jueves, 9 de enero de 2020

Crónicas de La Pampa: ¿Cómo fue la historia de los primeros prostíbulos en General Pico?


28 de abril de 2019
Crónicas de La Pampa: ¿Cómo fue la historia de los primeros prostíbulos en General Pico?

El 1 de diciembre de 1920, se sancionó la Ordenanza N° 41, que reglamentaba el ejercicio de la prostitución en la ciudad, con idéntico espíritu de la ordenanza porteña de 1875 y sus reglamentaciones posteriores. Durante los primeros años de la década del ’20 se instalaron los primeros dos burdeles. Para bailar el tango, se cobraba 10 centavos, y el pasodoble, 20.
Por Santiago A. Wiggenhauser.

Desde comienzos del siglo pasado, la llegada masiva de inmigrantes, hombres en su inmensa mayoría, “generó” la necesidad de importar prostitutas y la consecuente instalación de prostíbulos en la Provincia.

Las llamadas “casas públicas” en la zona de la Pampa Central tuvieron su origen durante la colonización y se produjeron en simultáneo al proceso de poblamiento de los pueblos pampeanos.

En General Pico, el 1° de diciembre de 1920, se sancionó la Ordenanza N° 41, que reglamentaba el ejercicio de la prostitución, con idéntico espíritu de la ordenanza porteña de 1875 y sus reglamentaciones posteriores.

De acuerdo a la ley, se restringían los derechos de las prostitutas -obligadas a inscribirse en un registro municipal, imponiendo una revisión sanitaria-, y se reprimía la prostitución clandestina, con el fin de ejercer un control localizado de la actividad.




En los primeros años de la década del ’20 se instalan en General Pico los primeros dos burdeles, ubicados cerca de las vías del ferrocarril, en la intersección de las calles 17 y 10, sobre calle 17 hasta la mitad de la cuadra, el conocido popularmente como el “quilombo grande”; enfrente, entre la 10 y la 8, estaba el “quilombo chico”.

La diferencia más sustancial entre ambos, era que “el grande” contaba con unas 16 o 17 pupilas, mientras que “el chico” tendría unas diez o doce.
En estos lugares, al margen del motivo principal, los concurrentes encontraban buena bebida y mejor música, ya que a veces actuaban algunas orquestas que venían de gira.

En los locales, para bailar el tango, se cobraba 10 centavos, y el pasodoble 20. Se bailaba con grabaciones, por lo general, y a veces se presentaba algún músico con su instrumento, para deleite de la concurrencia que se congregaba en el patio del burdel. Los peones “golondrina” y los obreros ferroviarios eran los clientes más frecuentes.

Más en las afueras de la ciudad, en las quintas, funcionaban durante aquellos años, ya sin autorización legal, uno al que llamaban “Las catorce provincias” y en calle 28 esquina 13, el conocido como “La cueva del chancho”.

Era común que hubiera disputas en esos establecimientos. Según “La Reforma”, que daba cuenta de los hechos policiales, una noticia del 1° de diciembre de 1927 revela que “un empleado municipal asesinó a un hombre ayer en la Casa de Tolerancia. Ramón Andrés Farías y Flores (a) ”Andresino”, se encerró con la pupila Julia Arteaga. Se siente desde el interior golpes, gritos y ruidos de todo tipo. Ingresa con ánimo de apaciguar el vecino José Ganzerain, a lo que “Andresino” disparó tres disparos mortales. Fue detenido por los empleados Morales, Videla y Herrera. El asesino era encargado del cementerio local y tenía antecedentes policiales”.

En cuanto a las denominaciones de la época, es preciso destacar la “lata”, en términos de burdel, que era la ficha que el cliente compraba en la caja del prostíbulo y que debía dar a la pupila, ésta a su vez, le daba las latas a su “protector”, quien las hacía dinero efectivo frente a la “madama”, previa deducción de los gastos de comida y ropa.

Según la ordenanza N° 41, de 1920, al referirse a las pupilas, éstas debían ser inscriptas en la Inspección General de la Municipalidad, ser mayores de 22 años y presentar un certificado médico del facultativo municipal, donde se comprobara libre de enfermedades contagiosas.

También establecía los días de salida de las pupilas, ya que según el Art. 14, decía “sólo podrán salir a la calle de paseo o a compras durante el día y en coche, los martes y jueves, las asiladas en el lenocinio N°1, y los miércoles y sábados las del número 2”.

Estaban obligadas todas, regenta, pupilas y personal de servicio, a someterse dos veces por semana, a la inspección sanitaria correspondiente.

Algún tiempo después, la ordenanza cayó en el olvido. Las ideas reglamentaristas fueron revisadas en función de no poder controlar las enfermedades venéreas, haber aumentado el proxenetismo y la trata de blancas, y además el golpe militar del general Uriburu en 1930 contribuyó en gran medida a desautorizar el funcionamiento legal de los prostíbulos.

A pesar de todo, durante muchos años siguieron existiendo en General Pico varios prostíbulos clandestinos.

*Este artículo fue escrito en base a la investigación de Ruben M. Wiggenhauser.

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