domingo, 19 de agosto de 2018

El callejón de los niños atrapados por la trata en Tánger


El callejón de los niños atrapados por la trata en Tánger
Lucas de la Cal
Tánger

6 MAR. 2018 16:37


El reportero recorre los 'agujeros negros' de la prostitución infantil en Tánger, un fenómeno nacional que en la ciudad es más visible por el aumento de niños de la calle que quieren emigrar
Madrugada del 9 de diciembre de 2017. Plaza del Petit Socco de Tánger. En los callejones que bajan hasta el puerto se escucha el fuerte ruido de fondo del cierre de los telares. Sólo quedan hombres en las calles. Un chico marroquí, vestido con un viejo chándal azul, murmulla bajo y en perfecto español las siguientes palabras: "Si no quieres hachís ni cocaína... ¿Te gusta follar? ¿Te gustan los jovencitos? Aquí vienen muchos europeos buscando niños". Es la cuarta noche seguida que se acerca. Las primeras veces sólo ofrecía hachís y cocaína. Un par de meses antes, a pocos metros de ese callejón, la policía detuvo a un ex sacerdote y profesor norteamericano que pagaba 50 euros a niños de 11 años que duermen en la calle a cambio de mantener relaciones sexuales. Se llama Arthur Perrault y se había fugado hace 25 años de Alburquerque. La Interpol le buscaba por abusar sexualmente en su país de 36 monaguillos menores de edad.
Madrugada del 14 de enero de 2018. Habitación de 40 dirhams la noche (cuatro euros) en una pensión en la parte trasera del mercadillo tangerino. Desde la ventana se aprecia el continuo tránsito de niños y adolescentes, casi todos están colocados a esas horas por el pegamento -disolvente de pintura dentro de una pequeña bolsa de plástico- que llevan esnifando todo el día. Pasan por el callejón dos hombres conversando en francés. Se detienen a hablar, mediante señas, con tres menores.
El hombre más alto entra en la pensión acompañado por uno de los críos. No tiene más de 14 años. Casi 40 minutos después, el menor sale sólo de la pensión, se sienta en el suelo y empieza a esnifar la bolsa con pegamento que guarda en uno de los bolsillos de su pantalón roto. A su lado pasa otro hombre, que lo coge de la mano y ambos desaparecen al girar la esquina.
Madrugada del 11 de febrero de 2018. Ya van 12 noches repartidas en tres meses pasando a la misma hora por el mismo sitio; viendo las horribles e impunes escenas una y otra vez desde las ventanas de las habitaciones de tres pensiones diferentes. Un hombre, que vende cigarrillos en un puesto a la entrada del callejón, confirma lo que ya estaba confirmado. "Buscas chicos, ¿verdad? A estas horas todos buscáis un culo y heroína. Por 30 euros tienes ambas cosas. ¿Te gustan pequeños? Hay alguno que tiene ocho años y está tan drogado que no se entera de nada".
No ha sido fácil escribir estas líneas. Si que lo ha sido dejar de contar otras situaciones más duras en las que el alma se rompe al ver como es tan sencillo robar la infancia a un niño. No existen palabras objetivas para describir la cara del monstruo que ofrece tener relaciones sexuales con un crío de ocho años por 30 euros. Si que las hay para hablar de Marruecos como un país donde, a día de hoy, la trata y la explotación sexual de menores de edad está presente en varias regiones. Prácticamente, cada semana, sale en la prensa local algún nuevo caso de pedofilia, muchos protagonizados por hombres extranjeros.
Van a por los débiles

"La explotación sexual de menores se ha convertido en un gran fenómeno en Marruecos, un gran refugio de pederastas", denuncia Med B., coordinador en la región Tánger-Tetuán de la asociación marroquí No toques a mi Hijo, que llevan 14 años destapando e investigando casos de prostitución infantil y abuso de menores en las calles del reino alauí. Med añade que la situación es especialmente delicada en ciudades como Tánger, donde cada vez hay más menores que viven en las calles (alrededor de 200). Son chavales en tránsito, nacidos en zonas rurales del país, con la única idea de emigrar hacia Europa, tomando España como primera parada. Ellos son los que cruzan cada semana a la península escondidos en los bajos de los camiones que van en los ferrys o en pateras hasta las costas andaluzas. También son los más vulnerables frente a los pederastas y violadores.
El investigador y arabista José Carlos Cabrera ha estado los últimos años trabajando como mediador intercultural con más de 6.000 menores magrebíes que han cruzado a España. "Hemos tenido muchos casos de chavales que han sufrido algún tipo de abuso sexual, pero es complicado abordar ese tema con ellos. Algunos se prostituían como única forma de sobrevivir. En Marruecos les roban la sexualidad", afirma Cabrera. "La mayoría de los perfiles que registramos de clientes que buscan este tipo de turismo sexual con niños son hombres europeos y de Estados Unidos", explica Med. "Estos tipos engañan y se aprovechan de los críos, primero ganándose su confianza. Saben de la desesperación en la que se encuentra el menor". El móvil de Med no deja de sonar. En la quinta llamada que descuelga le cuentan el caso de una adolescente discapacitada a la que ha violado un familiar. Al teléfono gratuito para urgencias de la asociación (+212 528 825 117) llegan cada día unas siete llamadas donde algún anónimo, vecino o familiar, les comunica que hay un menor al que han violado o se está prostituyendo en la calle.
"Aquí en el norte, desde 2011, hemos destapado más de 200 historias relacionadas con todo tipo de abusos sexuales hacia niños y hemos conseguido que 80 hombres acaben en prisión. El 30% eran turistas de España, Francia e Inglaterra", asegura Med, que también hace trabajo de campo. "Cuando recibo alguna denuncia, me desplazo hasta el lugar para buscar a la víctima, a su familia, e intentar convencerles para que denuncien. Después les damos ayuda jurídica y psicológica al menor. Aunque, algunas veces, no sirve de nada porque es la propia familia, muy pobre, la que guarda silencio o está prostituyendo al crío con algún vecino o familiar".
Aquí es donde entran las madres solteras de las casas bajas de la Kasba de Tánger. Mujeres invisibles para gran parte de la sociedad e instituciones marroquíes. Viven en un país con una ley que condenan las relaciones sexuales fuera del matrimonio y que las aparta cuando los hombres las abandonan con los hijos. Asociaciones como No toques a mi Hijo denuncian que muchos de los casos de violaciones de menores que ellos reciben vienen precisamente de estos entornos.
Dentro de la Kasba, una mujer, madre soltera de tres niñas pequeñas, nos cuenta que hay noches en las que algún hombre intenta entrar a su casa para violarla a ella o a sus hijas; y que a la niña de su vecina la violaron hace unos meses. Otra mujer, trabajadora social, explica que la realidad es aún mucho más dura. "Hay algunas mujeres que se prostituyen ellas y a sus hijos para poder comer. Aquí es como si no existieran, el Estado no las protege y los hombres las miran como apestadas, como si pudieran hacer lo que quieran con ellas".
Algunos de los hijos más pequeños de estas madres solteras van a la guardería de las monjas de Jesús María, en el antiguo convento franciscano de Tánger. Las religiosas también tienen una casa de acogida con un grupo niñas menores (de seis a 14 años) víctimas de maltrato, abandono y abusos sexuales. "Las agresiones a estas chicas se suelen dar dentro de la propia familia y del entorno", aseguran. El año pasado, en la región de Tánger, la policía marroquí creó una unidad especializada en la trata y prostitución de menores. "Somos muy pocos y no tenemos suficientes medios para investigar", protestan los agentes. Lo mismo ocurre en los juzgados, donde existe un tribunal específico que da atención a las mujeres y menores víctimas de la violencia sexual. "Es muy difícil determinar el número exacto de niños que se dedican a la prostitución. Los organismos institucionales (dependientes del estado) no trabajan en sinergia con las organizaciones no gubernamentales y la sociedad civil. Cada uno guarda los resultados de sus investigaciones, sin compararlos ni compartirlos", afirman desde la asociación No toques a mi hijo.


Hace cuatro años, un colaborador de la brigada de información de la policía marroquí se hizo pasar por extranjero para investigar las redes de prostitución infantil en Tánger. En el paseo marítimo, un proxeneta le ofreció un encuentro con "jovencitos". Logró entrar en uno de los apartamentos, detrás del hotel Solazur, donde le estaba esperando una mujer con velo. "Me dieron a elegir entre un niño de 13 años y otro de nueve. Escogí al más pequeño, que vivía en la Kasba, que me contó en la habitación que sus padres no sabían nada y que él lo hacía porque le habían prometido dinero", recuerda el investigador, que durante semanas comprobó como en las casas de la Kasba y en el callejón del Petit Socco también se ofrecían a niños para mantener relaciones sexuales. Pese a tener las suficientes pruebas y testimonios para acabar con toda la trata, la policía únicamente desmanteló y detuvo a la organización del proxeneta del piso frente a la playa.
El problema que también se encuentran los agentes marroquíes al investigar es que en sus archivos no tienen una lista negra con los antecedentes por pedofilia de los extranjeros que entran en el país. En 2016, el diario norteamericano Alburquerque Journal destapó que uno de los pederastas más buscados, un sacerdote y profesor de nombre Arthur Perrault, estaba viviendo en Marruecos. Arthur se había fugado en 1992 de EEUU, y su último paradero conocido ese año había sido la ciudad de Vancouver (Canadá). Tenía 36 denuncias por abusos sexuales a chicos menores de edad cuando ejercía de sacerdote en la Arquidiócesis de Santa Fe, en Alburquerque.
Arthur se encontraba viviendo en Tánger, dando clases de inglés a niños en la American Language Center. "Aquí se dedicaba a abusar de los menores que quieren emigrar y que no viven con sus familias. Todos eran niños, de 11 a 14 años, a los que pagaba hasta 50 euros", cuenta Med. "Localizamos a algunas víctimas, pero no quisieron hablar. Presentamos una denuncia conjunta junto con una organización americana, y la justicia de su país mandó una orden de detención internacional". El 13 de octubre, Perrault fue deportado.
En enero, en otra de las grandes ciudades de Marruecos, en Fez, 270 kilómetros al sur de Tánger, fue detenido un hombre francés de 58 años acusado de abusar sexualmente de dos niñas de 10 y 13 años. Días después, decenas de personas salieron a manifestarse por las calles de Fez denunciando la impunidad de un turismo sexual que se ha extendido por todo Marruecos.
Hasta un iman arrestado
Esta semana, en una aldea cercana a la ciudad de Temara, cerca de Rabat, un iman ha sido arrestado en la mezquita acusado de abusar sexualmente de seis niños a los que estaba enseñando el Corán. En la capital, en el mercadillo junto a la antigua medina, un comerciante también fue detenido por abusos a tres niños de nueve años. En un hammam (baño árabe) de provincia de Settat, un masajista ha sido denunciado por haber violado a una niña mientras le hacía un masaje. Y en la costa atlántica, en la ciudad de Essaouira, la policía ha arrestado este mes a un entrenador de monos acusado de violar a varios menores.
"Hay casos por todo el país, pero donde más invisibilizados están es en Marrakech, que ahora mismo es la capital del turismo sexual mundial, y por lo tanto también de la trata de niños", afirman varias asociaciones en defensa de la infancia. Precisamente en Marrakech, hace un par de años, dos periodistas de una televisión italiana fueron expulsados de Marruecos cuando estaban grabando un reportaje sobre la prostitución infantil en la ciudad roja. Los reporteros consiguieron grabar con una cámara oculta cómo en la plaza Jemaa El Fna una mujer les ofrecía tener relaciones sexuales con chicas menores de edad.
En Tánger, el último agujero negro de la prostitución infantil está en otro callejón, frente al mercado de pescado. A primera hora de la mañana, siempre hay algún menor durmiendo en la puerta de un garaje. Cuentan que por la noche, en los apartamentos de los edificios de esa calle, algunos hombres suben con los críos para mantener relaciones con ellos. Es un horror en todo el país. La gente está cansada de que Marruecos se haya convertido en un paraíso para pederastas, decían los vecinos de la ciudad de Fez tras la detención del último abusador, un francés. "Dejad de violar a nuestros hijos", gritaban.

Fuente
http://www.elmundo.es/cronica/2018/03/06/5a9c54b2ca4741b7478b463e.html






sábado, 11 de agosto de 2018

El documental que retrata la humillación y violencia de la industria pornográfica


El documental que retrata la humillación y violencia de la industria pornográfica

Martes, 16 de mayo de 2017 9:42|Alonso Martínez

«Quieren ver a una mujer que parezca una niña pequeña siendo violada».

Cientos de escenas de pornografía hardcore se producen todos los días. No son las clásicas secuencias de los años 70 en las que lo más "pesado" que podía verse eran las escenas de sexo anal, sino otro tipo de material. El nuevo porno está lleno de violencia y humillación. La división entre trabajar frente a una pantalla y ser abusada sexualmente es demasiado delgada.

Las mujeres son sometidas, golpeadas y tratadas como simples muñecas de carne para el gusto de millones de consumidores alrededor del mundo. Lloran para causarle placer a los fanáticos, gritan porque saben que eso causa emoción en la audiencia y permiten que sus compañeros las lleven "al límite" mientras sigan cobrando distintas cantidades de dinero, que van desde lo alto (en las productoras importantes) hasta lo miserable (en los filmes amateurs).
La mayoría de las actrices en esos filmes están conscientes de las actividades que están a punto de realizar: desde participar en anales brutales en posiciones humillantes, hasta ser golpeadas continuamente por varios hombres. Sin embargo, es justo preguntar: ¿Cómo se llegó a ese punto de la evolución de la pornografía en que las participantes deben parecer infantes violadas?

¿Es sólo el dinero, o existen otros elementos detrás de esa visión y representación trastornada de la realidad?



Hardcore
La violencia en la pornografía no es algo nuevo. A pesar de que la llegada de Internet haya motivado su constante avance y degeneración, ha estado en el panorama desde inicios de siglo. El galardonado periodista Stephen Walker tomó la decisión de seguir el camino de una mujer que trató de entrar a la industria en el año 2000. Felicity era una madre soltera de 25 años cuyo interés en el porno nació de su gusto por el sexo y por lo fácil que era ganar dinero vendiendo su cuerpo para ser filmada. Todo terminó en el momento en que fue violada por uno de los personajes más controversiales del mundo del porno, Max Hardcore. Fue manipulada, la llamaron "puta perdedora" y nunca volvió a pensar en crear un filme para adultos. Si Walker no hubiese detenido la grabación, Felicity pudo haber sufrido daños mucho más graves que aquellos que la marcaron esa tarde.
Max Hardcore es conocido como uno de los monstruos más temibles de la industria. Felicity se había mostrado nerviosa poco antes de la filmación de su violación, ya que sabía la fama de violencia que tenía el hombre. Desde que ganó notoriedad en 1992, se especializó en crear filmes con mujeres que parecieran adolescentes o niñas. Las vestía con ropas infantiles y las situaba en escenarios enfocados hacia un público pedófilo. En el acto procedía de forma brutal. Las ahogaba con su pene, les orinaba encima, las incitaba a vomitar y llorar para hacer más intensa la sesión. En el tiempo que Max producía sus primeros filmes, era considerado uno de los más extremos de la industria; sin embargo, hoy sus prácticas son cada vez más comunes.

¿Dónde se acaba el acuerdo?
En el documental de Walker, una actriz de su productora afirmó que siempre llevará a las actrices «al límite» y que muchas prefieren mantenerse alejadas de él. Sin embargo, no culpa la violencia de sus filmes ligándola a su personalidad, sino al público: «[Los consumidores...] quieren ver a una mujer que parezca una niña pequeña siendo violada». Pero, ¿es eso cierto?

La industria porno crea material cada vez más enfocado al hardcore, pero acusa a la audiencia, cuando ellos mismos son los culpables. El sexo en los filmes se ha tornado más violento porque la industria lleva décadas distorsionando la visión de la realidad. No sólo los jóvenes están desarrollando ansiedad por cumplir los estándares ilógicos que presenta la pornografía –tal como lo reportó el Telegraph–, sino que existe un segmento erróneamente influenciado por los actos salvajes que se cometen en pantalla. Las producciones actuales son consecuencia de todos esos años de consumir material degradante, la novedad (en este caso: acciones aún más violentas) hace que los usuarios sigan viéndolo y crean que es normal.
Lo que aparece en el documental de Walker –apropiadamente titulado "Hardcore"– es el mejor ejemplo de lo anterior y de cómo la industria manipula tanto a sus actrices como a la audiencia. Después de que Felicity rompe en llanto y abandona la escena posterior a la que Max trata de ahogarla con su pene, el hombre –similar a un psicópata– se acerca a ella y trata de convencerla de que tiene una responsabilidad y de que el trabajo tiene que realizarse, ya que, de lo contrario, no tendrá éxito como actriz en la industria. Le reafirma con tranquilidad que tiene un contrato y que no puede ser una "niña perdedora" si quiere lograr ser exitosa. Ella acepta volver a la escena entre lágrimas, pero Walker detiene la filmación, convencido de que lo que está presenciando es una violación.
Hace apenas dos años, el joven actor porno James Deen, también conocido por su estilo rudo y violento, fue acusado de violación por su exnovia Stoya, junto con otras actrices de la industria. La mujer aseguró que durante una filmación había pedido que el hombre se detuviera y –a pesar de que usó su palabra clave (término que daría fin a una sesión por incomodidad de alguno de los participantes) no se detuvo y nadie en el equipo de producción paró la filmación. Las demás acusaciones eran de tono similar, pero –aunque su carrera y reputación estuvo en riesgo– aún continúa siendo uno de los actores más prolíficos y celebrados de las películas porno. Sus víctimas fueron ignoradas. Está claro que no son vistas como participantes reales dentro de la industria. Son sólo objetos y su participación en los filmes las hacen ver justo así; si no desean actuar, encontrarán a alguien más



Una investigación del Telegraph analizó múltiples asesinatos brutales que pudieron ser influenciados por el alto consumo de pornografía hardcore. En su artículo, Joan Smith, asegura que «el pensar que mirar este tipo de contenido constantemente no puede tener efectos en la mente, desafía el sentido común». No sólo habrá que preocuparse de que los adolescentes crean que el sexo es de cierta forma, sino que ahora es posible que adopten ideas violentas y humillantes hacia las personas del sexo femenino –en especial a niñas pequeñas–. Esto también afectaría a las mujeres que miran este contenido. La idea de ser sometidas y golpeadas sin el completo consentimiento puede crecer dentro de ellas afectando también su percepción del sexo.

Sólo unas cuantas actrices soportan vivir en constante humillación y aunque existan defensoras como la actriz Nina Hartley, que asegura que todas las mujeres están conscientes del peligro al que se enfrentan, la mayoría de ellas calla por miedo a ser desechadas. Que a algunas personas les guste el sexo hardcore o el BDSM, no significa que alguien tenga que sufrir de abuso.
El documental "Hardcore" de Stephen Walker es sólo el viaje de una mujer a través de esa pesadilla que vive en las películas porno todos los días, sin embargo, sirve como una ventana para mirar la forma en que alguien puede caer prisionero de un ciclo de violencia y humillación. Cientos continúan trabajando para una industria que las odia y las desechará si pueden encontrar a alguien mejor.

Millones de jóvenes y personas alrededor del mundo distorsionan su versión de la realidad masturbándose constantemente en sus habitaciones con el dolor silencioso de esas mujeres.

Fuente
https://culturacolectiva.com/adulto/documental-hardcore/




Los 'loverboys' que prostituyen a menores en Holanda aprovechando un vacío legal



Testimonio de prostitución

Los 'loverboys' que prostituyen a menores en Holanda aprovechando un vacío legal
"Nunca imaginé que acabaría siendo un objeto que pasaría de mano en mano, que me iban a prostituir en coches y a plena luz del día”, relata una víctima de los 'loverboys' holandeses


Foto: Dibujo realizado por Alexandra, víctima de la explotación sexual.
IMANE RACHIDI. LA HAYA
15.08.2017 –

Alexandra quería ser popular entre los chavales de su instituto, pero nunca se imaginó que ese deseo daría un vuelco a su vida. “Me acerqué a unos chicos porque eran muy temidos por los niños de clase, me sentía más poderosa teniéndolos de mi lado, pero nunca imaginé que acabaría siendo un objeto que pasaría de mano en mano, que me iban a prostituir en coches y a plena luz del día”, relata esta joven de Países Bajos, quien a sus 25 años ya ha pasado por manos de decenas de hombres, en contra de su voluntad. Ha estado ocho años controlada por los conocidos como los 'loverboys', chavales que utilizan el engaño y el chantaje para 'enamorar' a jóvenes menores de edad y acabar obligándolas a prostituirse en las calles de un país donde la prostitución no forzada es legal.

La historia del proxenetismo escolar tiene siempre los mismos protagonistas: jóvenes menores de edad, conocidos por todos, que se fijan en chicas adolescentes para manipularlas psicológicamente hasta obligarlas a actuar a su merced. Según datos oficiales, cada año decenas de niñas caen en manos de un grupo, o una persona, que las prostituye. La relación entre Alexandra y su “loverboy” empezó en el patio del colegio donde estudiaban. Le hicieron sentirse importante. “Tenía 15 años, era una chica normal, vivía en una familia feliz, rodeada de mis hermanos mayores. No había sufrido 'bullying', simplemente me acerqué a ellos para ser más popular”, relata a El Confidencial, mientras se enciende su enésimo cigarro y acaricia a su perro.

Quiere mostrarse fuerte. Asegura que ya ha superado todo lo ocurrido, pero el temblor de sus manos y el movimiento continuo de sus piernas la delata. Tan solo han pasado un par de años desde que ha empezado a recuperar la normalidad, mientras da charlas en los colegios sobre esta problemática que vive Holanda. A pesar de haber legalizado la prostitución, voluntaria y ejercida por mayores de 18 años, y de tener inmensos barrios rojos repartidos por diferentes ciudades del país, Holanda ha dejado cabos sueltos: los “loverboys”, los amantes que exigen a las niñas prostituirse para hacer caja a sus proxenetas, escapando a la vigilancia de las autoridades, padres y educadores.

“Eran chicos de mi misma edad. Algunos de mi clase. Quedamos un día y me presentaron a un hombre mayor que les pasaba droga. Me dijo que tenía que vender yo también, como el resto del grupo. Me aseguró que nunca me pillarían y que será divertido. Lo hice unas diez veces, hasta que me empecé a sentir mal y tener miedo a que mis padres lo descubrieran”, rememora esta joven. Su temor hizo que quisiera alejarse de todos esos chavales y de su nuevo mundo, pero ya no había vuelta atrás. “No se lo tomó nada bien. Me amenazó con ir a la Policía y decirles lo que había hecho. Me dijo que ahora tenía que darle dinero, de otra manera: prostituyéndome. Me violó y luego empezó a llevarme de coche en coche para acostarme con otros hombres”, relata, sin descomponerse y ayudándose de las caladas a su cigarro.


Los abusos a menores han crecido hasta convertirse en un fenómeno endémico mundial favorecido por el incremento del número de viajes de negocios en lugares hasta ahora remotos

Un negocio despiadado
Estuvo todo el curso con su destino atado al humor de su proxeneta. La recogía cada mañana y se la llevaba a Rijswik, una zona residencial a unos 20 minutos de La Haya, donde atendía a la clientela. “Me acostaba con hombres durante el día porque, claro, de noche mis padres no me dejaban salir. Él lo tenía todo calculado para que nunca me pillasen. Me sacaba de clase y el colegio nunca llamó a mis padres”, lamenta, sobre sus inicios en la prostitución forzada. La niña que nunca faltaba a clase y que siempre iba con un boletín de buenas notas a sus padres, cambió radicalmente de vida. Empezó a fumar y a descubrir las drogas de manos de un proxeneta. “Una amiga se chivó sobre ‘los chicos malos’, pero mi madre no quiso creerla, le dijo que yo era una buena chica y que era impensable que estuviese haciendo eso”, dice. Cuando su madre vio que su niña, adoptada, se maquillaba cada vez más, pensaron que su pequeña “era una adolescente y estaba cambiando por la edad”, confesó la progenitora, una década después.

Alexandra se acostaba con esos hombres vigilada por un señor que rondaba los cuarenta. “A mí no me daban dinero, los clientes se lo entregaban directamente a él, que lo manejaba todo. Me tenían controlada, amenazada y eso sí, me drogaban siempre”, advierte. Un día, de repente, nadie vino a recogerla a la puerta del colegio. Los muchachos entraron a clase como si nada estuviese pasando. Y ella hizo lo mismo. Su “dueño”, como se refiere a él a veces, había sido detenido por la policía,  acusado de tráfico humano y de prostitución forzada. Ella no era su única víctima, según las noticias.



Alejandra de espaldas a su dibujo, que denuncia el proxenetismo escolar en Holanda.

Ese día, Alexandra volvió a casa pero no le contó nada a nadie. Decidió mantenerlo en secreto mientras asimilaba que ya nadie iba a suministrarle drogas ni tenía que acostarse con hombres que le triplicaban la edad. Su proxeneta, aquel hombre que le pegaba una cachetada cada vez que se quejaba, el mismo que le regalaba prendas nuevas para mostrarse sexy, y que había irrumpido en su adolescencia para ponerle fin, estaba ya en manos de la Policía. Según un informe del Relator Nacional sobre la Trata de Personas y Violencia Sexual contra los Niños, ese año (2008) unas 165 menores, en su mayoría chicas, habían sido víctimas de tráfico humano en Holanda. Desde entonces, decenas de jóvenes, no solo menores, son víctimas de la explotación sexual.

La Policía holandesa explica en su web que un “loverboy” actúa de diferentes maneras. La más habitual es que un chico, más mayor que la niña, se acerca a ella de manera suave, poco a poco. Dice amarla, “le da el calor que no puede tener en casa “y mantienen contacto constante en personas, por teléfono, y las redes sociales “para embaucarla”. “Luego trata de hacer que dependa de él, por ejemplo, provocando discusiones entre ella y su mejor amiga o sus padres, para asegurarse de que solo le tenga a él para hablar. Le dirá que la Policía no es de fiar. Y le hará hacer cosas que ella realmente no quiere hacer, hasta acabar en el tráfico de drogas y en la prostitución… A veces bajo amenaza, otras aprovechándose de su confianza. “Le dará drogas, incluso por la fuerza”, añade la Policía en su página web. Un “loverboy” es un traficante, -añade-, un criminal “sin escrúpulos que quiere ganar mucho dinero a expensas de víctimas vulnerables”.

La pesadilla continúa: "Me vendieron por 200€"
Alexandra afirma durante la entrevista que se reconoce en la descripción policial. “Dejé de valorarme, me perdí el respeto durante esos años, no estudiaba, no sabía a quién recurrir. Cuando detuvieron a mi “loverboy”, me quedé con el trauma, y la psicóloga que contrataron mis padres no logró que yo hablase porque sentía vergüenza. Me hundí mucho más y no pude hablar ni denunciar lo que pasó”, rememora. Los traficantes son muy escurridizos y sus crímenes son difíciles de demostrar, como constatan las víctimas y las autoridades. “¿Cómo demuestras que fuiste violada? Las violaciones no tienen lugar en un supermercado, sino en casas, a las que las chicas acaban yendo de alguna manera voluntariamente, y ninguna tiene pruebas de nada. Las chicas se duchan después de acostarse con otros hombres y bajo las drogas puedes hacer barbaridades, entonces ¿cómo pruebo las violaciones?”, sentencia.

“Estuve mucho tiempo sin confiar en nadie y sintiéndome avergonzada de mi misma, hasta que a los 19 años conocí a un chico del que me enamoré. Era muy agradable, le conté lo que me pasó y siempre me repetía que no todas las relaciones giraban en torno al sexo, que él me quería de verdad, y me iba a proteger. Nos hicimos novios, venía a mi casa, y yo iba a la suya”, recuerda, con un rostro de arrepentimiento. “Todo era maravilloso hasta que, tres meses después, me presentó a un hombre de 60 años, narcotraficante. Acabé usando drogas, estábamos siempre en su casa, le cogí mucha confianza y hablábamos siempre de cosas personales. Creí que éramos amigos”, añade.


Ese sexagenario estaba preparando el camino para reconocer su verdad, y la de su amigo. “Un día estaba yo muy drogada y ese hombre me dijo que quería que yo me acostara con él, una sola vez, y que él me daría mucho dinero por ello”. Sorprendida por esta oferta, Alexandra miró entonces a su novio, en busca de socorro y protección. Su respuesta, asegura, fue: “Sí, hazlo, no tiene nada de malo”. Fue ahí cuando esta joven, entonces a punto de cumplir los 20 años, descubrió que su novio, el primer hombre en el que volvía a confiar después de ser víctima de la explotación sexual durante su adolescencia, era también un “loverboy”.

Esa noche, y bajo efecto de las drogas, acabó acostándose con un señor que le triplicaba la edad y por el que sentía repulsión. Lo hizo por órdenes de su nuevo amor. Desde ese día se acabó convirtiendo en su “dueño”. “Me obligó a estar en su casa. Me drogaba, luego me subía a la planta de arriba de la casa y mandaba hombres, uno tras otro, para que se acostaran conmigo. En el piso de abajo, le pagaban a él. Estuvo mucho tiempo así hasta que se hartó de mí”, lamenta. Este proxeneta “se la vendió” a su primo por “200 euros”. Era una persona “muy abusiva”, reconoce dos años después de haberse alejado de él.

El síndrome de Estocolmo
El que sería su tercer propietario era “un pez gordo” en el tráfico de personas en Holanda. Tenía muchas más chicas en su poder, las prostituía en la calle o en un prostíbulo. Algunas eran menores de edad, con documentación falsa. Las otras estaban en su veintena, pero en sus manos años antes. “Cuando me entregó a él, me deprimí. Sentí que él no me quería. Yo era leal a él y hacía todo lo que me pedía. Me sentía despreciada y estaba convencida de que yo había hecho algo mal. Yo era una víctima pero pensaba que la víctima era él”, habla Alexandra, sobre lo que se define como síndrome de Estocolmo. “Era muy violento. Me pegaba con un cinturón. Me enseñó a no sentir dolor. Me maltrataba y golpeaba hasta que un día dejé de sufrir y sentir dolor. Ahí fue cuando paró. Era un enfermo. Pero aun así, cuando me entregó a su primo me sentí triste y eso no era normal”, afirma.

El prostíbulo donde acabó ejerciendo Alexandra fue determinante para ella. “Lo que sufrí antes era un paraíso con lo que tuve que vivir a manos de su primo. Los clientes eran gente abusiva. Uno quería que yo fuese como un perro. Me puso un collar y me ató al radiador. Me pasé toda la noche ahí. Y al día siguiente me volvió a violar. Otros hacían conmigo lo que querían. Uno me violó y después me puso una pistola en la cabeza para matarme. Apretó el gatillo pero no salía ninguna bala. Yo me hice pis encima del miedo que pasé. Acabé destruida”, cuenta. “Si la prostitución forzada existe es gracias a los clientes, pero los clientes no quieren ver la realidad, y hasta les gusta estar violando niñas”, lamenta. Tras varias semanas, y aprovechando un momento de despiste del guardia, escapó de ese lugar. A pesar de todo su sufrimiento, se lo pensó dos veces antes de huir porque, dice, “ellos eran lo único” que le quedaba en la vida.

Esa es precisamente la táctica que siguen los “loverboys” para tener controladas a sus víctimas, advierte la Policía holandesa. Las convierten en emocional y financieramente dependientes, y les dejan la puerta abierta para irse, convirtiendo su vida en un ciclo de abusos sexuales y psicológicos, e incluso llegando a hacer que ellas trabajen como prostitutas legales detrás de los escaparates de un barrio rojo para entregarles el dinero a sus proxenetas. Por ello, cada vez hay más instituciones y grupos de padres con hijos víctimas de “loverboys”, intentan actuar contra esta lacra que el Gobierno no consigue erradicar.


El Barrio Rojo de Ámsterdam cuenta con un museo de la prostitución. (Efe)

Fundación StopLoverboys: "Salvar a las niñas"
Anita de Wit, madre de una chica de 25 años, abre las puertas de su casa a El Confidencial para mostrar el lugar en el que ha acogido a decenas de jóvenes que han caído en una red de prostitución forzada. El que fuera su hogar, en Alphen ad Rijn, población situado entre La Haya y Utrecht, se ha convertido en lo que ella misma llama “centro de acogida”. Su hija fue capturada por un “loverboy” hace 10 años y cuando empezó a buscar ayuda a las autoridades y las instituciones, se encontró con un muro de ignorancia sobre un problema real de Holanda. Su pequeña tenía entonces 14 años y a día de hoy aún es víctima de una red de tráfico humano: está en manos de su cuarto “loverboy”.

Una madre desesperada por salvar a su hija y una ley que considera que las mayores de 18 años son lo suficientemente adultas como para saber lo que están haciendo, a pesar de haber sido capturadas cuando eran menores de edad. “A ojos de la Policía, ella es mayor y tiene que tomar sus propias decisiones, pero es adicta a las drogas, y no es dueña de su propia vida desde hace una década”, afirma. Anita no está en contacto con su hija y la información le llega con cuentagotas, pero siempre intenta estar al tanto de los pasos de ella para saber cómo y dónde está.

Los médicos intentaron ayudar a Anita recetándole antidepresivos, pero ella prefirió “tirarlos a la basura y comenzar a luchar por salvar a las niñas” víctimas de estos grupos mafiosos. Su fundación se llama "stoploverboys" y para gestionarla recibe la ayuda de su otro hijo, un chaval que se patea ahora las calles intentando aliviar el sufrimiento de muchas chicas que se prostituyen en las calles. “Como sabe que no las puede sacar de ahí, ni salvar, intenta tomarse un café con ellas o invitarlas a algo, para hablar y que sepan que hay personas más allá de la mafia, dispuestas a ayudarlas”, añade.

El movimiento juvenil del Partido Social holandés (ROOD) es uno de los grupos que han llevado a cabo campañas en Holanda para ayudar las víctimas de violencia sexual y prostitución. Durante los últimos años han denunciado que la Policía no se toma en serio la problemática de los “loverboys”, y la protección y asistencia a las víctimas deben mejorar. El ROOD elaboró un informe para respaldar su denuncia en el que incluyó entrevistas con 21 niñas que tenían entre 12 y 24 años de edad cuando fueron obligadas a prostituirse por sus “novios”, engañadas con promesas de amor.

“Las víctimas tienen a menudo una idea negativa sobre la Policía”, reconoció Sigrid van de Poel, directora de Protección juvenil de Seguridad. Por ello, en Ámsterdam, la Policía acordó el pasado mayo trabajar codo con codo con las instituciones sanitarias y juveniles para apoyar psicológica y legalmente a las víctimas de los “loverboys”, y para hacer que las comisarías sean un lugar de confianza para las mujeres jóvenes que quieran deshacerse de sus proxenetas. A día de hoy, solo en la capital holandesa, hay 40 niñas en tratamiento psicológico tras haber sido víctimas de trata de personas.

Prostitución legal: ¿efectiva?
El pasado 1 de agosto, un holandés de 28 años, residente de Utrecht, fue condenado a tres años de prisión por un intento de trata de seres humanos y de forzar a una niña menor de edad a la prostitución. Tenía antecedentes penales por una causa similar. Según el juez, era una persona “sofisticada” en lo que hacía. Inició una relación sentimental con una joven, le hizo fotos y vídeos mientras se estaba duchando y amenazó con publicarlas en las redes sociales si no se prostituía para él. Ella no se sometió a sus órdenes y él publicó las imágenes. “El condenado tiene una completa falta de comprensión de lo reprobables que son sus actos. Fue condenado en 2016 por hechos similares y cometió el mismo delito de nuevo”, afirmó el juez.

En mayo de 2009, la escritora holandesa y víctima de un “loverboy”, Maria Mosterd, reclamó 74.000 euros en compensación a la escuela Thorbecke, su antigua escuela secundaria en Zwolle, en el noroeste de los Países Bajos. El colegio no proporcionó un ambiente seguro de aprendizaje e ignoró sus frecuentes ausencias, recalcó la víctima. Mosterd escribió un libro titulado “Los hombres reales no comen queso”, en el que cuenta su historia: a los 12 años fue capturada por un hombre más mayor que ella y estuvo durante cuatro años cautiva, luchando para escapar de sus manos.

El problema es tanto sacar a las víctimas de estas redes, como reintegrarlas en la sociedad. Holanda no está preparada para hacerse cargo de las víctimas de los “loverboys”, denuncia tanto Anita como Alexandra. “Cuando he conseguido salir, tenía dos opciones: la prisión o el manicomio. Al final me vi encerrada en un psiquiátrico, rodeada de psicópatas y asesinos. Fue muy duro. Me daban muchas crisis, ataques de locura, estaba todo el día con tranquilizantes. Me quitaban la ropa, me ataban y me dejaban sola en aislamiento. Cada noche. Me trataban como una loca. Para ser justos, lo estaba, no estaba muy normal”, concluye, esta vez, mostrando todo su enfado por no haber roto antes con sus verdugos.

Alexandra lleva dos años teniendo pesadillas cada noche y las cicatrices que marcan todo su cuerpo son reflejo de todo lo que le pasó. Algunas se las hizo ella misma, otras las palizas de clientes y proxenetas. Señalándolas, mira hacia el futuro con optimismo y dice que su sueño es levantar cabeza, rehacer su vida y especializarse en la ayuda a las víctimas de la prostitución forzada. “Nadie los entenderá mejor. Yo he sentido mucha vergüenza y miedo. La gente me miraba como si yo fuera un monstruo, pero fueron ellos, mis loverboys, los que me convirtieron en un monstruo”, afirma, decidida a recuperar siete años de su vida robados por una mafia que cuestiona la efectividad de la legalización de la prostitución.

Fuente
https://www.elconfidencial.com/mundo/2017-08-15/explotacion-sexual-loverboys-holanda_1428973/

‘Pensaba que trabajaba, pero en realidad era una niña explotada

Testimonio de prostitución


‘Pensaba que trabajaba, pero en realidad era una niña explotada’ - Extracto

En Bogotá, entre el 2016 y el 2018, se han registrado 89 casos de trata de personas.
Por: Carol Malaver  05 de junio 2018 ,
Sofía llegó tímida. Es una niña de 15 años que nació en el Tolima y vivió con sus abuelos hasta que tenía siete años, la misma edad en la que un día, en el borde de un andén, conoció a su madre. Nunca la había visto pero sabía que era ella.

Tuvo una niñez llena de necesidades. Recuerda que cuando no había qué comer le lavaba la loza a una vecina y ella la abastecía de alimentos. “Mi bisabuela era muy viejita, mi abuela se encargaba de los quehaceres de la casa y mi abuelo tenía muchas mujeres. Mi mamá le mandaba plata para mí pero él siempre se la gastaba con mujeres”.

Por eso, cuando conoció a su madre, se lanzó a sus brazos, a pesar de ser una persona ausente en su niñez. Luego de unos días, decidieron retornar a Bogotá y comenzar su vida en un barrio de la localidad de Usme. “Lo que más duro me dio fue el frío pero con el tiempo me acostumbré”. Así fue que ella comenzó a estudiar y a llevar una vida normal en medio de la precariedad.

Pero, a pesar de todos los intentos de su madre por cuidarla, a los 13 años Sofía conoció a un joven a través de la red social Facebook. “Yo fui a bailar con él y sus amigos. Ese día me presentaron a una chica que tenía unos 16 años. Se llamaba Karen y me contó que tenía un trabajo que la hacía ganar mucha plata. Eso fue como en el año 2014”.


No pasó mucho tiempo para que la niña fuera presentada con otra mujer, esta vez de unos 28 años, la misma que le contó que existía un grupo de ‘trabajadoras sexuales’ y que todas laboraban a domicilio.

Luego le pidieron fotos íntimas y le explicaron que cada cliente pagaba 200.000 pesos, de los que le descontarían solo 50.000. “La primera vez que trabajé o que pensé que trabajaba fue en un hotel en la avenida Primero de Mayo. Atendí a tres clientes”. Sofía pensaba que esa era una forma fácil de obtener ingresos, pero, en realidad, estaba siendo explotada de la forma más vil. Este sería solo el comienzo de una maraña de propuestas que la llevarían a ser víctima de una red criminal.

La misma mujer que la había convencido de vender su cuerpo le presentó a una joven a la que solían llamar ‘Muñequita’. “Ella me dijo que había salido un trabajo en Melgar para los fines de semana. Nos darían para los pasajes, la comida y que todo lo que hiciéramos sería para nosotras”.



La primera vez que intentó salir desde la terminal de Sur para su destino, su madre fue alertada por la Policía, pero fue hábil para convencerla de que iba a un paseo inofensivo con sus amigas. Para ese momento las jóvenes ya consumían cigarrillo y perico. Esa es la otra forma en la que las bandas retienen a las niñas, las convierten en adictas y esto les dificulta tomar decisiones o salirse de la red. “La primera vez que llegamos al pueblo recuerdo que bebimos mucho. Luego unos tipos nos recogieron en una moto y subimos borrachos hasta una finca que ni siquiera tenía luz. Me dio miedo”.

Al otro día un hombre que fungía como el administrador del lugar le explicó cómo iba a ser su supuesto trabajo. “Me dijo que los clientes llegaban a la finca, que teníamos que arreglarnos y llamar su atención. Cada uno pagaba 10.000 pesos por la pieza y 40.000 por nuestros servicios que duraban de 10 a 15 minutos”. Sofía, ‘Muñequita’ y Daniela eran todas menores de edad, niñas que estaban siendo ultrajadas.

Luego de cuatro fines de semana de permanecer en esa finca con la excusa de estar trabajando en eventos las condiciones comenzaron a cambiar. “Ya no nos pagaban el transporte, nos pedían plata para la comida, nos obligaban a hacer el aseo y muchas veces el desayuno nos los traían tarde y frío. Un día nos lo dieron a las 8 de la noche”.

Mientras todo eso ocurría, las niñas eran vigiladas por cinco hombres. “Recuerdo una vez que llegó un tipo muy gordo, estaba borracho y como yo estaba muy cansada y me negué a estar con él me tiró a la cara media botella de aguardiente. Si no es porque me corro, me hubiera jodido”, contó la niña. El único escape de las jóvenes era la droga. No había otra forma de soportar semejantes vejámenes.

Luego comenzaron las peleas entre compañeras, los robos, hasta que Sofía decidió volver a su casa con la supuesta excusa de que el trabajo se había acabado. Pero ya su cuerpo mostraba desgaste, enfermedad, abuso.

Ella solo quería retornar a una vida normal y así intentó hacerlo a pesar de que ya cargaba con el peso de la culpa y de engañar a su madre. “Yo conocí a un chico. Me pude enamorar de él porque me decía que dejara de consumir drogas, que mejor viajáramos. Yo me olvidé de todo y hasta me fui a vivir con él y con sus padres”. Pero Sofía ya tenía un pasado difícil de borrar y ocultar. “Un día llegaron unos detectives a la casa. Yo me quería morir porque mis suegros y mi novio se iban a enterar de todo”. Y así fue, el testimonio de Sofía sería clave para desmantelar toda una red de trata de personas que llevaba niñas de Bogotá a Melgar. Toda su familia se enteró de la forma más cruda que había sido explotada. Luego quedó internada en una casa para su protección.

Una vez, un tipo muy gordo que  estaba borracho me tiró a la cara media botella de aguardiente solo porque no quise estar con él

Así comenzó el proceso de restablecimiento de derechos. Ella tenía que entender que lo que había hecho nunca fue un trabajo. Todo ese tiempo había sido explotada. “No me había dado cuenta de que toda esa plata se había ido fácil mientras que otros habían acabado con mi cuerpo”. Hoy la niña atraviesa por un proceso de recuperación en la que se le ha ayudado en su proceso físico y psicológico, gracias al Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (Idipron). Da un paso a la vez porque las redes de trata aún la persiguen.


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Fuente

CAROL MALAVER
Subeditora Bogotá
Escríbanos su caso a carmal@eltiempo.com
Twitter: @CarolMalaver
http://www.eltiempo.com/bogota/nina-explotada-por-red-de-trata-de-personas-cuenta-su-drama-226910





La historia de Camila, prostituta en Miraflores: “Cualquiera que tenga 20 o 30 euros ya se cree superior a ti”


Testimonio de prostitución

La historia de Camila, prostituta en Miraflores: “Cualquiera que tenga 20 o 30 euros ya se cree superior a ti”

Esta trabajadora brasileña asegura que “todas aquí somos madres y, si tiran estos edificios, las perjudicadas seremos nosotras y nuestras familias”. Camila cuenta a DIARIO DE AVISOS su desgarradora historia en el mundo de la prostitución, en el que comenzó siendo una niña de 14 años
JUAN JESÚS GUTIÉRREZ 29/07/2018 ·

Las mujeres que ejercen la prostitución en la zona de Miraflores llevan semanas de intranquilidad. Las excavadoras y las grúas están adueñándose de lo que, en su momento, fue su tranquilo lugar de trabajo. Ahora miran con recelo todo lo que ocurre, la especulación llega inexorablemente para echarlas.

Camila [nombre de trabajo de nuestra protagonista], afirma que “no sabemos lo que va a pasar y nos gustaría que hicieran por nosotras lo mismo que hicieron en Las Palmas con las compañeras que sacaron de la Isleta. Todas aquí somos madres y, si tiran estos edificios, las perjudicadas seremos nosotras y nuestras familias”. Asegura que “el trato con los vecinos es, en la mayoría de los casos correcto, creo que no nos aceptan pero ya están acostumbrados a nuestra presencia”.

Camila ejerce la prostitución en la zona de Miraflores y mira con recelo la llegada de las máquinas que derribarán en breve la manzana de viviendas en las que trabaja. Fran Pallero
Camila nos cuenta su desgarradora historia en el mundo de la prostitución, en el que comenzó siendo una niña. “Entre con 14 años y no conozco otro mundo laboral que no sea este. Empecé por necesidad, hambre, pobreza y miseria. Soy de Sao Paulo, la ciudad más grande de Brasil, y casi de Latinoamérica, un lugar donde el rico es asquerosamente rico y el pobre tremendamente pobre. Nací y me crié en una favela, por lo que conozco todo lo que conlleva de pobreza, marginalidad, violencia y delincuencia. Estuve cerca del mundo de la droga, he visto asesinar a varias personas delante de mí y pensaba que quitar la vida a una persona era normal”.



Camila comenzó entonces a narrarnos cómo entró en este mundo de la prostitución siendo una adolescente. “Yo entré en la prostitución porque mi madre enfermó tras morir mi hermano, mi familia no tenía recursos económicos, mis abuelos eran ya ancianos y mis otros hermanos eran pequeños. Por tanto, me ví con la responsabilidad de buscar la comida para mi familia. Fui a pedirle ayuda a un vecino que tenía dinero, y el acepto ayudarme pero pidió a cambio mi virginidad. Ni siquiera tenía la regla y, por el hambre y la necesidad, tuve que aceptarlo”.
Tras este inicio, vivió otra traumática experiencia, trabajar para una madame que la engañó. “Posteriormente, el primer sitio donde comencé a trabajar fue, siendo menor de edad, en una casa con documentación falsa que me hizo la dueña. Era la más joven de la casa y todo el dinero que ganaba, incluso las propinas se lo dejaba la dueña, porque ella me decía que me lo guardaba. No tenía ninguna experiencia de la vida, y mi sueño era tener una casa con piscina para mi madre [se le entrecorta la voz y se seca las lágrimas]. Así trabajé un año y medio y cuando fui a reclamarle mi dinero, la madame me dio una paliza, me tiro a la calle desnuda, y me amenazó con contárselo a mi madre y a mis abuelos”. “Fueron años duros, continuó, aprendí a base de golpes y, por eso, desconfío de la gente, pues he sufrido mucho en la vida”.
Hace 20 años que Camila llegó a Europa para ejercer la prostitución de la mano de una mafia de su país. “Tuve que trabajar muchas horas durante mucho tiempo para pagar la deuda de unos 6.000 euros para que me devolvieran mi pasaporte. Tienes que trabajar para pagar porque tampoco sabes si van a hacer algo malo a tu familia que se queda en tu país”.

La brasileña trabaja en la calle Miraflores porque se ha fijado un turno de día. Sin embargo, cuestionada si es más peligroso trabajar en la calle o en una casa, aseguró “el peligro está en todos lados. Hay muchas situaciones de inquietud tanto en la calle como en una casa. Sí un hombre quiere hacer daño a una mujer basta con tener mala intención, nosotras también ejercemos un poco de psicólogas y vemos como hay hombres que han tenido un mal día en el trabajo, no es feliz en su casa, o no le han salido bien las cosas. Siempre debemos estar alerta, porque no sabes lo que va a pasar, estamos expuestas a que nos llegue un psicópata”.

INTENTARON ASESINARLA
Llegados a este punto, Camila nos sorprende con una sorprendente confesión. “Siempre tienes una cierta inseguridad, podríamos trabajar solas pero si lo hiciéramos no tendríamos ninguna protección. Entre compañeras aquí en Miraflores nos vigilamos y protegemos y, sí un cliente quiere propasarse o hacer algo malo, entre todas nos defendemos. No es menos peligroso una casa que la calle, pues un cliente intentó matarme mientras estaba trabajando en una casa en la avenida de Las Palmeras, en Finca España. Intentó ahorcarme y, por suerte, un amigo suyo fue el que me salvó la vida. Se lo agradeceré siempre”, rememoró.

Nos cuestionamos entonces si el ser humano es malo por naturaleza o saca su lado más vil al abusar de una mujer. “En ese caso no estaba borracho ni drogado, era un ser asqueroso. Para muchas personas, las prostitutas somos lo más bajo de la sociedad, somos mierda, lo peor de lo peor, pero nadie se ha parado a pensar ni ponerse en nuestras vidas y las circunstancias que nos han llevado a este trabajo. Cada una de nosotras tiene su historia”. “Cualquiera que tenga 20 o 30 euros ya se cree superior a tí, continuó, pues él paga y nosotras tenemos que aceptar, porque una profesional no puede, en muchos casos, rechazar el servicio. Me han venido hombres vomitados, meados, sin ducharse -en varios días- y tenemos que aceptarlo porque, si no has tenido un buen día, no puedes elegir”.
“Yo solo pido un poco de respeto y educación. Muchas veces saludamos de forma cortés a la gente que pasa a nuestro lado y rara vez nos devuelven el saludo. La mayoría nos giran la cara, se ríen, nos insultan, nos miran con desprecio, sobre todo las mujeres”.

Esta brasileña reconoce que le gustaría trabajar en otra ocupación pero, afirma resignada que “si pudiera hacerlo lo cogería. Me he planteado dejarlo, y lo he intentado, pero no tuve suerte. Trabajé varios meses en un restaurante como una burra pero no me pagaron”.



LA REALIDAD NO ES LA QUE SALE EN TELEVISIÓN
Durante la charla, Camila reiteró en varias ocasiones la distorsión de la realidad por parte de las películas, qué daño hizo Pretty Woman, y está haciendo los programas actuales de televisión. “Que nosotras salgamos todos los días a trabajar no significa que volvamos a casa con dinero, la gente está equivocada. No es habitual tener un día bueno, y menos los que te permiten no trabajar dos días seguidos. En las películas y los reportajes de televisión sale habitualmente una prostitución que muchas veces no es acorde a la realidad. La prostitución de lujo existe, pero en casos muy puntuales. Hay muchas famosas que dicen que son modelos, presentadoras, actrices… y hacen lo mismo que nosotras, pues desde el mismo momento que vendes tu cuerpo a cambio de dinero o caprichos no deja de ser prostitución pero, en ese caso, consentida por la sociedad. La realidad no es como la pintan, cuando llueve tenemos que protegernos con paraguas para no mojarnos, y cuando hace sol y calor, buscamos la sombra con una sombrilla”.

Camila afirmó que “somos las mujeres que más visitamos al ginecólogo, utilizamos siempre protección y, aunque estamos en el grupo de riesgo de las personas con venéreas y sexualmente trasmisibles, sin embargo somos las más limpias. Si abres el bolso de cualquier prostituta siempre encontrarás condones, y prácticamente ninguna dará un servicio sin usar condón”, y reprochó a las mujeres que hacen una vida ‘normal’ que no se protejan en una relación. “Se ha dado cuenta que la ropa que utilizamos nosotras para trabajar, las mujeres de vida normal salen con ellas de fiesta, o como en Carnaval muchas mujeres se disfrazan de prostituta porque, en el fondo, todas quieren sentirse prostitutas por un día”. “Las mujeres que llamamos de vida normal si salen un día o un fin de semana a una discoteca y ligan con un hombre podrían llegar a tener relaciones pues se venden, en muchos casos, por una raya o para que les pagué unas copas”. También reconoció que conoce “algunos casos puntuales, que trabajan un mes o dos para comprarse un bolso de marca o darse un viaje, el capricho de una joya, un perfume, un coche para aparentar un nivel de vida superior. También hay otras que trabajan para pagarse la droga. Pero también la crisis del país de origen marca la prostitución, pues antiguamente era muy difícil ver a una venezolana y ahora muchas ofrecen sus servicios”.

CRISIS Y COMPETENCIA
Antiguamente se podía asegurar que en los fines de semana era “cuanto más se podía ganar en la prostitución” y podías descansar algunos días durante la semana “pero ahora, con la crisis, y que cada vez somos más chicas ejerciendo la prostitución, hay que trabajar más días y no sabes si será un día bueno o malo”. Nos aseguró que fueron “las primeras en notar los efectos de la crisis porque trabajamos con los hombres y, al final, la puta es un lujo para el que puede pagarlo. Con la llegada de rumanas y búlgaras se han empeorado las condiciones de trabajo, pues antiguamente cobramos todas el mismo precio, pero ellas los bajaron. Esto ha sido muy malo para todas pero, en especial, para mujeres de más de 50 años”.

Esta brasileña reconoce que se medica para dormir y sufre psoriasis, y hay otras compañeras que están perdiendo el pelo. “Tengo miedo a ser rechazada y humillada. Yo cuando estoy en mi casa hago una vida normal. Allí soy ama de casa, cuido de mis hijos, los llevo al colegio y procuro darles una vida normal. Sin embargo, soy incapaz de ser una persona social, tengo miedo de relacionarme, soy desconfiada”.

Por último, reconoció la gran hipocresía de la sociedad. “Nadie quiere una prostituta en la familia pero no hacen ascos a vivir de su dinero. Mi madre no sabe que yo ejerzo la prostitución, si lo supiera me repudiaría, pero ella como mi familia se mantienen el Brasil gracias al dinero que les envío”, finalizó.

“QUIERO DAR UN FUTURO Y UNA VIDA DIGNA A MIS HIJOS, ESA QUE NO TUVE YO”
Nuestra protagonista vive en el sur de Tenerife y se desplaza a trabajar a la capital. Sus dos hijos desconocen a qué se dedica. “Continúo en la prostitución por necesidad, para que mis dos hijos no pasen hambre, tengan colegio y una educación. Yo me someto a esta situación para dar un futuro y una vida digna a mis hijos, esa que a mí me hubiera gustado tener a su edad”.

Fuente
https://diariodeavisos.elespanol.com/2018/07/camila-prostituta-en-miraflores-cualquiera-que-tenga-20-o-30-euros-ya-se-cree-superior-a-ti/