria, la privación permanente de lo superfluo y de lo necesario. Y, al mismo tiempo, se permite que la no virtuosa satisfaga sus necesidades y sus caprichos aunque para ello se prostituya. La sociedad quiere que las mujeres sean honestas; pero, al mismo tiempo, les impone la necesidad de que no lo sean cerrándoles todos los caminos menos ése.
Por todo ello hay prostitutas en diversas clases sociales: las hay en las altas cuando sienten la pasión de joyas, pieles costosas, autos; en las burguesas, atenidas a sueldos o rentas insuficientes, y, con más razón, en las obreras que disfrutan de un salario mísero e inseguro. No son prostitutas únicamente las que hacen vida en los prostíbulos o las que aguardan por las noches en las esquinas callejeras la llegada del hombre que ha de comprar sus favores. Lo son también las mujeres casadas que obtienen de sus amantes la solución de problemas económicos de su hogar; y las empleadas que, merced a esos actos, pueden vestirse con alguna comodidad; y las obreras que se aseguran mediante dádivas de amigos lo que precisan para el sustento.
Tan absurda es la vida social contemporánea, que no es raro el caso de un hombre que, conocedor de las dificultades pecuniarias de su casa y viendo que éstas se resuelven sin su intervención, descarga su furor contra su mujer si descubre infidelidades gracias a las cuales puede vivir la familia. Prostitución es, y de las más crueles, porque se realiza por la mujer en un terrible sacrificio.
Es cosa comprobada que infinidad de prostitutas proceden de las filas del servicio doméstico. Las criadas, asediadas constantemente por el amo o por sus hijos, en la alternativa de aceptar sus proposiciones o perder la colocación, sucumben muchas veces; empezado el camino, es difícil detenerse en él. Si la falta se descubre, la señora despide a la sirviente y, con ello, el orden queda restablecido y la moral se restituye al hogar. Abandonada a su suerte, embarazada tal vez, la criada ha de resolver su problema. La prostitución, pública, de mancebía o callejera, le brinda un «modus vivendi» al que suelen acogerse.

Antes de ejercer el oficio, y dos años después
Suele clasificarse la prostitución en pública y clandestina: la primera es la de prostíbulos y la callejera; la segunda, la que ejercen mujeres que no están consideradas oficialmente como prostitutas (camareras, tanguistas, empleadas y obreras protegidas, señoras casadas que tienen varios amantes, etc., etc.). Es cosa comprobada por la experiencia que la mayor parte de las contaminaciones venéreas y sifilíticas proceden, en su mayoría, de la prostitución clandestina, no sujeta a la acción profiláctica oficial. En cambio, la prostitución pública tiene múltiples características que la hacen condenable.

La vida de las prostitutas
La mujer que adopta como profesión el alquiler de su cuerpo ha de optar, dentro de la prostitución pública, entre la vida de mancebía y la independiente. En el primer caso es ignominiosamente explotada por la dueña del prostíbulo; hay ocasiones en que no existe otra retribución que la comida. Por eso las prostitutas prefieren dedicarse a su «trabajo» de manera libre, para no tener que abandonar a otra persona la mayor parte de lo que ganan.
La existencia de las mancebías tiene aspectos verdaderamente repugnantes. La humillación constante de las pupilas, obligadas a presentarse «en rueda» para que los clientes escojan la que más les agrade, se convierte en algo que, por lo repetido, llega a parecerles natural. La favorecida debe yacer con el que paga, joven o viejo, sereno o borracho, normal o anormal. Y, si no quiere verse precisada a marcharse de la casa, tiene que complacer al parroquiano satisfaciendo sus caprichos, practicando sus aberraciones.
Renunciamos a describir con mayor detalle las circunstancias en que se desenvuelve, con monotía exasperante, la existencia de las infelices pupilas. Sus escasos ingresos se ven mermados por la compra de telas, perfumes y baratijas que les ofrecen los vendedores que, dando facilidades de pago, cobran sus mercancías con un recargo del cien por cien sobre el precio corriente.
De la situación de las pobres mujeres en esas casas puede formarse idea recordando lo que se supo en el famoso proceso de Regina Riehl, famosa dueña que, merced a la lenidad de la policía, no sólo retenía a sus pupilas contra la voluntad de las mismas, sino que las castigaba corporalmente y no les daba otro pago que la comida. Esto ocurría no en lejanas épocas –como podría suponerse en pura lógica–, sino en 1906, esto es, hace apenas treinta años.
Cuando el cliente lo desea, la infeliz ha de pasar con él toda la noche, renunciando a descansar y soportando malos tratos e impertinencias. Así las mujeres que viven en casas de lenocinio envejecen y se ajan prematuramente. Ruedan de una mancebía a otra inferior hasta que, perdidos sus encantos, no son admitidas en ninguna.


A la caza del cliente
Si se exceptúa la mayor ganancia, no es mucho mejor la suerte de las prostitutas callejeras. En cualquier época del año, con frío o calor, llueva o nieve, ha de pasear su tedio por las callejuelas oscuras, desde el anochecer hasta que logra lo suficiente. Tiene muchas competidoras, tantas, que no pocas veces ha de retirarse de madrugada sin haber conseguido ganar para comer al día siguiente. Para evitarlo se esfuerza en conquistar como fuere al transeúnte, degradándose con aberraciones que sirven de aliciente a los hombres remisos. Ofertas que llegan a extremos insospechados.
Sin la higiene más elemental, efectuando el acto sexual con desconocidos, temprano o tarde sufrirá una contaminación luética que le impedirá seguir su triste oficio. Los efectos de estas enfermedades son bien conocidos, aunque quizá no tanto como debieran. Diariamente vemos por ahí a verdaderas ruinas humanas que un año antes fueron mujeres jóvenes y atrayentes.
Y como la actual organización social es radicalmente injusta, las desventuradas que rodaron tan bajo ven pasar en lujosos automóviles a otras mujeres, tan prostitutas como ellas, pero que, con más suerte, han logrado adquirir pieles, joyas, acaso un hotelito o el mismo auto desde el que parecen desafiar la miseria ajena. Artistas que, lanzadas por un rico protector, utilizan el reclamo del escenario para vender sus caricias a buen precio; muchachas de buena familia que se sirvieron de sus relaciones sociales para buscar un amigo acomodado; señoras casadas que se prostituyen decentemente para satisfacer lujos que el sueldo o la renta del marido no pueden pagar; viudas que, teniendo pensión, con la que viven humildemente, se ayudan tomando amantes que les proporcionan comodidades y caprichos.
Las mujeres de la calle ven cómo esas prostitutas viven sin apuros, sin la amenaza del hambre, sin el tormento del frío, rodeadas del inmerecido respeto de los revenciadores incondicionales del éxito. Moralmenet son iguales todas. Pero el mundo sólo distingue dos clases de gentes: la que tiene dinero y la que carece de él. Por eso las de automóviles, pieles y hotel son señoras, y las que viven en prostíbulos o esperan a los hombres en las esquinas, son mujerzuelas.
Unas viven en casas cómodas, tienen criados, visten a la moda, frecuentan las salas de espectáculo, veranean en las playas de lujo. Para eso están las cuentas corrientes del marqués de A., del Banquero B. o del estadista C. Llegan incluso a ejercer decisiva influencia sobre los magnates de las finanzas y de la política. Si saben precaver posibles contingencias, se aseguran un porvenir en previsión de una ruptura o un abandono.
Las otras viven al día, sin esperanza de un futuro mejor; al contrario, sólo pueden esperar, con el desgaste fisiológico inseparable de su oficio, una depreciación de sus gracias. Vendrá entonces, cuando no basten los afeites para disimular su avejentamiento prematuro, el lanzas sus ofertas al viandante desde las zonas de oscuridad, a las que no llegue la luz descubridora de rostros marchitos y cuerpos fofos. Vendrá, con esto, la necesidad de practicar aberraciones sucias y repugnantes, para brindar a los clientes algo que no suelen darles las jóvenes y lozanas, a quienes les basta con entregarse normalmente. Si por azar (ya que las fuentes de la maternidad se secan en las prostitutas, que han de yacer cinco o seis veces cada día con hombres diferentes) conciben un hijo, el problema se agudiza en términos terribles: ¿conservar el hijo, ejerciendo la prostitución? Las dificultades son insuperables. ¿Desprenderse de él, abandonándolo a la caridad oficial? Aunque madres involuntarias, son madres al fin y no son ajenas al sentimiento más puro que han encontrado en su vida dolorosa.
Serán siempre víctimas de quienes las prostituyen primero y las desprecian después, por ser prostitutas. Vivirán al margen de toda consideración social; sólo sabrán que hay leyes porque en nombre de ellas se las perseguirá, se les impondrán arrestos y multas. Los mismos que las buscan para desahogar en ellas sus apetitos, las desprecian un minuto después de satisfechos.
Sometidas a esta constante humillación, hartas de entregarse mecánicamente a cuantos paguen, buscan –y, por desgracia, encuentran– a un hombre con el que disfrutar del goce sexual, un hombre que puedan considerar como suyo. Lógicamente, el que soporta la prostitución de su novia no suele ser un hombre de escrúpulos morales; es el aventurero, el maleante (ladrón, carterista, timador), el vago profesional que, conocedor de la necesidad que la prostituta siente de un rincón de afecto, de un poco de amor verdadero, se deja querer, cobrando al mejor precio posible sus favores.

La sociedad las fomenta y las castiga
El novio (es decir, el chulo) es, entre las prostitutas, una institución. Viven bien; ellas les pagan sus necesidades y sus vicios; beben, fuman, presumen… Y si no obtienen lo que estiman suficiente, menudean los golpes y, no pocas veces, relucen las navajas, y la sangre de las infelices salpica las paredes y empapa lechos de burdel. Estos crímenes seudopasionales, de asquerosa etiología, verdadera plaga en la vida de las grandes ciudades, son tan frecuentes que no necesitaremos recurrir a las estadísticas para que el lector comprenda su importancia como mal de la colectividad.
Evidentemente, con diferencias debidas a la distinta categoría social de los personajes del drama, el chulo se da en todos los casos de la prostitución. Rara es la mujer elegante prostituida que, para compensarse de su actividad sexual forzada, no tiene un «amant du cœur» (amante del corazón), como se les llama en Francia a los que disfrutan del amor verdadero de una dama que tiene otros.
Con frecuencia un joven de buen porte, distinguido y mundano, posee las caricias… y el dinero que una mujer de buena sociedad obtiene de su marido y de otros amantes. En estos casos (que hasta aquí hay injusticia), el chulo, que no quiere comprometer su posición social, no suele maltratar a su amante ni provocar escándalos que derrocarían su inmerecido prestigio de hombre digno. Tampoco faltan, en fin, los maridos que ejercen funciones de chulo, permitiendo, cuando no provocando o favoreciendo, la prostitución de su esposa para disfrutar de los beneficios materiales que de tal modo se obtengan. Y también ocurre, a veces, que esos maridos, bien por un resurgimiento extemporáneo de su amor propio o por exacerbación de su egoísmo defraudado, maten a su mujer para vengarse de un deshonor en el que hasta aquel momento no habían reparado. Abundan también estos vulgares crímenes de flamenquería, disfrazados de pasionales.

Conclusión
En burdeles, en cafés cantantes, en cabarets, en salones de té, en cafés (desde el modesto bar hasta el más lujoso establecimiento), en las calles de las ciudades populosas, las meretrices, públicas o disimuladas, buscan clientes. Desde la liaison elegante y dorada hasta el brutal convenio de quince minutos, la prostitución constituye una plaga inmensa, que desmoraliza los espíritus y degenera y enferma los cuerpos. Millares de mujeres y no pocos hombres viven de ella. Se practique en casas de lenocinio, en casas de citas, hoteles o casas particulares que ceden «habitaciones discretas», pupilas, meretrices independientes, busconas, cocottes de alto vuelo y demimondaines devoradoras de fortunas mantienen el bochornoso comercio de la prostitución. Adopta ésta, en la actualidad, formas variadísimas. Se anuncia en los diarios de peregrinas maneras: hay masajistas, manicuras y callistas que jamás conocieron las más elementales reglas de semejantes profesiones; señoras casadas, viudas o huérfanas que solicitan préstamos o protección de caballeros distinguidos y reservados. Quién pide cooperación para mantener un negocio; quién ofrece cuidados domésticos; quién, finalmente, se titula bella mecanógrafa, secretaria o profesora de idiomas.
La prostitución, opinan los más inteligentes y laboriosos investigadores, es causa de incontables desgracias. La experiencia de médicos, higienistas y legisladores ha demostrado elocuentemente que a ella puede atribuirse un elevado porcentaje de calamidades en la sociedad moderna y la casi totalidad de los padecimientos venéreos y sifilíticos, amén de abundantes casos de alcoholismo, epilepsia, locura, degeneración hereditaria y toxicomanía. Conduce frecuentemente a la inversión sexual y a otras aberraciones lamentables.


La vida de las prostitutas, exceptuando el escasísimo número de las que logran fortuna, es bastante inferior a la de muchos animales, puesto que ellos no han de someterse a prácticas contrarias a la Naturaleza. Lejos de mejorar su condición, las medidas policíacas adoptadas en múltiples lugares sólo han servido para empeorarla, porque no van dirigidas contra la prostitución (considerada oficialmente como necesaria),sino contra las prostitutas. Las disposiciones no tienden a suprimir ese comercio carnal bochornoso; van encaminadas a restarles publicidad. Se hace con las mujeres públicas lo que con los mendigos: se las persigue; se las confina a determinados barrios; se las detiene cuando deambulan por las calles antes de la hora fijada. Pero no se combate la raíz del mal. Y esas persecuciones serían justas si la sociedad hubiera hecho innecesaria la prostitución.
Se han emprendido cruzadas internacionales contra el monstruoso negocio, también internacional, de la trata de blancas, proveedor de carne nueva de los prostíbulos, organización que recurre a todos los procedimientos para mantener sus actividades; se han ensayado diversos sistemas y se ha discutido extensamente si era mejor el de reglamentar o el de tolerar el ejercicio libre de la profesión. Nada se ha conseguido, porque no se cura una dolencia atacando sus síntomas, sino destruyendo su origen.
Hay, pues, que transformar hondamente la sociedad, facilitar las uniones normales y espontáneas, suprimir la miseria, la injusta desigualdad económica y de trato. Cuando esto se logre la prostitución perderá su carácter actual; quedará, tal vez, como vicio, como aberración condenable, y podrán ya adoptarse contra ella, sin daño alguno de la justicia, las medidas más contundentes y rigurosas.
Mientras esto no suceda, los sesudos y respetables señores, fomentadores en privado y detractores en público de esa plaga, no pasarán de ser hipócritas comediantes que disimulan con injusticias secundarias otra mayor y más honda, a cuya perpetración contribuyen de no escasa manera.
Nuestra pluma no perseguirá a las desventuradas prostitutas, ni tampoco se moverá para contribuir a una glorificación que nos parece contraproducente y estúpida. Escribirá, sí, tanto como pueda, contra una organización social que, tras de inmolar a sus miembros más débiles, los fustiga y los desprecia.
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[1] El doctor Carlos Díez Fernández fue en efecto autor, entre otras, de una obra titulada precisamente Castidad. Impulso. Deseo, publicada en 1930 por Javier Morata, editor también de varias obras originales y traducciones de Luis Hernández Alfonso. Firmó junto con otros intelectuales el Manifiesto de la Alianza de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura, publicado en «La Voz» el 30 de julio de 1936, sólo unos días después del Alzamiento faccioso. El doctor Díez Fernández moriría fusilado por los franquistas. Debemos a la amabilidad del profesor Marc Reynés, estudioso de la obra y figura de María Zambrano, la confirmación de que estuvo casado con Araceli, la hermana menor de la filósofa. [Nota de Pablo Herrero Hernández]
[2] Al dermatólogo berlinés Iwan Bloch (1872-1922) se le considera el padre del término sexología y el fundador de esta disciplina. Uno de sus principales estudios versa precisamente sobre la prostitución. [Nota de P. H. H.]
[3] Se trata de tres importantes estudiosos alemanes de la prostitución. Anna Pappritz (1861-1939), defensora de la autonomía de la mujer en campo moral y de su igualdad de derechos, fue figura destacada del movimiento por la abolición de la prostitución. El dermatólogo Alfred Blaschko (1858-1922) estudió la prostitución desde el punto de vista histórico e higiénico. Georg Keben (1859-1921), además de un estudio sobre la prostitución, publicó hacia 1913 una curiosa obra titulada Las armas del sexo en el amor y en la moral, título y tema modernos donde los haya. [Nota de P. H. H.]
[4] La obra citada del famoso médico, pensador y crítico social húngaro Max Nordau (1849-1923), publicada en 1883, aparecería en español sólo cuatro años más tarde. [Nota de P. H. H.]

El artículo que antecede ha sido localizado en el archivo del Ateneu Enciclopèdic Popular de Barcelona, a cuyo competente y entusiasta presidente Manel Aisa va nuestro más sincero agradecimiento.


Fuente:
https://loshernandez.wordpress.com/2006/10/10/%C2%A1prostitutas/

La Corte Suprema surcoreana reconoce que se fomentó la prostitución con militares de EEUU


El patriarcado tiene su fuerte en las instituciones masculinas cerradas. La “industria de la diversión” dedicada a los soldados es parte de las estrategias de control sobre ellos, especialmente la provisión de mujeres sobre las que pueden descargar parte de sus frustraciones.
Estas noticias clarifican la íntima relación que existe entre los gobiernos, las instituciones y la trata de personas con fines de explotación sexual.
Las llamadas “mujeres de confort”  (ver entradas de este blog de enero de 2014) ejemplifican claramente estas intervenciones.
Alberto B Ilieff



La Corte Suprema surcoreana reconoce que se fomentó la prostitución con militares de EEUU
© AFP 2018/ Jung Yeong-Je
13:33 13.02.2018

Corea del Sur alentaba la prostitución al instalar asentamientos civiles cerca de las bases estadounidenses durante los años 1970. El Estado incentivaba esta práctica, que justificaba con la necesidad de reforzar la unión militar entre el país y Estados Unidos y de recibir moneda extranjera.

Es la primera vez que una corte surcoreana señala al Estado como responsable de una prostitución que llegó a ser sistemática y que se intensificó, sobre todo, en los asentamientos civiles próximos a las bases militares.

"El Estado se vio con el derecho de dirigir la vida sexual y, además, la propia identidad de los demandantes, a los que utilizó como instrumentos para alcanzar sus objetivos, violando los derechos humanos", se dice en el fallo de la Corte Suprema de Corea del Sur.
CC0 / PIXABAY

Oficiales de la Marina de EEUU, acusados de vender información secreta a cambio de orgías
El fallo obliga al Estado a compensar a las 117 'mujeres de consuelo' que interpusieron una demanda contra la República de Corea. 74 de ellas recibirán 6.450 dólares y, las otras 43, 2.760 dólares.
"Como se deduce de los documentos oficiales del Ministerio de Salud, [el Estado] buscaba, entre quienes vivían cerca de las bases estadounidenses, a 'mujeres de consuelo', a quienes exigía que brindasen servicios 'de cortesía', es decir, prostituirse en la práctica, entre los militares extranjeros, para que estos se relajasen y pudiesen utilizar cómodamente sus servicios. Al instalar asentamientos civiles alrededor de las bases, el Estado perseguía movilizar a las 'mujeres de consuelo' para levantar y mejorar la moral de los soldados extranjeros, conservar la unión militar necesaria para garantizar la seguridad del Estado y objetivos económicos tales como la obtención de dinero en divisas", reza el fallo.




Además, la República de Corea alentó activamente y justificó la prostitución desarrollando la infraestructura necesaria para ello y 'educando en los valores patrióticos' a las chicas, a quienes aseguraban que vender su cuerpo a cambio de dinero las convertía en auténticas patriotas.

Seúl y Tokio solucionan el conflicto de las mujeres del consuelo
Se reconoce también que el Estado violó indirectamente la integridad personal y demás derechos básicos con el pretexto de tratar enfermedades de transmisión sexual. A las demandantes se les hacía permanecer en habitáculos aislados y se las sometía a tratamientos perjudiciales y con consecuencias físicas adversas, señala la Corte Suprema surcoreana.
El fallo es importante por ser el primero que señala al Estado como responsable de la prostitución en los asentamientos próximos a las bases militares estadounidenses. La corte toma en consideración el daño físico y psicológico sufrido por las víctimas, independientemente del tiempo transcurrido desde la consumación de los actos.

"La República de Corea, como parte demandada, está en su derecho de presentar la apelación pertinente, pero instamos, nosotros y los demandantes, a que no lo haga", ha subrayado a Sputnik el bufete de abogados de Hyangbeop que lleva la causa.

Fuente
https://mundo.sputniknews.com/asia/201802131076235122-prostitucion-bases-eeuu-corea-del-sur/







¿De qué trabaja una actriz porno cuando ya no puede rodar películas?


La pornografía es parte del sistema prostituyente, una máquina que enriquece a unos pocos y lastima, muchas veces de manera irreparable, a tanto/as otro/as. Lejos de los vidrios de colores con que nos quieren crear la ilusión de buen vivir, lujos, comodidades y placer, sobre todo mucho placer, la verdad es muy otra, tan sórdida que no queremos conocerla y la seguimos dejando oculta.
La pornografía es una herramienta de control social, penetra nuestra subjetividad y nos dice qué tipo de relaciones debemos entablar entre hombres y mujeres, quien es activo y quien pasiva, sumisa, quién el dueño del placer. Nos alecciona y condiciona quitando vitalidad al deseo sexual, llevándolo por el camino que la sociedad quiere para que deje de ser liberador, expansivo.
Esta nota nos muestra apenas un signo de todo esto.
Alberto B Ilieff




¿De qué trabaja una actriz porno cuando ya no puede rodar películas?

“Con mi primera escena porno, gané 350 euros con solo una felación, pero era tan violenta que vomité”, recuerda Diana. Años más tarde, Diana dejo la pornografía. "El primer trabajo serio fue en una multinacional de ropa, pero me echaron en una semana, porque venían tíos que me reconocían, porque me habían puesto en un foro de prostitutas”.
DAVID NAVARRO | @madnavarro | Madrid | Actualizado el 03/07/2018

A sus 36 años Diana no ha cotizado demasiado pese a que lleva trabajando desde los 19. Fue actriz porno hasta los 32, cuando decidió que era el momento de cambiar de vida y empezar una nueva etapa. No es una estrella mediática del porno, ni tiene su propia productora, es una currante más que un día decide cambiar su vida, pero el porno te atrapa.

Diana no se llama Diana realmente, pero tampoco es su nombre artístico. Es el nombre que ella misma ha elegido para aparecer en este reportaje, porque pese a que no oculta su vida anterior, no pretende convertirse en un ejemplo para nadie, ni quiere que le reprochen cuánto ganó o qué cosas ha tenido que hacer. De hecho, Diana ha tardado más de dos meses en responder y aceptar aparecer en este reportaje.

La primera escena porno que rodó fue con un productor francés, y no era una escena en sí misma, sino que formaba parte de un casting grabado. Sin saber realmente si ya habían empezado a grabar, lo que ella vivió es lo más parecido a una violación.

“La felación era tan fuerte que vomité, y eso era lo que buscaban, a todo el mundo le pareció bien”. Su primer porno no era muy común, era sólo una felación pero con la intención de hacerlo de la forma más violenta posible y grabarlo. “Gané con 350 euros con solo una felación”, recuerda Diana.

Durante los siguientes años ha grabado más de 300 escenas. Y ha cobrado de media de 500 euros. “Todo depende de cuánto tengas que hacer, y si ya les conoces y sabes que te van a llamar de continuo, gana menos. Lo menos que he ganado por una escena han sido 200”.

Si cogemos la calculadora, nos sale que en el mejor de los casos, Diana podría haber ganado unos 150.000 euros en 10 años. No suena mal, pero eso son solo 15.000 euros al año, que no es mucho.

“Yo he grabado solo en España, pero para vídeos, webs y peep shows de varios países. He grabado con gente de Italia, de Francia y de Alemania, en Madrid, en Barcelona, Valencia y en Ibiza”, explica Diana.

“No voy a decir que todas las actrices porno ejerzan la prostitución, porque no es en absoluto el caso, pero yo y muchas chicas lo hemos hecho de forma esporádica para complementar lo que se gana en el porno”. Ser reconocida es un reclamo publicitario, las pornstars que también ejercen la prostitución pueden pedir mucho más, porque son reconocidas.

El día en el que Diana decide cambiar de vida es cuando una de sus compañeras descubre tener una enfermedad de transmisión sexual y a la vez, en la misma semana, Diana tiene un problema con su prótesis de pecho, una infección bastante urgente.

El médico le alerta sobre que tienen que operarle para cambiársela porque está en mal estado.

“En solo una semana te sientes la persona más tonta del mundo. Sientes que has metido la pata por jugar con tu cuerpo, porque si mi amiga está como está, yo podría estar igual. Y además, yo tuve una infección de pecho muy grave por la prótesis, y eso me hizo pensar en qué estaba haciendo con mi cuerpo, y si todo esto tiene sentido”, reflexiona Diana.

Además reconoce que desde los 19 años no ha tenido una relación amorosa estable en la que pudiera sentirse realmente cómoda, por su profesión.

Diana se gastó parte del dinero que tenía ahorrado en la operación para cambiarse la prótesis, y estuvo tres meses sin poder trabajar, por el post-operatorio de la cicatriz. Y fue entonces cuando, a los 32 años, decidió cortar por lo sano y no volver a grabar. Aunque Diana reconoce que hacía tiempo que no le llamaban como antes.

Echó currículums a trabajos comunes. “El problema es que con una 110 de pecho, tatuajes, sin estudios y con ninguna experiencia en nada que no sea el porno, no te cogen en ningún sitio. No sabes qué decir cuando te preguntan ¿pero tú en qué has trabajado antes? Con 32 años tuve que empezar desde la nada”.



El primer trabajo “serio” fue en una famosa multinacional de ropa, “Y me echaron en una semana, porque venía gente a vacilarme, tíos que me reconocían, hasta que me enteré que habían puesto donde trabajaba en un foro de prostitutas”.

Después Diana pasó un par de meses estirando lo poco que tenía ahorrado, hasta que encontró trabajo en un call center, pero no pasó el periodo de prueba, pidió algún dinero prestado, y llegó un momento que se vio sin nada. “Debía tanto dinero y necesitaba tanto para salir a flote que acepté un trabajo de animación sexual haciendo algo que jamás había querido hacer en el porno, un bukkake, algo que ahora no volvería hacer jamás, por mal que me viera”.

Durante un año Diana se dedicó únicamente a la prostitución. “Hay dos foros de putas donde es fácil encontrar clientes si has sido actriz porno, hay una sección especial para eso, y si te curras bien a los primeros, te ponen buenas puntuaciones y así la gente se anima más y puedes ir subiendo la tarifa”.

Diana reconoce que el tiempo en el que tuvo que ejercer la prostitución después de cortar con la pornografía fue el más duro de su vida, porque ahora ya no era un complemento si no que era su profesión.

“Mientras tanto empecé a trabajar como stripper, en shows para despedidas de soltero o en shows lésbicos con una amiga".

"Aunque no dejé del todo la prostitución por lo menos hasta un año más. En un show de stripper se pueden cobrar hasta 150 euros por unas coreografías. Pero el final feliz son otros 150 por chico, así que en un bolo de despedida de soltero te podías sacar fácil casi los 500, sin que nadie te grabe”.

Diana después consiguió un trabajo en un local nocturno, como imagen y relaciones públicas. Es un buen reclamo para quienes pueden reconocerla del porno. Ella simplemente tiene que dejarse ver entre el público, y actuar como una anfitriona.

“No me molesta que alguna gente me reconozca o me vacile, porque sé que estoy ahí por eso, pero lo importante es que no tengo que hacer nada más”.

Durante este tiempo, Diana compagina su trabajo como relaciones públicas de locales nocturnos con los shows eróticos, y actualmente no mantienen ningún tipo de relación sexual en el trabajo.

“Los shows eróticos lo veo como una profesión artística, es un show, y lo más importante: no tengo que tocar a ningún tío”.

Le preguntamos: ¿te ves así muchos años más? “No, ser relaciones públicas o stripper no durará, pero no sé por donde seguiré buscando y qué hacer con mi vida”.

Fuente:
https://www.lasexta.com/tribus-ocultas/artes/hay-vida-despues-del-porno_201806295b3af59e0cf27a144e84f2c0.html





sábado, 10 de marzo de 2018

La prostitución en Avenida Italia, el duro testimonio de tres trabajadores sexuales

Testimonio de prostitución


La prostitución en Avenida Italia, el duro testimonio de tres trabajadores sexuales
Publicado por Admin Telescopio el 18/08/2015 |

¿Es la prostitución una forma de trabajo? ¿Se puede elegir si se entra o no a ella? ¿Hay alguna forma de llegar a ser trabajadora sexual no vulnerando los Derechos Humanos? Estas preguntas generan distintas reacciones.

En la actualidad, algunos movimientos proponen la sanción de esta labor entendiendo que hay una desviación de los códigos morales aceptados por la sociedad.

Frente a esta respuesta represiva, también surgen quienes entienden que el ejercicio de esta actividad es un Derecho donde prima la libre disposición sobre el propio cuerpo -y las resistencias en aceptarla tienen su origen en prejuicios culturales y sociales-. Es así, que proponen una reglamentación de la actividad para garantizar el buen desempeño de la misma, evitando abusos y perjuicios a terceros.

Finalmente, los abolicionistas proponen el combate a la demanda del comercio sexual y la penalización de los clientes: señalan que la reglamentación de la prostitución invisibiliza el abuso de poder al que son sometidas las personas prostituidas, y los malos tratos y violencia que reciben diariamente, naturalizando el comercio sexual y la utilización del cuerpo como mercancía.

En la Ley Nº 17.515 del año 2002, Uruguay adoptó una postura que incluye una reglamentación donde se legitima el trabajo sexual. Esta se caracteriza por una gran cantidad de medidas de control de la prostitución que recaen sobre el/la trabajador/a sexual y no sobre los clientes: obligación de inscribirse en la Jefatura de Policía de cada departamento en el que trabajan, avisar los traslados, someterse a un examen periódico de salud diferenciado del que se prevé para el resto de las personas trabajadoras, previsión de sanciones pecuniarias en caso de escándalos públicos, etc.
El ejercicio del trabajo sexual se realiza en Montevideo y en el interior del país en locales que por su rusticidad, accesibilidad e infraestructura, dificultan las tareas de los inspectores y generan condiciones de trabajo propicias para el ocultamiento, el aprovechamiento y la explotación de quienes son más vulnerables.

Para lograr una mejor contextualización del tema, El Telescopio entrevistó a tres trabajadoras sexuales en la zona de Carrasco, donde las paradas de ómnibus de Avenida Italia parecen ser el lugar ideal y el negocio más atractivo por “la calidad de vida que existe en la zona”.



En la calle French nos reunimos con Mónica (47) y Giuliana (35) quienes esa noche compartían uno de los lugares más estratégicos de la zona para ser “levantadas”, como ellas describen.

Mónica, expresó que empezó a ser trabajadora sexual porque viene de “un divorcio donde tiene a dos hijos para mantener”. “Trabajé de vendedora y después me dediqué a esto. Lo hago para mandar al colegio a mis hijos -que hoy por hoy son grandes, una ya cumplió 30 años, la tuve a los  17”, agregó.

Por su parte, Giuliana contó que sus inicios fueron “porque me di vuelta, yo vengo del Prado de una familia que me criaron lo más bien, estoy arrepentida de haberme rebelado”. “Hoy en día lo hago para poder comprarme ropa, vestirme, ser alguien”, adiconó.
Finamente, Giuliana contó que antes trabajaba en bailes como Píkaros pero que los coreanos con los que trabajaba eran unos “mugrosos” y que gracias “a un hecho violento”, decidió alejarse.

Tarifas y horarios
Sobre las tarifas que manejan, Mónica explica que “supuestamente deberían de ser todas iguales, pero hoy la mujer de la calle no las respeta. Antes de que saliera el VIH tenías otro precio. Yo siempre me cuidé desde la primera vez que salí. La forma de cuidarte es el forro y no hay tutía. En la calle tuve muchas compañeras -incluso trans- que estaban trabajando con VIH y te estaban pinchando los preservativos, ellas hoy por hoy están muertas”.

Los precios que se manejan a lo largo de Avenida Italia son: $300 el sexo oral, $600 la relación y $1000 ambas cosas juntas.

El tema de los horarios es variable entre las trabajadoras. Mónica afirma no tenerlos: va, se para y se vuelve a su casa cuando quiere, o cuando considera que tiene el dinero suficiente. En cambio, Giuliana dice que concurre a eso de las 22:00 horas y se queda hasta las 4:00 de la mañana aproximadamente.
 
Campaña Ninguno tiene excusa. Sevilla. España. 2017

Adicciones, amigas de la noche
En cuanto a las drogas, Giuliana afirma que hay “menos en esta zona pero alguno que otro te toca. Si los veo muy duros (marihuana o cocaína) les digo que no. Conmigo eso no va. Yo solo fumo cigarrillos y tomo alguna cerveza.” En la misma línea se manifiesta Mónica: “yo no consumo drogas. A veces pintan clientes que consumen, pero en esto no oís, no escuchas y no ves, sino sos boleta. Esa es la realidad de este oficio. A mí la verdad que no me interesa ni el nombre, ni donde trabajan, ni lo que hacen o lo dejan de hacer, y mi vida privada tampoco la cuento.”

Consultadas sobre si tuvieron problemas con otras mujeres en su misma situación, Giuliana expresa que “no, para nada, afirmo que no las conozco tampoco. Les deseo lo mejor, nos estamos jugando todas”. Mientras tanto, Mónica dice “a mí no me interesa  lo que hagan o dejen de hacer. Ahora, si se paran acá, vengo y protesto porque ésta parada la hice yo. Pagué por ella y compré derecho de piso. Antes no venía y te hablaba una mujer, acá venían y te rompían la cabeza. Tengo varias paradas pero acá al principio hacía mucha plata. Los tipo en autos te hacían cola esperando. Ahora obviamente que cambió mucho”.

Mónica dijo haber sufrido violaciones, “cuando estaba embarazada de uno de mis hijos, me agarró un tipo que me encañonó y cuando me vio la panza le dije que no me hiciera daño. Y bueno, te hacen lo que se les antoja y a otra cosa mariposa. Por eso la mujer cada vez que se sube a un auto tiene que tener el poder y no el tipo; sino reaccionas a tiempo le estás dando lugar a que él haga contigo lo que quiera”.

“Nosotras somos trabajadoras, no estamos por amor al arte. Es mentira que una mujer se para porque le gusta, la verdad es que esto te arruina la vida. También te destroza como pareja, no haces el amor ni encontras marido. No podes tener nada porque te anula. Digo esto en aquellas mujeres que tiene reglas en la cabeza, hay varias que no las tienen. Yo siempre lo tuve claro”, afirmó.

En la misma línea, Giuliana adicionó que “cuando empecé trabajaba en Buenos Aires con los coreanos se dio cuenta que “eran unos mugrientos”. “Uno me pegó y casi me mata. Mi patrón no hizo la denuncia y encima esperó que el barco se fuera”, dijo con gran dolor.



Salud y discriminación
Sobre el tema de la salud, Mónica dice que el problema es que algunas mujeres no tienen libreta. “Si vas a profilaxis, te enseñan. Si tenés algún problema lo comentas con las mismas ginecólogas. Hay colegas que por la plata hacen cualquier cosa y no miran las enfermedades. Yo conocí mujeres que eran portadoras de VIH, las veías en los boliches y contagiaban a todo el mundo. Todos los días se llevaban a uno diferente para contagiarlo. El sidoso que tenía la enfermedad no quería irse solo, se lleva a unos cuantos. Y en este país hay una discriminación tan grande del Sida, que cuando un niño lo tiene, está prohibido decirle. ¡Imagínate si habrá cosas que están re tapadas! Si haces una estadística de cuántas personas tienen (VIH) te asombras”.

Por su parte, Giuliana expresa que tiene la Libreta, y Carné de Salud. Según cuenta, “para la Libreta vas a Profilaxis, te sacan sangre cada tres meses y todos los meses la doctora te examina. También aconseja a quienes piensen ingresar a ese trabajo que busquen otra salida. Esto no es fácil, se arriesgan a un sida. Yo por suerte nunca me enfermé, pero siempre uso preservativo”.

En cuanto al trabajo, Mónica afirma no sentirse discriminada “esto es un laburo como cualquier otro, ¿Por qué soy puta si cobro? No me pongo reglas porque tengo años y no me interesa, pero sí tenía ocho horas de trabajo en invierno o verano. Era una manera de comprarte el derecho de piso de tu parada y hacerte respetar”. En cambio, Giuliana cuenta que se vuelve a su casa en ómnibus, y que sí se siente discriminada porque “ahí ya se dan cuenta de mi trabajo y me miran mal”.

“Yo tengo buenos clientes” cuenta Mónica.” Hoy por hoy te ofrecen plata y hay algunos que te dicen ¨te pago tanto si lo haces sin forro¨; pero les contesto: no muchacho, primero está mi vida. “Muchas salen sin preservativos porque les están ofreciendo platales. Obvio que lo hacen igual, por eso la competencia que hay hoy. Antes no existía esto, y yo paré al lado de trans que trabajan mucho más que una mujer”, agrega.

Giuliana sostiene que tiene “muchos pendejos y algunos veteranos, pero la mayoría se drogan y no les doy bola porque a veces se te dan vuelta”.
……
La historia de una Trans
Macarena (26) empezó a trabajar en la calle “con una amiga cuando tenía 15 años”. Según contó, “no necesito trabajar de esto, lo hago porque me gusta. Cuando empezamos a venir con mi amiga me empezó a fascinar, y no es que lo haga siempre tampoco”, confesó.

En la misma línea, agregó que recién ahora se está interiorizando con respecto a la libreta que deben tener para poder ejercer el oficio: “ahora me estoy moviendo por el tema de mi nombre y de la tarjeta que nos dan”. Macarena decidió cambiar su género a los 17 años por “mi nombre, cuerpo, y mi figura”.

Con  respecto a la práctica con los clientes explica no tener “drama”. “Trato de atender a la persona, y no me estreso por si es viejo, veterano, o joven”, afirmó.

“Para mi seguridad tengo gas pimienta y una navaja. Solo una vez usé el gas, porque un cliente no me quiso pagar” agregó.

Ella se siente discriminada en el trato y las miradas. Siente que hay que avanzar como sociedad en ese aspecto. “No quiero que sientan asco cuando una va por la calle. Quiero que digan “ahí va Macarena y no que ahí va un puto. Somos seres humanos que nos gusta otra cosa, diferente”.

“Eso tiene que cambiar, nosotras somos como cualquier otra persona. Exigimos que si estamos bajo alguna sospecha venga una policía femenina a esposarte porque un masculino no puede. Hoy en día somos mujeres trans comunes y corrientes. No cambia que tengamos genitales de hombre, nosotras nos sentimos una mujer. O sea, somos mujeres que tienen otro organismo, no tenemos vagina pero somos así”, finalizó.

Fuente:
http://eltelescopio.com.uy/la-prostitucion-en-avenida-italia-el-duro-testimonio-de-tres-trabajadores-sexuales/





Brenda Myers- Powell - Cómo sobreviví a 25 años de prostitución

Testimonio de prostitución



Cómo sobreviví a 25 años de prostitución
  Por: Daniela Jerez
Comunicadora por la Universidad Panamericana. Maestría en Periodismo Anahuac Sur. Amante de la política mexicana y la buena comida.
NOTA: El artículo puede ser fuerte para algunas personas. Se sugiere sensibilidad para su lectura


Brenda Myers- Powell era una niña cuando ingresó al mundo de la prostitución. A continuación parte de su testimonio y de la lucha que inició para evitar que más niñas caigan en la misma trampa.

La gente describe la prostitución como algo glamoroso, elegante, como en “Pretty Woman”, pero no es nada parecido.
Desde el principio, la vida me dio limones, pero siempre traté de hacer la mejor limonada posible.

Crecí en Chicago en la década de los 60. Mi madre murió cuando yo tenía 6 meses de edad. Ella tenía apenas 16 años y nunca supe de qué murió. Mi abuela, que bebía más de la cuenta, nunca me lo pudo decir.
Prefiero pensar que sencillamente Dios estaba listo para recibirla. He oído que era bella y tenía un buen sentido del humor, y sé que es cierto, pues yo también lo tengo.

Mi abuela fue quien se encargó de mí. No era mala persona; de hecho, tenía un aspecto maravilloso. Me leía historias, me horneaba cosas y cocinaba las mejores batatas. Pero tenía un problema con el alcohol.

"Traía amigos del bar a tomar a la casa y cuando ella colapsaba de la borrachera, esos hombres me hacían cosas."

Eso empezó cuando yo tenía 4 o 5 años, y se volvió algo regular. Estoy segura de que mi abuela no lo sabía.


Cortesía BBC News


Ella trabajaba como empleada doméstica en los suburbios. Le tomaba 2 horas ir y 2, volver. Por eso yo cargaba una llave alrededor de mi cuello, me iba y volvía sola del kínder. Los abusadores lo sabían y se aprovechaban de eso.

Yo veía mujeres con peinados y vestidos glamurosos y brillantes paradas en la calle en la que estaba nuestra casa.
No tenía ni idea de qué hacían, sólo pensaba que eran destellantes y, cuando era pequeña, eso era lo que yo quería ser.
Un día le pregunté a mi abuela qué hacían y me dijo:

"Esas mujeres se quitan sus calzones y los hombres les pagan"

Recuerdo que pensé: "Probablemente yo podría hacer eso", pues ya había hombre que me quitaban mi ropa interior.

Cuando llegó la década de los 70, me convertí en el tipo de chica que no sabía cómo decir "no": si los chicos de la comunidad me decían que yo les gustaba o me trataban bien, básicamente podían hacer lo que quisieran conmigo.

Para cuando cumplí 14 años ya tenía 2 hijos de chicos del vecindario. Mi abuela empezó a decir que yo tenía que ganar dinero para pagar por esos hijos, pues no había comida... no teníamos nada.

Así que una noche -un Viernes Santo- me paré frente a un hotel. Tenía puesto un vestido de dos piezas que me había costado 3.99 dólares, zapatos de plástico baratos y me había pintado los labios de naranja, pues pensaba que eso hacía que me viera mayor.

"Tenía 14 años y lloré todo el tiempo. Pero lo hice. No me gustó, pero los cinco hombres que estuvieron conmigo esa noche me mostraron qué hacer."

Sabían que era joven y era como si eso los excitara.

Gané 400 dólares. Me fui a casa en el tren y le entregué casi todo el dinero a mi abuela, quien no me preguntó de dónde lo había sacado.





Mil 800 hombres
El fin de semana siguiente volví al mismo lugar y parecía que mi abuela estaba contenta cuando yo regresé con dinero.

Pero la tercera vez que fui, un par de hombres me golpearon con una pistola y me pusieron en la bodega de su auto. Ya se habían acercado a mí antes a decirme que yo "no estaba representada" en esa calle.

Primero me llevaron a un campo en la mitad de la nada y me violaron. Luego me llevaron a la habitación de un hotel y me encerraron en el armario.
Me dejaron ahí por un largo rato. Yo les rogaba que me dejaran salir pues tenía hambre, pero me dijeron que sólo lo harían si aceptaba trabajar para ellos.
Me obligaron a hacerlo por unos 6 meses. No me dejaban ir a casa. Traté de escaparme, pero me atrapaban y me castigaban muy duro.

Más tarde, fue traficada por otros hombres. El abuso físico era horrible, pero el abuso real era el mental: las cosas que te decían se te quedaban y uno nunca podía salirse del hueco.

La gente describe la prostitución como algo glamoroso, elegante -como en la historia de la película "Pretty Woman",  pero no es nada parecido.

"Una prostituta puede acostarse con cinco extraños al día. En un año, son más de 1.800 hombres con los que tiene relaciones sexuales o sexo oral."

No se trata de relaciones, nadie me traía flores, te lo aseguro. Estaban usando mi cuerpo como un inodoro. Y los clientes son violentos.

"A mí me han disparado cinco veces y me han apuñalado 13 veces."

Yo no sé por qué esos hombres me atacaron. Sólo sé que la sociedad hace que se sientan cómodos haciéndolo.
Trajeron consigo su ira o su enfermedad mental o lo que sea y decidieron desquitarse con una prostituta, sabiendo que yo no podía acudir a la policía y que si lo hacía, no me tomarían en serio.
De hecho, yo tuve suerte. Conocí a mujeres bellas que fueron asesinadas en las calles.




Fui prostituta durante 14 o 15 años antes de probar drogas.
Pero después de un tiempo, después de acostarse con todos los que puedes, después de que te han estrangulado, de que te han puesto un cuchillo en la garganta o te han puesto una almohada sobre la cabeza, necesitas algo que te dé valentía.

Fui prostituta durante 25 años y en todo ese tiempo, nunca supe cómo salir de eso.

Pero el 1 de abril de 1997, cuando tenía casi 40 años de edad, un cliente me tiró de su auto. Mi vestido se atascó en la puerta y él me arrastró por seis cuadras. Me arrancó la piel de mi cara y de un costado de mi cuerpo.

Fui al hospital y me llevaron inmediatamente a Emergencias. Debido a la condición en la que me encontraba, llamaron a un oficial de policía quien me vio y dijo: "Yo la conozco. No es más que una puta. Seguro golpeó a algún tipo y le quitó el dinero y recibió su merecido".
Yo oía cómo la enfermera se reía con él. Me dejaron en la sala de espera pues yo no valía nada, como si no mereciera los servicios de Emergencias después de todo.

Y fue en ese momento, mientras esperaba a que llegaran los del nuevo turno y a que alguien me atendiera, que empecé a reflexionar sobre mi vida.

Hasta entonces, siempre había tenido alguna idea de qué hacer, a dónde ir, cómo levantarme de nuevo.




Recuerdo que miré hacia arriba y le dije a Dios: A esta gente no le importó. ¿Me puedes ayudar por favor?
Dios se ocupó de mí inmediatamente. Una doctora vino, me atendió y me dijo que fuera a la asistencia social del hospital.
Lo que yo sabía de la asistencia social es que eran todo menos sociales.
Pero me dieron un boleto de bus para que fuera a un lugar llamado Casa Génesis, que manejaba una maravillosa inglesa llamada Edwina Gateley, quien se convirtió en mi heroína y mentora. Me ayudó a cambiar mi vida.

Empecé a ser voluntaria con trabajadoras sexuales y a ayudar en una investigación de una universidad.

Después de un tiempo me di cuenta de que nadie estaba ayudando a esas jóvenes. Nadie iba y les decía: "Así era yo, ahí estuve yo. Ahora soy así y tú también puedes cambiar, tú también puedes aliviarte".

"Así que en 2008, junto con Stephanie Daniels-Wilson, creamos la Fundación Dreamcatcher (Atrapasueños)."

Un atrapasueños es un objeto de los americanos nativos que se cuelga cerca de la cuna de los niños. Se supone que no deja pasar a las pesadillas.
Eso es lo que nosotras queremos hacer: ahuyentar esos malos sueños, esas cosas malas que le pasaron a mujeres jóvenes y adultas.

Puedes encontrar el artículo completo, en su versión en inglés en BBC News

Fuente:

http://www.actitudfem.com/entorno/noticias/como-sobrevivi-25-anos-de-prostitucion

Nota: las imágenes y las negritas son del original.





martes, 30 de enero de 2018

¡Dejemos a las 'trabajadoras sexuales' hablar por sí mismas!

Testimonio de prostitución


¡Dejemos a las 'trabajadoras sexuales' hablar por sí mismas!
9/29/2016
 Autor: Mickey Z.
Traducción del inglés: Atenea Acevedo

Enlace al original: http://worldnewstrust.com/let-the-sex-workers-speak-for-themselves-mickey-z
Original publicado por World News Trust el 27 de noviembre de 2015

 La cosa es así: escribes un texto crítico (respaldado en un sinfín de pruebas y datos) sobre pornografía y/o prostitución y teóricos y teóricas liberales feministas/queer salen, como termitas, a apoyar en manada a los aliados de la pornografía y la prostitución. Te cuelgan el cartelito de “puritano” y pretenden callarte mientras exclaman al unísono: “¡Dejemos a las trabajadoras sexuales hablar por sí mismas!”

Decidí poner a prueba su receptividad y entrevisté a una sobreviviente, pero eso no satisfizo a las masas posmodernas que prefieren oír únicamente a “trabajadoras sexuales” como la mujer que apareció en un artículo de Cosmopolitan titulado: Una trabajadora sexual responde todas tus preguntas sobre cómo es trabajar en un burdel legal.

Esta “trabajadora sexual” o, como ella lo llama, “terapeuta que tal vez también te toque la salchicha”, es Sarah Greenmore. De ella aprendí que:
Siempre ha sido “una persona muy sexual”, pero describe su trabajo de la siguiente manera: “mi placer no es prioridad, el placer de él es la única prioridad”.
Afirma: “Mi trabajo, ante todo, consiste en hacer que los demás se sientan bien”.
Antes de un día extenuante de tal vez siete “clientes” hay que usar un lubricante con ácido hialurónico, pues “ayuda a reparar las células de la piel”.
Agrega: “No me interesa salir con nadie que no se autodenomine feminista”.

Bueno, “dejar” a esta “trabajadora sexual” hablar por sí misma no fue tan liberador como lo prometían las feministas liberales y, ciertamente, no respondió a “todas mis preguntas”. No tenía más opción que buscar los testimonios de otras “terapeutas que tal vez también te toquen la salchicha”.

A continuación, presento algunas de las respuestas de diversas sobrevivientes a mis preguntas. Debo decir que no necesité de un grado académico en estudios de género (ni de formación alguna, en realidad) para encontrar estas voces, ¡fue muy sencillo!
(Advertencia: los siguientes textos pueden desatar síntomas de estrés postraumático en sobrevivientes de violación y abuso sexual)



¿Cómo se empieza en este negocio?

Linda Lovelace: “Mi iniciación a la prostitución fue una violación multitudinaria a manos de cinco hombres, arreglada por el Sr. Traynor. Fue el punto de inflexión de mi vida. Amenazó con dispararme con su revolver si no lo hacía. Nunca antes había tenido sexo anal, me desgarraron por dentro. Me trataron como si fuera una muñeca hinchable, me levantaban en vilo y me colocaban donde y como les daba la gana. Separaron mis piernas de todas las maneras posibles para penetrarme y acercarme sus “cosas”, usaron diferentes partes de mi cuerpo para hacer el juego de las sillas. Nunca me sentí tan asustada, tan desgraciada y humillada en toda mi vida. Me sentí basura. Participé en actos sexuales con fines pornográficos en contra de mi voluntad con tal de que no me mataran. También amenazaron con matar a mi familia”.

Ayesha: “Para ‘doblegarme’ fui violada varias veces cada noche durante casi un mes antes de que la proxeneta empezara a venderme a cambio de dinero. Por lo general, tenía de 10 a 12 prostituidores cada noche. Solían ser violentos, me trataban como si fueran dueños de mi cuerpo. Tengo una profunda cicatriz en el cuello por un corte que me hicieron con una navaja mientras trataba de evitar que una chica muy joven fuera violada multitudinariamente en la casa. Estuvieron a punto de matarme”.

Pero, ¿acaso no es una vida que “eliges”? Seguramente puedes ir y venir a tu antojo, ¿no es así?

Ayesha: “Intenté salir de ese calabozo muchas veces. Los recuerdos aún asaltan mi mente, cómo tiraban de mi cabello, cómo la dueña del burdel me arrastraba por las sucias calles después de cada intento fallido por escapar. Lloraba y gritaba para que la gente me ayudara, pero nadie lo hacía, se quedaban ahí, mirando, ni siquiera me veían con compasión. Las lágrimas siguen corriendo por mis mejillas mientras lo recuerdo. Mi vida habría cambiado si tan solo un hombre hubiera tratado de salvarme, pero todos actuaron como espectadores mudos. No puedo evitar reírme cuando la gente dice que las mujeres elegimos esta vida. ¿Acaso saben cuántas como yo hemos intentado escapar, solo para ser golpeadas hasta tener el cuerpo lleno de perdigones? Para los hombres que nos compran no somos más que carne. Para el resto de la sociedad ni siquiera existimos”.

Ya, pues no suena muy “transgresor”. Apuesto que la cosa va mejor en el glamoroso y bien remunerado mundo del porno. ¿Cómo se empieza en ese negocio?

Jenna Jameson: “La mayoría de las chicas tiene su primera experiencia en películas gonzo… las llevan a algún estudio cutre en Mission Hills y un imbécil violento las penetra por todos los orificios posibles, convencido de que la chica se llama Puta”.

Alexa James: “Mi primera filmación fue con un tipo de unos 40 años, grueso como una lata de refresco. Me agarró con fuerza y me penetró hasta el fondo sin ningún tipo de lubricante, y desgarró mi vagina. Cuando empecé a desgarrarme y a llorar, me dio vuelta y siguió penetrándome desde atrás para que la cámara no registrara mis lágrimas. Tiraba de mi cabello y me ahogaba, a pesar de que yo le decía que me dolía y casi no podía respirar”.

Alexa Milano: “En mi primera película estuve con tres tipos que fueron bastante rudos conmigo. Me golpearon, me ahogaron con sus penes y me lanzaron de un lado a otro, ¡como si mi cuerpo fuera un balón! Acabé adolorida e irritada, prácticamente no podía caminar. Algo me quemaba por dentro, dolía muchísimo. Apenas podía orinar e intentar defecar era imposible”.

Espera, ¿se trata de una opción laboral o de una violación fotografiada? ¿No podías opinar durante la filmación?

Corina Taylor: “Al llegar al estudio esperaba hacer una escena de penetración vaginal hombre-mujer, pero mientras grabábamos con una estrella del porno el actor me violó analmente y nada lo detuvo. Le grité que parara, grité ‘no’ una y otra vez, pero nada le importó. El dolor se volvió insoportable, entré en shock y mi cuerpo se quedó sin fuerzas”.

Jersey Jaxin: “Tipos que te golpean el rostro. Tienes semen de varios hombres embarrado en tu rostro, sobre tus ojos. Te desgarran. Sientes que las entrañas se te salen. No para nunca”.

Jessi Summers: “Hice una escena con un actor masculino que estaba en mi lista de personas con las que no quería ‘trabajar’. Quería complacer a los productores, así que accedí. Este hombre me puso un pie en la cabeza, literalmente me pisó mientras me penetraba por detrás. Perdí el control y empecé a llorar a mares; detuvieron la filmación y me mandaron a casa con paga reducida porque no pudieron grabar la escena completa”.



¿Qué hay de los cineastas y actores masculinos? ¡También son trabajadores sexuales! ¿Qué opinan de esta forma de tratar a las mujeres?

Max Hardcore (pornógrafo): “Nada me encanta más que una chica que insiste en que no dejará que se la metan en el culo porque… ¡claro que lo hará!”

Bill Margold (veterano de la industria del porno y miembro de la Free Speech Coalition): “Me gusta mostrar lo que creo que los hombres quieren ver: violencia contra las mujeres. Estoy absolutamente convencido de que cumplimos con un propósito al mostrarla. La mayor violencia que podemos conseguir es la eyaculación en el rostro. Los hombres tienen orgasmos cuando ven eso, porque es una forma de vengarse de las mujeres que no están a su alcance. Tratamos de inundar el mundo con eyaculaciones en el rostro. Mi única razón de estar en esta industria es satisfacer el deseo de los hombres del mundo a los que, básicamente, las mujeres les importan un bledo y quieren ver a los que estamos en la industria vengarnos de las que no pudieron hacer suyas cuando estaban creciendo. Estoy totalmente convencido de ello… por eso eyaculamos en el rostro de una mujer o la violentamos sexualmente de otra manera: somos vengadores de sueños perdidos. Así lo creo. He escuchado al público vitorearme cuando hago algo repugnante en pantalla. El público me aclama cuando estrangulo o sodomizo o brutalizo a otra persona, y el público aplaude cuando satisfago mis deseos más retorcidos”.

¿Cómo es que existen personas, en especial mujeres y niñas, capaces de sobrevivir cotidianamente en el mundo de la prostitución o la pornografía?

Jessie Jewels: “Las personas en la industria del porno están anestesiadas, no reaccionan a la vida real, son como zombis caminantes”.

Loreta: “Estuve en la prostitución de los 15 a los 19. Mis amigas y yo vivíamos en un departamento con la proxeneta. Trabajábamos de las cuatro de la tarde hasta tarde por la noche o incluso las primeras horas de la mañana, teníamos de tres a cuatro prostituidores al día. A veces usábamos condón, a veces no. La mayoría de los prostituidores eran extranjeros, no hablaban mi idioma y no les importaba mi edad. No sabía cómo contactar a la policía y tampoco sabía si a la policía le importaría. Quería huir, pero tenía miedo de que la pandilla me encontrara y me matara. Me odiaba cada vez más, así que empecé a inyectarme drogas. Intentaba adormecerme para no sentir el dolor, para no sentir absolutamente nada.

¿Y a los prostituidores no les importa si una “trabajadora sexual” es menor de edad?

Rachel Moran: “He respondido suficientes llamadas en el suficiente número de burdeles para afirmar que la consulta más frecuente siempre es: ‘¿Cuál es la chica más joven que ofrecen?’”

Sin embargo, las y los teóricos posmodernos dicen algo muy distinto. Hay tantas historias distintas en el tema de la prostitución y la pornografía. ¿Saben cómo describen los liberales su vida?

Anita Cannibal: “Sí, se maquilla muchísimo la realidad. Es un mundo de tragedias, pletórico de horrores”.

Bueno, estas afirmaciones definitivamente responden a muchas más de mis preguntas que Cosmo. ¿Y tú? Si necesitas escuchar otras voces en primera persona te sugerimos este enlace con testimonios de sobrevivientes de prostitución y este otro con testimonios de sobrevivientes de la pornografía. También puedes consultar más de 100 testimonios sobre “el daño o los efectos negativos de la pornografía, la prostitución, el desnudismo, la esclavitud sexual (sic), la trata con fines de violación, el acoso sexual, el abuso sexual y nuestra pornografiada sociedad”

Visita nuestro canal de Youtube con interesantes videos traducidos y subtitulados en español: https://www.youtube.com/channel/UCuDKy2DjYr3Egw6iX1h1tcQ/videos


https://traductorasparaaboliciondelaprostitucion.weebly.com/blog/dejemos-a-las-trabajadoras-sexuales-hablar-por-si-mismas