miércoles, 1 de febrero de 2017

Inocencia Mutilada




Testimonio de prostitución



Esta entrevista se publicó en el número 41, Febrero/Marzo de 2001, de la revista "La Luciérnaga" de Córdoba Capital . Dicho número fue dedicado íntegramente al tema de la prostitución, principalmente haciendo foco en la niñez, como respuesta a una investigación sobre explotación sexual infantil que UNICEF realizó entre 1998 y 1999, y que se presentó en Córdoba Capital a fines del año 2000. La nota no tuvo ninguna repercusión. Algunos meses después, ésta mujer, así como Oscar Arias de la Luciérnaga (al parecer el autor de esta entrevista), fueron reporteados en el programa televisivo "A decir verdad" del periodista Miguel Clariá. En ese mismo programa estaba el entonces Fiscal General de la Provincia, Marcelo Brito, quien dijo que se ocuparía del asunto. En los días siguientes se allanaron dos o tres prostíbulos sin resultados positivos.


Inocencia Mutilada

Seguramente desnutrida, ella era también extremadamente diminuta y callada, casi sombría, pasando prácticamente desapercibida entre sus pares.

Sin embargo, con sus cortos años y a pesar de su condición de mujer, ya era líder. Pero no cualquier tipo de líder: ella militaba en esa categoría de quienes manejan los hilos sin necesidad de acaparar roles, sabiendo delegarlos en beneficio de un grupo que se sabe así protegido. Al más fuerte le asignaba el deber de la pelea; al más rápido, el arrebato; al más astuto, el robo “al descuido”; al más triste la tarea de dar lástima, la tarea de manguear.

Sus silencios, en algún momento del día, se transformaban en una explosión de furia y llanto desproporcionado a juzgar por sus motivaciones aparentes. La mirada de un policía o una de las innumerables “malas palabras” de un compañero, desataban una reacción feroz que no reconocía consecuencia ni riesgos.

Algo en ella se movilizaba más allá de su destinatario circunstancial, como quien enfrenta el mismo fantasma que se encarna en sucesivos rostros o en multitud de manos.

Todos los días con sus noches, ella y sus compañeros iban creciendo a cielo abierto, a la vista de todos, en el epicentro mismo del desamparo: la Plaza Colón de nuestra docta ciudad. Durante años permanecieron ahí. ¿Podrá alguien explicar la paradoja por la que de tanto mirar se deja de ver?

Quizás el que sepa responder tenga la clave para la comprensión de tanto abandono social.

Nos conocimos hace una década aproximadamente mientras aprendía a dar mis primeros pasos como operador de calle. Ella tenía diez años y yo veintiséis.

Desde entonces la vida y las circunstancias nos hicieron coincidir en diferentes escenarios. Debajo del puente, en casas usurpadas o en la esquina de limpiar vidrios, fuimos compartiendo historias que derivaron inevitablemente en un vínculo. Quizás sea por eso que me acostumbré a compartir con ella lo que pienso, como si ella ejerciera cierto “control de calidad” sobre la pertinencia de ciertas ideas que buscan abarcar la marginalidad de tantas vidas como la suya. Una manera de legitimar mis lecturas sobre dolores ajenos, a los que no me acostumbro.

Cuando decidimos hacer una revista sobre prostitución infantil le dije, sin saber que iniciaba un diálogo del que no salí siendo el mismo:

- Es un tema muy duro para hablar, casi no sé cómo preguntarte.

Ella fue al grano, sin sutilezas:

- La gente que me rodeaba cuando era chica, todos estábamos en ese mundo.

- Te estás refiriendo al tema de la prostitución…

- No sólo existe la prostitución de las nenas chiquitas, sino también de los varoncitos…Sí, existe de las nenas y los nenes. A la mayoría de los hombres les gustan las criaturas. ¿Cómo te puedo decir? Las menores, no sé como se les dice…



- ¿Es diferente la prostitución en los chicos que viven en la calle?

- Sí. La prostitución es muy común en los chicos que andan solos en la calle. Porque se prostituyen por necesidad, para que alguien cuide que nadie les pegue o para comprar fana, para drogarse.


Transcurrió densamente un largo silencio. Un silencio pesado y delator.

Por un lado, silencio incómodo que invitaba a tomar la palabra. A la vez, sentía pudor de invadir ese silencio que delataba algo fuerte ocurriendo en su interior. No sé cuánto tiempo pasó hasta que continuó diciendo:

- Bueno, te voy a contar una historia… Yo me fugué de mi casa cuando mi papá se separó de mi mamá, la primera vez, cuando ella se fue… mi papá le pegaba… Nos fuimos con mis hermanos a la calle, a la Plaza Colón. Y ahí vino una pareja normal, nos preguntaron si teníamos dónde dormir… Y nos llevaron a su casa, ahí tenían varios chicos, nosotros no éramos los únicos. Ellos tenían un celular adonde la gente esa los llamaban. Nosotros creíamos que eran gente que nos buscaban para dormir en sus casas, pero no era así. Los llamaban y nos sacaban a todos, en fila y nos elegían. Íbamos a muchos lugares. Me acuerdo que yo conocí Alta Gracia, Carlos Paz, Río Cuarto… nos llevaban ellos.

- ¿Qué edad tenías?

- Siete años.

- En Alta Gracia había como un tipo boliche… ahí nos hacían cosas. No sólo a nosotras las nenas, a los varones también. Bueno, no sé si te habrás dado cuenta de que no parezco una mujer, no me gusta la ropa de mujer, no me gusta vestirme como mujer… eso cambió en mí. A mí no me gusta ser mujer, pero tampoco me gustaría ser hombre. Yo supe tener problemas con mi marido, no nos llevábamos bien con ese tema. No sé si me entendés…

- Sí, claro.

 Otro silencio se instaló entre nosotros. Pero esta vez ella tembló desencajada, con un llanto mudo de dientes apretados. Me hubiera gustado abrazarla, pero una vez más preferí no invadir lo que intentaba decir. Su llanto era también una forma de decir. Casi balbuceando siguió:

- Ellos nos hacían cosas malas. Y le pagaban a la señora. Y mi hermano salía a robar también para ellos. Como a los diez años de edad me alejé y mi hermano también. Creo que en estos momentos están presos.

- ¿Eran un matrimonio de barrio X?

- ¿Los conocés?

- Sí, yo sabía que hacían trabajar a los chicos, pero no sabía que los hacían prostituir. ¿Era esa gente?

- Sí. Ellos están presos, creo…

- No, no está ninguno preso. Estuvieron por droga, pero ya salieron. Pero no tengas miedo, esta entrevista es más que anónima…

- Yo no sabía que habían salido.

- Sí, hace mucho.

- Nos hacían mucho más que trabajar. Aparte, teníamos a veces relaciones entre nosotros.

- Porque dormían en la misma cama…

- Y cuando se drogaban, cuando tomaban.

- ¿Ellos se drogaban y los instaban a que ustedes tengan relaciones?



El silencio esta vez es una simple metáfora del sí.

 - ¿Cuánto duró eso?

- Hasta que tuve diez años. Cuando yo lo conocí a mi marido, yo seguía en eso.

- A ver si te entiendo: a los diez años vos te fuiste de ellos y volviste a la calle.

- En Plaza Colón, ahí hay gente que va a levantar chicos…

- O sea que tenías diez años, once años y ya no trabajabas para esta gente, pero estabas acostumbrada a ganarte la guita así.

- Hasta los doce que yo conocí a mi marido.

- ¿Y él que edad tenía?

- Diecinueve. Él me sacó de todo eso.

- Esos dos años, ¿viviste sola o con tus hermanos?

- No, mis hermanos viajaban con esa gente… Dos de ellos, los otros estaban en colegios internados (institutos de menores). Uno de mis hermanos tenía seis años cuando lo engancharon esos tipos…

- Cuándo lo empezaron a hacer trabajar.

- Sí. Y no era siempre gente pobre, éstos más bien parecían gente de mucha guita.

- Los clientes, los que pagaban.

- Sí. Hasta el día de hoy, no lo pudimos hablar con mi hermano. Ésta es la primera vez que lo hablo.

- Es increíble que seas tan fuerte. Ni vos lo debés saber…

- No lo soy.

- ¿Cómo que no? Si uno te ve, siempre para adelante, tratando de llevar la familia, preocupándote por otros. Si eso no es ser fuerte… Ser la gran madre que sos.

- Ojalá fuera fuerte.


- Quisiera saber si es verdad que los nenes que andan en la calle, justamente para que no los abusen, andan con olor a casa, olor a pis, sucios… como una manera de protegerse.

- Mirame a mí, no ando así orinada, soy una mujer, soy madre y mirame…

- Vos no querés que te desee nadie.

- Claro. Me gustan los hombres, por supuesto, pero…

- Vos no querés que los hombres te elijan, no querés que te vean… ¿Nunca se te cruzó nadie en el camino para pedirle ayuda?

- No, no podés zafar. Nosotros zafamos porque… no sé. Porque nos hicieron de todo, y de eso no se zafa. Si vos le das mucha ganancia a ellos, te buscan, no te dejan ir.

- Esa gente no está más, pero ¿todavía sigue habiendo otra?

- Por supuesto que sigue habiendo. Los chicos de la calle andan con los que lo levanten… esos, los pucheros, ¿viste? Te levantan y te pagan por hacerles algunas cosas. Y los chicos lo hacen. Los más buscados son los más rubiecitos. Eso sí, te visten, te dan de comer bien… pero eso no te sirve de nada. Yo, cuando limpio vidrios y estoy ahí, hay tipos que te dicen “Vení, yo te pago allá, porque cambia el semáforo”… y es para eso. Por supuesto que los rechazo, pero algunos insisten.

- ¿Creés que a esas nenas crecen limpiando vidrios, las expone más el ser nenas?

- No hay mucha diferencia. Porque el mundo está tan loco que a los hombres les da lo mismo si es mujer u hombre, si es niño o niño.

- ¿Pensás que a pesar de esto que has vivido, esto tan duro que te marcó, te quedan esperanzas en la vida, un motivo para soñar?

- La única esperanza que yo tengo es que mis hijos salgan limpios de toda esta mierda que hay en la calle. Ojalá Dios me dé vida y pueda ver que mis hijos tengan su familia, que no tengan necesidad de robar, ni hacer nada, ni andar en la calle. De mí… tengo ya mi edad… ya viví.

- ¿Te tenés fé?

- Sí.

- Yo también.


 La Luciérnaga - Nº 41 – Febrero Marzo 2001 – Pgs. 14-16





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